Capítulo 60
TRIS
L OS OJOS DE T OBIAS SON MUY OSCUROS . Como un cielo nocturno tras la puesta de sol, cuando todavía es de un azul intenso. Como me imagino las zonas más profundas del océano, tan lejos del sol que su luz apenas las alcanza.
Oigo el clic de la bala que Caleb acaba de meter en la recámara.
Los ojos de Tobias son muy oscuros.
—No pasa nada —me asegura, y sé a qué se refiere.
No pasa nada si me niego a tomar esta decisión. No pasa nada si dejo que mi hermano haga lo que cree que debe hacer. No pasa nada por rendirme, igual que acabo de hacer en la simulación del miedo. «No puedes hacer nada». A veces está bien renunciar al control.
Salvo que, aquí, sí que puedo hacer algo.
Aunque el corazón se me desboque, aunque apenas logre respirar, no me tiemblan las manos. Recuerdo el peso del arma y sé cómo prepararme para el retroceso cuando se dispare. Tomo aire por la nariz y me concentro en apuntar usando el cañón de guía.
Apunto al pedacito de Caleb que puedo ver: el pelo peinado hacia atrás, la camisa azul. Mi hermano, el que siempre ha pensado en todos antes que en él. Mi hermano, el chico abnegado perfecto.
Esa versión de Caleb nunca existió. En realidad, solo hay una: la del hermano que me obliga a tomar una decisión imposible.
—Las simulaciones del miedo preparan a la gente para actuar —le digo a Tobias—. ¿No fue eso lo que me explicaste?
Él cierra los ojos y baja la cabeza, y, en ese espacio que deja libre, veo el rostro de mi hermano y descubro que la decisión no es imposible.
Disparo.
+ + +
Cierro los ojos, pero todavía lo oigo: el sonido de un cuerpo pesado al caer al suelo; el ruido metálico de un arma al estrellarse contra la piedra.
Después, solo queda el pitido en los oídos.
Unas manos me tocan los brazos, me los sujetan con ternura. Abro los ojos y veo que Tobias está frente a mí. Solo lo veo a él. Unos ojos oscuros fijos en los míos. Nariz aguileña. Ceño fruncido.
—Déjame eso —me dice en una voz lo bastante grave como para oírla por debajo del pitido.
Me quita la pistola. La suelto sin resistirme. En realidad, ni siquiera la quería.
Vuelve a poner el seguro y se lleva la mano a la espalda para meter el arma en la cinturilla de los vaqueros. Después vuelve a apoyarme las manos en los hombros y se agacha para mirarme a los ojos.
—Voy a sacarte de aquí, pero te llevaré con los ojos tapados, ¿vale?
Asiento. Me apoya una mano en la nuca y me empuja la cabeza para que pegue la frente a su chaqueta.
Respiro su olor. A menta, por el jabón que usa, quizá.
A sudor. A viento. Sin soltarme la nuca, me lleva caminando hacia atrás.
Oigo que se abre una puerta y después me llega el olor del túnel que hemos recorrido antes.
Tobias, Caleb y yo.
«Caleb». Veo el pedacito de cara, los ojos muy abiertos, el pelo engominado. Oigo cómo se desploma.
Un sollozo me brota de la garganta. A medio camino, se transforma en un grito. La mano de Tobias sigue sujetándome la nuca con ternura, pero deja de caminar y me permite desahogarme. Me permite agarrarme a su chaqueta con tanta fuerza que me duelen los nudillos, y grito de nuevo.
Cuando acabo, tengo la garganta en carne viva. Relajo las manos. Él me acaricia el pelo.
—¿Lista?
Asiento.
Me da la mano y me guía escaleras arriba. Al exterior.