Capítulo 58
TRIS
A brO LOS OJOS y estoy en un campo.
No se parece a ninguno que haya visto antes.
Mi vida ha sido un paisaje urbano de hormigón, metal y cristal.
Incluso de pequeña, cuando visitaba Cordialidad con otros abnegados, sus campos eran ordenados, con cultivos sembrados en pulcras hileras con el espacio suficiente para caminar entre las plantas.
Este campo, por el contrario, es silvestre: hierba crecida y flores, cardos y arbustos, árboles muertos con las ramas torcidas elevándose hacia un cielo del color amarillo enfermizo que precede a la tormenta, con las nubes cargadas de lluvia.
El viento me sopla en la cara y me pega la ropa al cuerpo.
Oigo el graznido de un pájaro y, al volverme, veo un cuervo posado en una de las ramas de un árbol muerto.
Gira la cabeza para mirarme a los ojos y grazna de nuevo.
Esta simulación del miedo no se parece a la otra. Noto que el pánico me oprime como una mano al cuello, aunque no sé por qué. Todo lo que me rodea está silencioso y en calma, pero sé que algo se acerca y que será malo.
Oigo un ruido detrás de mí, como un leve estrépito. Y los chillidos rítmicos y roncos de una bandada de cuervos, lejana pero inconfundible. Vuelvo la vista para observar la forma alargada que gira y se retuerce al cambiar su patrón de vuelo.
Entonces, descienden en picado. Levanto los brazos por encima de la cabeza para protegerme la cara.
Uno de ellos me picotea en los antebrazos; las garras se me enganchan a las manos, los hombros y la nuca.
Me perforan la piel. Un pájaro me grazna al oído, como si me exigiera algo.
Grito y sacudo la mano con violencia para intentar zafarme, pero solo sirve para dejar la mejilla a merced de otro pico.
Las plumas me rozan los brazos y un cuervo se me mete por debajo del codo para picotearme la cabeza.
Grito de nuevo, caigo de rodillas y me hago un ovillo.
Sé que me dejo llevar por el pánico y que necesito pensar, pero solo soy capaz de sollozar con el rostro pegado a las piernas, sobre la hierba, mientras ellos chillan, graznan y parlotean a mi alrededor.
«No es real —me recuerdo—. No es real».
No es real, pero no sé qué hacer. No puedo disparar un arma, ni huir por una escotilla que me saque de aquí y me aleje de los picotazos, arañazos y aleteos de estos pájaros. No puedo hacer nada.
«No puedo hacer nada», me digo y, de repente, me suena a sabiduría.
«No puedes hacer nada».
Me obligo a apartar los brazos de la cabeza. Los pájaros me arañan las mejillas, me picotean el rabillo del ojo y me clavan las plumas en las orejas.
«No puedes hacer nada».
Respiro hondo y alzo la cabeza al cielo. Lo único que veo al abrir los ojos son plumas.
El dolor es feroz y ardiente, pero estoy lejos de él.
Y, entonces, noto piedra bajo las rodillas.