La sexta facción Capítulo 59
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Capítulo 59

CUATRO

D ESPUÉS DE BORRAR LOS DATOS de la simulación, ni Caleb ni yo nos movemos durante unos instantes.

Me preparo para lo que venga a continuación.

Y es que debería haberme resultado evidente desde el principio: ya no me necesita; en realidad, no me ha necesitado nunca y, si su trabajo consiste en encubrir la simulación del ataque, no puede dejar ningún testigo.

Jeanine Matthews es una narradora. Veo con absoluta claridad la narrativa que ha inventado para lo sucedido hoy.

Soy el retorcido chico de Osadía que se pasa demasiado tiempo a solas, metido en sus simulaciones del miedo.

Todo el mundo sabe que me sucede algo raro; siempre lo ha sabido.

Y no hay nadie que supervise lo que hago aquí, por lo que me resultaría muy sencillo manipular las simulaciones.

Cuento con acceso a mis iniciados y razones de sobra para atacar Abnegación.

Quizá, si a Jeanine le apetece volverse contra Evelyn, diga que los sin facción me radicalizaron a través de mi madre.

Y si muero en la sala de simulaciones, ahora mismo, pueden afirmar que me lo hice yo mismo.

Qué bien atado. Envuelto para regalo, con lazo y todo.

—Ya veo —comento en voz baja—. Vas a tener que matarme, ¿no?

—No te conozco —replica Caleb sin que se le altere la voz—. Conozco a mi padre. Es una pena, pero entre cumplir con mi misión y fracasar, la decisión me resulta muy sencilla.

Frente a mí, Tris reacciona a la simulación tapándose la cabeza con los brazos y abriendo la boca en un grito silencioso.

—Es una pena. —Me río un poco—. Y, cuando Tris salga de esa simulación y vea mi cadáver tirado en el suelo, ¿crees que le va a parecer bien?

—Le explicaré que nos hemos peleado —responde, aunque ahora no suena tan seguro de sí mismo—. Le diré que no me ha quedado más remedio.

Tris cae de rodillas y se hace un ovillo. Por un momento, temo haberme equivocado con ella: quizá haya sido un día demasiado difícil para superar la simulación tan deprisa como la última vez.

—No te creerá.

—¡No me importa lo que crea! —me suelta Caleb—. Mientras esté sana y salva.

Entonces, sin más, el cuerpo de Tris se abre como una flor en primavera. Se sienta sobre los tobillos y alza el rostro al cielo. Se le relajan los músculos y desaparece el terror que hace un instante le torcía el gesto.

Por supuesto; es tan increíble como pensaba.

—Ahí es donde te equivocas —le digo a su hermano—. Siempre importa tratar a los demás como a personas, y no como a objetos preciados que necesitas preservar.

De repente, Tris, veloz como un rayo, se abalanza sobre la pistola que ha dejado antes en el suelo, se levanta y apunta a Caleb, sujetando el arma con ambas manos.

Yo me pongo de pie, a punto de apartarme de un salto, pero el chico es más rápido de lo que pensaba: me agarra por la espalda de la chaqueta y tira de mí para colocarme delante de él. Como un escudo.

No me ha apartado la pistola de la cabeza.

—No tengo más alternativa, Beatrice —se excusa—. Es la única forma de salvar a nuestro padre. Debo llegar hasta el final.

—Siempre hay alternativa —replica ella sin que se le altere la voz—. Estás a tiempo de tomar una decisión distinta. Te ayudaré. Los dos te ayudaremos.

—No podéis. Todo tiene que salir de acuerdo con el plan.

La he visto así antes, en su simulación del miedo; armada con una pistola, enfrentada a una elección.

Salvo que, en este caso, la elección es la contraria, porque me encuentro delante de la persona que ama.

Puede que sienta algo por mí, pero no nos conocemos desde hace tanto tiempo. No me conoce tanto como a su hermano.

Me relajo un poco al percatarme de lo que debo hacer, que es ponérselo más fácil. Acaba de perder a su madre y no quiero que pierda a ningún familiar más.

—No pasa nada —le aseguro—. No tienes por qué hacerlo.

Me mira a los ojos y noto que los suyos están anegados en relucientes lágrimas. La calidez de las llamas de Osadía le ilumina el rostro.

—No pasa nada —repito.

Y espero a que suelte el arma.