Capítulo 56
TRIS
—C ALEB — LE HABLO CON CALMA , en voz baja, aunque no encaje en absoluto con lo que siento—, ¿qué haces?
La pistola es negra por completo, lo que significa que está cargada de balas, no de agujas, y él la sujeta como si no fuera la primera vez. Es como si activara una alarma contraincendios en mi cabeza; un pánico histérico y palpitante que se adueña de todo mi cuerpo.
—Caleb —repito.
—Deja tu arma en el suelo y da un paso atrás —replica.
—Lo haré si tú lo haces.
—¡Hazlo de una vez, Beatrice! —me suelta, y hay algo en su voz que me obliga a obedecer. No tiembla, como el chico que estuvo a punto de matarme en el callejón junto a la sede abnegada. Está decidido.
No sé cómo, pero está listo para esto.
Me agacho poco a poco y dejo el arma en el suelo. Doy un paso atrás.
Tobias, que está arrodillado delante de mi hermano, con las manos todavía metidas en las llamas simuladas, se ha quedado completamente inmóvil.
—Esto no es propio de ti, Caleb —le digo—. No quieres hacerle daño a nadie.
—Correcto —coincide sin que se le altere la voz—, pero he hecho un trato con Jeanine para salvarle la vida a nuestro padre y pienso cumplir con mi parte. —Apoya el cañón de la pistola en la cabeza de Tobias—. Mete a mi hermana en una simulación. No hace falta que forme parte de esto.
Pienso en nuestras charlas nocturnas cuando éramos pequeños.
Recuerdo que yo abría la ventana para respirar el aire del exterior y le confesaba todo lo que me preocupaba, y que él respondía siempre en un tono tan comedido que me ayudaba a resolver cualquier problema.
Mi hermano siempre mantenía la calma y yo suponía que era porque estaba concentrado en ayudarme, pero quizá su calma fuera más fría de lo que me imaginaba.
Quizá no conozca a nadie, en realidad. No sabía que mi madre era algo más que una devota esposa y madre de Abnegación.
No sabía que mi padre estuviera dispuesto a manipular mi mente.
No sabía nada de la violencia de Marcus, ni que Evelyn amenazaría con matarme con tal de sonsacar a mi madre. Y no sabía que mi hermano fuera así.
Por otro lado, debería saberlo, ¿no? Cuando fui a visitarlo a la sede de Erudición, no intentó ayudarme. No evitó que me llevaran con ellos. Apenas parecía contento de verme.
¿Por qué no veo lo que tengo delante de las narices, ni siquiera en estos momentos?
—Caleb —le suplico, ahora con voz ahogada.
Sigue sin mirarme, concentrado en apuntar con la pistola.
Tobias alza la vista para mirarme a los ojos.
—Hazlo —le pido—. Haz todo lo que te ordene.
Y la simulación me absorbe por completo.