La sexta facción Capítulo 62
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Capítulo 62

TRIS

S EGUIMOS EN el tren hasta la sede de Cordialidad. Parece un refugio tan bueno como cualquier otro.

Me siento junto a la puerta abierta, con la espalda contra la pared.

Desde aquí veo los edificios desaparecer a medida que nos alejamos de la ciudad.

Por esta zona están todos cubiertos de enredaderas, tomados por las malas hierbas, bajo la sombra de los árboles.

Es como si el mundo natural reclamara lo que es suyo.

Llueve. Oigo el tamborileo de las gotas contra el techo y recuerdo cuando escuchaba ese mismo sonido de pequeña, contra la ventana, para que me ayudara a dormir.

Me muevo y el medallón de mi madre se me desliza por el esternón. Con el ceño fruncido, engancho la cadena con el pulgar y me la saco de la camiseta. Lo abro, esperando encontrar dentro la fotografía de alguien; de mi padre, quizá, o…

Me sorprende hallar una brújula. Salvo que, en vez de marcar los puntos cardinales, la aguja apunta hacia el único símbolo marcado: una estrella.

«Puedes usarlo para encontrar mi diario».

Cierro el medallón y me lo vuelvo a guardar bajo la camiseta.

Tobias se me acerca. Se sentó a mi lado durante los primeros minutos del viaje, pero después se apostó junto a la puerta para asegurarse de que fuéramos en la dirección correcta. Ahora, en vez de volver a acomodarse en el suelo, se agacha frente a mí y me apoya las manos en las rodillas.

—No me explayaré, pero esto tengo que decirlo —anuncia, bajando la cabeza. Después la levanta y me mira a los ojos—. Intentaré ser merecedor del precio que has pagado.

Y así, sin más, desaparece la estática que me nublaba la mente. Me echo hacia delante y lo abrazo, apretándolo cada vez más fuerte, hasta que su cabeza se aplasta contra mi hombro y la mía contra el suyo. Juntamos las mejillas.

No puedo pensar del todo en lo que he hecho. Todavía no. Pero no hay ni una pizca de mí que no se alegre de que siga con vida. Tobias Eaton, la persona que me conoce. Tobias Eaton, la persona que me ve. Tobias Eaton, la persona que transformó en fuerza la crueldad que había recibido del mundo.

En el poco espacio que nos separa, le susurro:

—Ya lo eres.

Siento su respiración contra la clavícula, primero agitada, y después lenta y regular. Siento el movimiento de los músculos de su espalda. Siento su calor.

Siento el aire que se mueve sobre mis labios cuando inspiro y espiro. Siento el dolor del brazo y el suelo metálico bajo las rodillas. Siento el peso del medallón de mi madre contra el pecho.

Siento que la tristeza llega poco a poco.

Y siento el viento.