Capítulo 61
CUATRO
Y A HA amanecido, pero el cielo sigue oscuro. La bruma de nubes blancas que vi de camino a la sede de Osadía se ha teñido de gris oscuro y rebosa lluvia. Oigo un ruido sordo, como la vibración de un tren que se acerca, cuando entramos en el vestíbulo de cristal.
Y nos vemos envueltos en el caos, por supuesto.
Marcus se encuentra en lo alto de las escaleras, con las manos en alto, y Andrew Prior detrás de él, con las manos vacías; debe de haber perdido el arma en algún momento.
Los mantienen a punta de pistola dos abandonados, supongo que los que vigilaban la puerta de la sala de simulaciones; uno es un hombre alto y esbelto que luce una chaqueta de impecable manufactura, y el otro es más joven y delgado, con cara de pocos amigos y ojeras oscuras.
Y, al otro lado del vestíbulo, con otros dos esbirros sin facción a su espalda, está mi madre, armada con una pistola y una sonrisa.
No quiero dejar sola a Tris después de lo que acaba de pasar…
Después de eso en lo que ni siquiera quiero pensar…
Pero tengo que detener esto. Así que saco la pistola, cruzo la sala de unas cuantas zancadas y me planto delante de Marcus, mirando a mi madre.
—Tobias —me saluda Evelyn.
—Evelyn.
—Apártate, por favor.
—No.
Tiene la mirada fija no en mí, sino en el hombre que ve por encima de mi hombro. Un brillo voraz le ilumina los ojos.
—Ambos sabemos que no vas a dispararme —me dice.
—Ni tú a mí. Así que aquí estamos.
Bajo la pistola, aunque no me muevo.
Por fin, me mira.
—No te entiendo —confiesa—. Sé que deseas esto tanto como yo.
—No sé bien qué crees que conseguirás convirtiéndote en una marioneta de la puñetera Jeanine Matthews, pero no pienso permitirte matar a mi padre delante de mí. Así que deja de fingir que eso es lo que va a suceder.
A Evelyn se le tuerce el gesto. No se mueve, pero está claro que duda.
Creo que todavía la conozco. La conozco tanto como me conozco yo.
A pesar de los años de ausencia que nos separan, durante mucho tiempo fuimos una sola entidad que robaba momentos de alivio allá donde pudiera encontrarlos; que compartía miedo, dolor y rabia todos los días que vivimos juntos en aquella casa.
Ella aparece en todos mis buenos recuerdos anteriores a la elección. Si sé querer, es gracias a ella.
—Mamá —le digo, y es la primera vez que la llamo así desde que regresó de entre los muertos.
Eso parece sorprenderla; sé que me ha sorprendido a mí. Tanto el sonido como la sensación que me produce son mucho más grandes y pesados de lo que deberían. «Mamá».
A pesar del nudo en la garganta, sigo hablando:
—Si nos dejas marchar, te prometo que te ayudaré a encontrar lo que buscas. Pero no hoy. ¿Vale?
Me parece verle lágrimas en los ojos, aunque podría ser una ilusión creada por la luz. Baja el arma y gesticula para que los demás la imiten.
Cruzo el vestíbulo para volver al lado de Tris, que sigue donde la había dejado, con la mirada vacía y los brazos sin vida junto a los costados.
Le doy la mano y ella me mira con los ojos vidriosos.
Pienso en el pasillo a oscuras en el que acabamos de estar, en el que ha gritado como nunca había oído gritar a nadie; como un animal con la pata en una trampa.
Como si hubiera convertido la agonía en un sonido.
Cruza conmigo el vestíbulo, junto con Andrew y Marcus. Respiro el aire cargado de humedad justo cuando empieza a llover. No obstante, antes de ponernos en marcha, vuelvo la vista atrás para mirar a mi madre a los ojos.
Ella asiente, y sé que esto no ha acabado; ni de lejos.
+ + +
—¿Caleb? —me pregunta Andrew Prior cuando estamos ya a varios metros de la sede de Osadía.
Me vuelvo para mirarlo. No sé cómo poner en palabras lo que ha sucedido y, sin duda, no pienso describírselo ahora, con Tris delante. Pero el rostro de Andrew refleja su pena en cuanto me ve vacilar. Ya lo sabe. Seguro que lo ha sabido nada más vernos salir por esa puerta sin su hijo.
—Hemos tenido problemas. Lo siento.
El padre de Tris se lleva una mano al vientre y me da la espalda. Se dobla por la mitad, como si acabara de recibir un puñetazo en el estómago. Cuando deja escapar un sonido horrendo y ahogado, siento la necesidad urgente de llevarme a Tris de aquí.
Cierro los ojos. No quiero ver lo que sucede después.
No quiero pensar en lo que he sentido al oír el estampido y no saber si era Caleb disparándome o Tris disparándole.
En lo que he sentido ante la repentina ausencia del metal contra el cuero cabelludo.
En la presión de un cuerpo todavía caliente contra la pierna.
En el charco de sangre del suelo. En el rostro desfigurado de Caleb contra la piedra.
No quiero pensar en que lo ha hecho para salvarme la vida.
Marcus rodea a Andrew con un brazo y le habla en voz baja. Sé que no podemos quedarnos aquí durante mucho tiempo porque la tregua con Evelyn, insostenible como es, puede acabarse en cualquier momento.
—Lo siento —repito—, pero tenemos que irnos.
Marcus guía con cuidado a Andrew y caminamos hacia el andén. Mientras subimos los escalones, Marcus me alcanza y yo me preparo para lo que venga a continuación.
—Gracias —me dice, y me pone una mano en el hombro.
Quiero gritarle. Quiero volverme hacia él y demostrarle que ahora soy yo el más alto, el más grande y el más fuerte, y que ya no le tengo miedo. Sin embargo, mi cuerpo tiene otros planes. Me quedo helado. Inmóvil. Dedicó muchos años a entrenarme para reaccionar así ante él.
Tris hace lo que yo no puedo.
—No lo toques —le ordena con voz clara y dura.
Y me cuesta creer que siga dispuesta a defenderme de él a pesar del dolor que la ahoga. O quizá sí.
Marcus entorna levemente los ojos. Es justo una de esas miradas que me dejaban encogido de miedo, y todavía siento el impulso de hacerme un ovillo para protegerme de él. Sin embargo, cuadro los hombros y espero hasta que él se vuelve y continúa andando.
No esperamos demasiado. El tren aparece, puntual como la marea, y, cuando me giro hacia Tris para pedirle que se ponga en movimiento, descubro que ya me está mirando. Alerta. Como si alguien la hubiera devuelto a su cuerpo.
Corremos en paralelo a los vagones.