La sexta facción Capítulo 57
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Capítulo 57

CUATRO

E L CAÑÓN DE LA PISTOLA estaba frío cuando Caleb me lo pegó a la cabeza, pero ahora está caliente. No sé por qué, pero es como si no encajara. La cercanía de la muerte —que está a pocos centímetros de mi cráneo, de hecho— debería ser fría y permanecer fría.

Por otro lado, supongo que mi muerte no es nada excepcional. A la persona amenazada se lo parece, claro, pero, en realidad, es una de las cosas más corrientes del mundo. Todo lo que vive, muere.

Veo que a Tris se le empaña la mirada cuando la simulación se apodera de ella.

Sin embargo, Caleb no la conoce tan bien como yo: no sabe que es divergente y que las simulaciones no la controlan igual que a los demás.

Nunca se le ha pasado por la cabeza que ella pueda ser especial, que sea capaz de hacer algo que él no.

Ahora mi vida depende de que Tris logre enfrentarse lo más deprisa posible a su simulación del miedo. Pero, si hay alguien capaz de hacerlo, es la chica que tengo enfrente.

Así que respiro hondo, despacio.

—¿Y ahora qué? —le pregunto a Caleb.

—Borra del sistema los datos de la simulación del ataque para que no quede ni rastro de las últimas horas —responde.

Tengo que darle largas y ganar tiempo para que Tris pueda enfrentarse a su simulación y salir de ella.

—Claro, porque se trata de un elaborado plan para inculparme de todo esto. El perturbado hijo de Marcus Eaton se cobra venganza de Abnegación aprovechando su puesto como técnico de simulaciones y sus conexiones con los abandonados; esa es la historia, ¿no?

—No lo sé —responde Caleb, presionándome más la cabeza con la pistola—. Mi trabajo consistía en sacar a mi padre y encontrar el camino de vuelta aquí para borrar los registros. Eso es todo.

—Pero hay un problemilla, ¿no? Porque yo estoy aquí y eso no te lo esperabas.

No estoy seguro, pero creo que le vacila un poco la mano.

—Borra los datos, Eaton.

—No creo que…

Se oye un clic cuando amartilla la pistola.

—Hazlo.

No puedo seguir retrasándolo, así que meto las manos en las llamas y las observo bailar alrededor de mis dedos. Me zumba la cabeza cuando me conecto al sistema, que me resulta familiar, casi reconfortante, como si el ordenador de Osadía fuera un antiguo amigo.

—Borra los registros de las dos últimas horas —le pido, y el ordenador me reconoce, como siempre.

Más adelante, cuando comprueben el historial, verán que se borraron los datos del sistema y que fui yo quien lo hizo. Otra prueba que usarán para inculparme.

—Bien. Ahora necesito confirmarlo. Dile que me enseñe los registros de esta mañana —me ordena Caleb.

Lo hago, pero esta vez sin hablar. Las llamas se vuelven azules por un instante, como hacen siempre que no encuentran lo que se les pide.

Los datos de la simulación han desaparecido. Tris sigue de pie frente a mí, con la mirada empañada, atrapada en su paisaje del miedo.

Pese a haber hecho lo que me pedía, aún tengo una pistola apuntándome a la cabeza.