La sima de los cuerpos fríos (Código Cruces 3) CAPÍTULO 01 — LA ALERTA ROJA EN LAS CAMPAS DE ARRABA
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La sima de los cuerpos fríos (Código Cruces 3)

La sima de los cuerpos fríos (Código Cruces 3)

Por Nerea Iturralde

© inepub.com

CAPÍTULO 01 — LA ALERTA ROJA EN LAS CAMPAS DE ARRABA

El Parque Natural del Gorbeia quedó sepultado bajo un manto de nieve virgen de más de un metro y medio de espesor acumulado en menos de seis horas.

En las campas de Arraba, a mil cien metros de altitud, el anemómetro de la estación meteorológica foral registró rachas de viento catabático de ciento ocho kilómetros por hora.

Una niebla blanca impenetrable —el temido whiteout alpino— borró por completo las líneas del relieve, transformando el laberinto kárstico de Itxina en una trampa helada donde cualquier referencia visual quedaba anulada a menos de tres metros de distancia.

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A las 02:14 horas, en la sala de transmisiones de SOS Deiak 112 en Txurdinaga (Bilbao), saltó la alarma acústica de prioridad absoluta en la consola de radiocomunicaciones de alta montaña.

Una baliza satelital de emergencia COSPAS-SARSAT emitió una ráfaga digital de socorro en la frecuencia de 406 MHz, seguida de una transmisión de voz entrecortada por la estática y el viento.

— «Mayday, Mayday... Aquí grupo de espeleo-prospección Geokarst... Supelegor... Entrada colapsada por alud... Dos heridos graves con aplastamiento y shock hipotérmico... Nos quedamos sin baterías a menos trescientos metros... Repito, estamos a trescientos metros bajo el hielo...»

La señal se cortó bruscamente, dejando en los altavoces de la central un zumbido sordo y angustioso.

A las 02:18 horas, el teléfono rojo del oficial Mikel Goikoetxea sonó en la sala de guardia de la Sección de Rescate de Montaña y Espeleosocorro de la Ertzaintza, en la base central de Iurreta.

Mikel, de treinta y nueve años, guía de alta montaña UIAGM con más de quince años de experiencia en rescates extremos en los Alpes y los Pirineos, descolgó al primer tono.

—Goikoetxea al habla.

— «Mikel, tenemos código negro en el Gorbeia» —informó la voz tensa del coordinador de SOS Deiak—.

«Cuatro personas atrapadas en la sima de Supelegor.

La entrada en el laberinto de Itxina está bloqueada por un alud de placa de viento.

Hay constancia de hipotermias severas de grado tres o cuatro.

Activamos el protocolo de soporte circulatorio extracorpóreo de montaña.

La doctora Otxoa sale de Cruces en cinco minutos» .

Mikel se incorporó de inmediato. Su complexión robusta de un metro noventa y dos, forjada en miles de horas porteando camillas de rescate por crestas escarpadas, se tensó con la serenidad metódica de los hombres que conocen la muerte de cerca.

—Preparen el vehículo oruga Hägglunds BV206 , los cuatro trineos Akja con aislamiento térmico reforzado, los generadores portátiles de aire caliente y el equipo de desobstrucción kárstica con microvoladuras pirotécnicas —ordenó Mikel por la megafonía interna del hangar.

Simultáneamente, en el Pabellón de Urgencias del Hospital Universitario de Cruces, la doctora Maite Otxoa , especialista en Medicina Intensiva y responsable autonómica del protocolo de ECMO ( Extracorporeal Membrane Oxygenation ) en hipotermia accidental, cerraba con cremalleras estancas sus mochilas de Soporte Vital Avanzado.

Maite, de treinta y seis años, de mirada viva color miel y cabello castaño rizado recogido bajo un gorro térmico, revisó meticulosamente la consola portátil de circulación extracorpórea Getinge Cardiohelp .

El equipo, capaz de asumir la función cardíaca y pulmonar completa bombeando sangre oxigenada y recalentada a pacientes en parada por congelación, pesaba apenas diez kilos y estaba blindado con fundas de neopreno calefactadas por baterías de litio para operar a veinte grados bajo cero.

A las 02:50 horas, el furgón todoterreno medicalizado de Osakidetza llegó al punto de encuentro en la campa de Areatza, a la entrada del valle de Arratia.

El viento arrastraba cortinas horizontales de aguanieve que golpeaban el parabrisas con furia.

Mikel Goikoetxea esperaba junto al blindado oruga Hägglunds BV206 , vestido con su mono ignífugo y térmico de montaña rojo y azul marino de la Ertzaintza, arnés de rescate integral Petzl Falcon Mountain y botas dobles de expedición plásticas.

Al ver bajar a Maite con la pesada caja estanca del ECMO y las mochilas de fármacos, Mikel avanzó con zancadas firmes sobre la nieve profunda y tomó la carga de sus manos sin titubear.

—Doctora Otxoa. Soy Mikel Goikoetxea —dijo con voz grave y templada, cubriendo a Maite del viento con su propia corpulencia—. La carretera hacia Pagomakurre está intransitable para ruedas por árboles caídos y ventisqueros de dos metros. Subiremos en el oruga.

Maite ajustó sus gafas de ventisca y le sostuvo la mirada.

—Oficial Goikoetxea. Traigo el circuito de ECMO purgado con albúmina y heparina a baja dosis, cuatro sueros isotónicos precalentados a cuarenta grados y monitores de temperatura timpánica profunda.

Si esos espeleólogos están en asistolia a menos de veinticuatro grados, no declararemos ningún fallecimiento hasta haberlos conectado al bypass y recalentado su temperatura central por encima de treinta y dos grados en Cruces.

Mikel asintió con un brillo de profundo respeto en sus ojos azules.

— «Nadie está muerto hasta que está caliente y muerto» . Conozco el protocolo suizo, doctora. Le garantizo que pondré mis cuerdas y mi equipo a su disposición para que pueda trabajar en esa cueva.

Subieron a la cabina delantera del vehículo oruga. Las dobles bandas de caucho traccionaron sobre la nieve virgen, iniciando la dura ascensión de ocho kilómetros hacia el refugio de montaña.

A las 03:40 horas, el Hägglunds coronó las campas de Pagomakurre, a ochocientos ochenta metros de altitud.

El refugio de montaña de piedra caliza y tejado de pizarra se había convertido en el Puesto de Mando Avanzado ( PMA ) de SOS Deiak.

Una antena parabólica transportable satelital Inmarsat y mástiles de radio VHF/TETRA emergían entre los montículos de nieve para asegurar el enlace con Bilbao.

Dentro del refugio, el sargento Aitor 'Txato' Mendizabal y cuatro rescatadores veteranos de la Sección de Montaña desplegaban sobre la gran mesa de madera los planos topográficos subterráneos del macizo de Itxina elaborados por la Unión de Espeleólogos Vascos.

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—La entrada natural de la sima ha quedado sellada por un alud de nieve prensada de más de ochenta toneladas —explicó el sargento Mendizabal señalando la ortofotografía—.

Tendremos que acceder a pie con esquís de travesía hasta el Ojo de Atxular, perforar el cono de nieve con lanzas térmicas y montar un polipasto de tracción para bajar el material médico pesado.

Mikel miró a Maite, comprobando que su equipo de respiración, arnés y casco con iluminación LED Petzl Duo S estuvieran perfectamente ajustados.

—El avance por el laberinto exterior de Itxina será a pie. Las grietas kársticas están tapadas por puentes de nieve falsos. Iremos encordados en cordada de tres a diez metros de distancia. Si alguien pisa en falso, el otro clava el piolet de inmediato.

—Entendido, oficial —respondió Maite con voz firme, colgándose al hombro la bandolera térmica del monitor Corpuls3 .

A las 04:15 horas, los seis miembros de la expedición de rescate abrieron la puerta del refugio de Pagomakurre y se adentraron en la noche blanca.

La ventisca rugía como una turbina de avión, levantando remolinos de nieve helada que arañaban los trajes térmicos.

Mikel abrió la marcha abriendo huella con sus esquís de travesía ensanchados, sondeando el terreno cada tres pasos con la punta de acero de su bastón telescópico.

Detrás avanzaba Maite, encordada entre Mikel y el sargento Mendizabal con una cuerda dinámica de 8.5 mm impregnada con tratamiento hidrófugo Dry .

El camino serpenteaba entre inmensas moles de caliza gris que surgían de la niebla como fantasmas milenarios.

A las 05:00 horas, la cordada alcanzó el Ojo de Atxular , el monumental arco natural de piedra que da acceso al santuario geológico de Itxina.

Bajo el arco de roca, protegidos temporalmente del vendaval, dos perros de venteo K9 — Beltz y Txuri , pastores belga malinois con chalecos térmicos reflectantes— marcaron con ladridos agudos y nerviosos un sector de la ladera sepultada.

—¡Aquí abajo! —gritó el guía canino—. Los perros han olfateado el respiradero de la cueva bajo tres metros de nieve prensada.

Los rescatadores desenfundaron sus palas de aluminio aeronáutico Black Diamond y montaron dos sondas de nieve de tres metros y medio.

Mikel y Mendizabal cavaron con una cadencia sincronizada y demoledora, retirando bloques compactos de nieve hasta que la punta del piolet golpeó el dintel de roca caliza de la boca de la sima.

Una corriente de aire húmedo y relativamente más templado —a seis grados positivos (6 °C)— brotó del abismo subterráneo, condensándose en una columna de vapor blanco al contacto con la gélida atmósfera exterior.

Mikel instaló la cabecera del pozo taladrando dos orificios de doce milímetros en la caliza compacta con un taladro percutor a batería Hilti .

Fijó dos parabolts de acero inoxidable calidad marina 316L y conectó una placa multianclaje con un nudo en ocho doble ecualizado.

Lanzó al vacío la primera saca con doscientos metros de cuerda semiestática tipo A Courant Ultima de 10.5 mm.

El silbido de la cuerda perdiéndose en la oscuridad vertical de noventa metros marcó el inicio del descenso hacia las entrañas de la tierra.

—Cabecera principal instalada y probada a dos mil cuatrocientos kilos de resistencia —anunció Mikel mirando a Maite—. Doctora Otxoa, baja usted encordada inmediatamente detrás de mí. Yo guiaré su descenso con el descensor autofrenante Petzl Stop .

Maite enganchó su cabo de anclaje de seguridad, miró el abismo oscuro que se abría a sus pies y respiró hondo.

—Vamos a por ellos, Mikel.

A las cinco y media de la mañana, los técnicos de comunicaciones del refugio de Pagomakurre verificaron la estabilidad de la tensión en el generador diésel auxiliar de seis kilovatios, asegurando el suministro continuo para los equipos de recarga de baterías de litio.