La sexta facción Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

Me yergo frente a él, mirándolo a los ojos.

Ahora mismo no siento nada, aunque pienso en el cuidado que tuvo conmigo en la iglesia, en que no me preguntó si estaba bien, como si eso fuera una pregunta válida, en que no intentó animarme a hablar de ello…

Y todo eso está a punto de abrirse paso a través de la estática que me nubla la cabeza.

Aquí, rodeada con lo que queda de mi familia, ¿por qué me da la impresión de que él es el único que me conoce de verdad?

Me vuelvo y veo una silueta gris que cae por el espacio abierto del techo y golpea con fuerza la red.

Mi padre agita las extremidades intentando recuperar el equilibrio y después rueda hasta el lateral de la red, donde Tobias le ofrece una mano.

Él la acepta y se sienta en la barra metálica para bajar de un salto a la plataforma.

El siguiente es Caleb y, cuando cae, me parece verle una mancha oscura en la espalda de la camiseta, oculta bajo la chaqueta, casi como si sangrara o algo parecido. Sin embargo, rueda sin problemas hasta el lateral.

Tobias baja de un salto de la plataforma antes de que aterrice Marcus, así que es mi padre el que ayuda al líder del consejo.

Me uno a Tobias en el suelo mientras despliego mentalmente el mapa de la sede de Osadía.

Al final de este largo pasillo se encuentra el Pozo.

Subiremos por el camino que lo rodea hasta arriba y estaremos a unos cuantos pasillos de la sala de simulaciones.

—Vamos —les indico cuando ya están todos en la plataforma.

El cansancio me ha dejado las piernas doloridas y temblorosas, pero me obligo a correr de todos modos, con la pistola agarrada a dos manos y algo apartada de mí, por si acaso. El brazo me molesta más que antes: me arde y palpita cada vez que mis pies tocan el suelo. Intento no prestarle atención.

Es tan temprano que la mayoría de los osados siguen dormidos.

Lo más probable es que transcurra otra hora antes de que alguien descubra lo que está pasando en Abnegación, si es que los eruditos preparan un comunicado.

Cruzamos corriendo los trechos de oscuridad y los charcos de la luz de las lámparas de emergencia, y llegamos al fondo del Pozo.

—¿Por qué hay un río tan caudaloso aquí abajo? —pregunta Caleb entre jadeos.

Tobias, que está examinando el sendero del Pozo, se lleva un dedo a los labios. Sigo su mirada y no veo que se mueva nada en el mercado vacío, normalmente abarrotado. Por otro lado, si yo fuera Jeanine Matthews y planificara un ataque como este, no dejaría la simulación desprotegida.

Subimos corriendo por el sendero del Pozo: Tobias y yo delante con las armas en posición, y Marcus y Andrew los últimos, jadeando.

Presto atención al roce de los pies contra el suelo y a las respiraciones agitadas, sabiendo que el vacío de esta caverna amplifica todos los sonidos.

Alcanzamos la parte de arriba y frenamos el ritmo cuando Tobias nos conduce por el pasillo que nos llevará a la sala de simulaciones.

Oigo voces al doblar la esquina y le toco el brazo para detenerlo. Después me adelanto con sigilo y el corazón acelerado para acercarme todo lo posible a la esquina.

—¿… queda?

Reconozco la voz, aunque me cuesta ubicarla.

—La simulación dura lo que dure el trabajo —contesta otra voz clara y tranquila. Esa no me cuesta ubicarla: es el Remendador.

Sabía que la Cicuta estaba metida en esto, pero creía comprender hasta dónde llegaba el trato: ellos suministran las armas y el transporte a cambio de Marcus Eaton.

Sin embargo, parece que están más involucrados de lo que pensaba, si es que son los encargados de proteger la sala de simulaciones.

Me pregunto qué trato habrá cerrado Evelyn con Jeanine y qué más abarcará.

Supongo que debería sorprenderme, pero, a estas alturas, me han decepcionado tantas veces y tantas personas distintas que ni eso.

—Entonces, estás diciendo que pueden quedar varias horas —responde la otra voz, y ahora la reconozco: es Botas, el que todavía me llama «Remilgada»—. ¿Y si tengo que mear?

—Te lo aguantas como un niño grande —contesta el Remendador.

Vuelvo a mirar la pistola de Tobias; después, lo miro a la cara.

Estoy convencida de que es capaz de dispararles a ambos, pero quizá no antes de que ellos le devuelvan el tiro, y no me interesa que nadie se convierta en asesino sin necesidad.

Les hago un gesto a los demás para que retrocedan y nos reunimos en el otro extremo del pasillo.

—Comentaste que había otra forma de entrar —le digo a Tobias.

Él asiente.

—Parte del grupo podría quedarse aquí para asegurarse de que no se muevan de sus puestos —propongo, señalando hacia atrás—. El resto entraría por detrás.

—Yo me quedo —se ofrece mi padre—. Marcus y yo solo seríamos un estorbo si queréis ser sigilosos.

—Si se mueven, debéis disparar. ¿Vais a poder hacerlo?

En respuesta, mi padre levanta una mano, con la palma hacia arriba, pidiéndome el arma. Tobias arquea una ceja.

—Si mi hija corre peligro, haré lo que sea necesario —afirma mi padre, mirándome a los ojos.

A pesar de que sigo entumecida, siento dolor cuando vuelve a llamarme «hija» y percibo el compromiso absoluto que se le refleja en la mirada.

Le entrego el arma y Tobias le enseña dónde está el seguro.

Mi padre la sostiene con una confianza sorprendente, y me pregunto si mi madre le enseñó a hacerlo o si él, al igual que su esposa, oculta una historia que desconozco.

Al pasar a su lado, alarga un brazo y me acaricia el pelo. Esboza una sonrisa débil.

—Nos vemos pronto —dice, y espero que sea cierto.

+ + +

Caleb, Tobias y yo regresamos a lo alto del sendero del Pozo y después subimos por las escaleras que conducen al edificio de cristal que se yergue por encima de nosotros.

A través del suelo acristalado veo todo el camino hasta las aguas turbulentas del abismo.

Cruzamos el resplandeciente vestíbulo y Tobias nos dirige a una puerta sin distintivos ni pomo.

No hay nada más que una tira metálica que sobresale de la pared. Tira de ella y la puerta se abre.

El pasillo de servicio al que da se encuentra a oscuras y huele a húmedo. Unas tuberías calientes vibran en las paredes. Bajamos una escalera y doblamos la esquina, donde una lámpara de emergencia señala el final del pasillo.

Tobias empuja la puerta despacio y con precaución, por si hay alguien esperándonos en la sala de simulaciones. No pasa nada. La habitación está vacía.

—Toma —me dice, ofreciéndome la pistola—. Veré lo que puedo hacer con el ordenador.

Se me ocurre que tanto esta sala desprotegida como la salida de incendios que hemos usado constituyen un descuido muy grave.

Jeanine Matthews sabe que existe este acceso, ¿y lo ha dejado sin protección?

Diría que se fija demasiado en los detalles para que se le escape eso.

Estoy pensando en comentarle algo a Tobias, que se arrodilla junto al caldero lleno de llamas que usan en Osadía como ordenador.

—Detén la simulación —ordena, y las llamas se quedan paralizadas.

Entonces me doy cuenta de que Caleb se está quitando la chaqueta y saca la pistola que lleva guardada debajo.

Apunta a la nuca de Tobias.

—Los dos vais a hacer justo lo que os diga si no queréis que esto se desmadre —nos amenaza mi hermano.