La sexta facción Capítulo 55
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Capítulo 55

TRIS

N O SIENTO LOS DEDOS .

Entro y cierro la puerta antes de pasar al interior de la iglesia, así que sé que siguen funcionando, aunque no los sienta.

Tengo a mi padre delante, y me pone las manos en los hombros.

Dejo escapar el aire entre los dientes cuando me toca la herida del brazo, pero el dolor no es lo que me impulsa a apartarme de él, sino el peso.

El peso de sus manos, que me arrastra por el suelo cuando ya estoy hundida, me resulta insoportable.

—¿Y tu madre? —me pregunta con los brazos todavía en alto, flotando en el aire por encima de donde me encontraba hasta hace un segundo.

La pregunta es peligrosa; o quizá lo sea la respuesta. No puedo contarle lo sucedido porque eso lo hará real, pero tengo que explicárselo porque no puedo seguir cargando con ello yo sola.

—Me ha salvado la vida —respondo, y después se me atragantan las siguientes palabras. No soy capaz de seguir.

A veces me siento como una niña pequeña e insegura que finge ser adulta. Pero ver a mi padre darse cuenta de que su mujer está…

«Muerta», me susurra una vocecilla interior…

Nunca me he sentido tan mayor.

Pierde toda expresión en la cara. Los labios se le quedan flojos; los ojos, vacíos.

Es como un muñeco con la forma de mi padre, en vez de la persona real.

Caleb ahoga un sollozo. De repente, no soporto estar aquí, observándolos reaccionar cuando yo soy la que ha tenido que verlo; la que ha tenido que presenciarlo.

Alguien me tira de la manga y Tobias surge de entre las sombras, como si le hubiera dado vida con solo soñarlo. Me aparta de mi padre y de Caleb.

—Siéntate —me indica con voz amable.

Obedezco, y es un alivio permitirme parar al fin. Dejo la pistola en el banco, a mi lado; me duelen los dedos de tanto apretarla.

Nos encontramos en la iglesia que tanto deseaba ver por dentro, según recuerdo.

Aunque la oscuridad nos impide distinguir demasiado, cada centímetro de las paredes está cubierto de figuras demasiado desgastadas para identificarlas, además de plantas, formas y florituras.

Es un exceso que no había contemplado nunca hasta la fecha.

Tobias se arrodilla frente a mí sobre una de las polvorientas baldosas. Frunce el ceño, me toca la mejilla con los dedos fríos y después baja por el brazo.

—¿Puedo echarle un vistazo? —me pregunta.

Por el rabillo del ojo, veo que Caleb y mi padre se abrazan, y mi hermano solloza con la cabeza enterrada en su hombro. Me da la sensación de que se trata de un gesto egoísta por su parte: que mi hermano se atreva a aceptar consuelo de un hombre que acaba de perder a su esposa.

«Porque yo soy la progenitora y tú eres la hija».

Me estremezco. Tobias me quita la chaqueta para dejar el brazo al aire. Miro la herida. Es un desastre ensangrentado. La toca con delicadeza, entornando los ojos para examinarla mejor en la oscuridad.

—Creo que la bala te ha atravesado —comenta; después se levanta y me da un toquecito en el hombro—. Esta es la herida de salida.

—¿Eso es bueno?

—Mucho. Solo hay que vendarla hasta que podamos llevarte a un médico.

—Toma —dice una voz profunda.

Cuando levanto la vista, Marcus Eaton está junto a nosotros con una prenda de ropa enrollada en las manos. Es su camisa; todavía lleva puesta la camiseta interior, con la chaqueta gris encima, pero debe de haberse quitado la capa intermedia.

—Úsala para vendar la herida —añade.

Su mera presencia me provoca un acceso de ira tan repentino que siento náuseas. ¿Cómo es capaz de fingir ese gesto compasivo y esa voz amable cuando, bajo la máscara, es un monstruo? Todavía recuerdo su aspecto al levantarle la mano a su hijo: salvaje, descontrolado.

Tobias acepta la camisa y empieza a arrancar la tela.

Oigo otro disparo a lo lejos y pienso en Abigail Baker tirada en la cama, con los brazos estirados. Hay veinticinco miembros en el consejo. ¿Cuántos siguen vivos? ¿Cuántos sobrevivirán a los osados que les dan caza dentro de su simulación?

—Tenemos que irnos.

—Ahora mismo no nos vamos a ninguna parte —replica Tobias, que se ha colocado frente a mí con una pierna entre las mías y la rodilla de la otra apoyada en el banco para poder vendarme el brazo con una tira de tela. La aprieta con fuerza y coge otra.

—No, quiero decir… que tenemos que ir a la sede de Osadía —le explico—. Seguro que de allí sale la simulación, si solo afecta a los iniciados de su facción.

—¿Estás segura? —pregunta Caleb con voz ronca, aunque ya no solloza, por lo menos. Se aclara la garganta—. ¿Cómo es posible que el ordenador tenga tanto alcance?

—Repetidor de señal —responde Tobias sin apartar la vista de mí—. Eric lleva uno encima.

—¿Un repetidor de señal portátil? Suena… —empieza Caleb, pero lo interrumpo.

—Esto no acabará hasta que detengamos la simulación.

Siento la pena dentro de mí como si se formara una tormenta: la tensión, el rumor de los truenos a lo lejos y las nubes oscuras que se acumulan. Pero todavía no está aquí. Ahora mismo, sigo atontada por la conmoción.

Será mejor que lo aproveche.

Tobias me examina unos segundos y después asiente.

—De acuerdo. Iremos a Osadía.

—No hace falta que vaya ella —protesta mi padre—. Mírala, está…

Me levanto y me pego el brazo herido al vientre.

—Tú puedes quedarte aquí, si quieres, pero yo voy.

—No pienso dejarte sola en un momento así —protesta mi padre en voz baja.

Me acuden a los labios palabras amargas, airadas y también ciertas: que recuerdo lo que intentó hacerme en la Cámara de la Memoria; que sé que mi madre y él se peleaban. Me las trago todas.

—Iremos juntos —zanja Marcus, como si ya estuviera decidido—. Vosotros primero.

+ + +

Es como si soñara. No puede existir una realidad en la que corra por la calle del sector de Abnegación con Marcus Eaton a la zaga, una herida de bala en el hombro y una pistola en la mano.

O en la que corra por un andén detrás de mi hermano, gritándole que salte.

O en la que contemple el alba entre los edificios junto a los que pasamos, su luz difuminada por la manta de nubes, mientras escucho a Tobias hablar con mi hermano.

—¿Te acuerdas de la actualización que instalaste en el complejo de Osadía? —le dice—. ¿No sabías lo que era?

—No, claro que no.

—¿No lo preguntaste?

—Jeanine me dijo que era una actualización del sistema.

Vuelvo la vista atrás y me encuentro con la mirada de mi padre. Sé que piensa lo mismo que yo: «Jeanine». No «la representante Matthews», ni «la señora Matthews», sino «Jeanine». Caleb tutea a la representante de Erudición.

Ninguno de los dos lo menciona; yo, porque en estos momentos no tiene sentido hacerlo. Nunca me habían parecido menos importantes las lealtades a las facciones.

—Tobias —lo aviso cuando el tren sube.

Debemos de estar acercándonos al punto de salto, donde el tren rueda en paralelo a un edificio durante unos minutos antes de volver a descender. Una ridiculez osada que, a la vista de los acontecimientos de hoy, resulta aún más ridícula.

—Vale, en fila —ordena Tobias—. Cuando os pida que saltéis, hacedlo lo más lejos que podáis. Sin vacilar.

—¿Vamos a… saltar del tren? —pregunta Caleb.

—O puedes quedarte atrás y nos reunimos después —le propongo.

Él niega con la cabeza con una vehemencia un poco excesiva.

—No. Soy el único que sabe cómo funciona el código de la simulación.

No se lo discuto. Puede que él, como yo, sienta la necesidad de hacer algo ahora mismo para no pensar en lo que ha sucedido.

Convencerlo de lo contrario no es cosa mía, así que me coloco al lado de la puerta, con Marcus y mi padre delante de mí, preparados para saltar, y Caleb, Tobias y yo en fila detrás de ellos.

Compruebo el seguro del arma; no quiero arriesgarme a que se dispare mientras salto.

El tren se acerca al borde de la azotea y Tobias grita:

—¡Ahora!

Marcus y mi padre saltan y, sin pensármelo, doy un paso adelante y salgo del tren. Tras un instante de ingravidez, aterrizo de pie en el tejado, provocando una lluvia de grava. Trastabillo un par de veces hasta recuperar el equilibrio.

Caleb cae al suelo, pero ha conseguido llegar a la azotea. Tobias le ofrece una mano para ayudarlo a levantarse y me percato de que ni siquiera mira a su padre cuando se dirige al otro extremo de la azotea. Es como si fingiera que Marcus no existe. Procuro hacer lo mismo.

—¿Ahora qué? —pregunta el líder del consejo.

—Ahora saltamos —respondo al pasar junto a él.

Me coloco en el borde de la azotea, con Tobias a pocos pasos de distancia.

La insensibilidad que se ha apoderado de mí me vuelve más audaz.

Echo hacia atrás la mano libre, como hice en su paisaje del miedo, cuando sabía que teníamos que bajar de un salto del Centro para superar su temor a las alturas. Él la toma y se coloca a mi lado.

—Te veo al fondo —le digo.

Y doy un paso adelante.

Nada de lo que he experimentado hasta ahora me había preparado para esto: caer como una piedra, dejando que el aire me azote el cuerpo y la gravedad me atraiga, con un aterrador vacío debajo, sin nada a lo que agarrarme, sin nada que impida que me estrelle contra el suelo…

Entonces, la red nos traga a los dos y nos envuelve en sus duras y tensas fibras antes de amortiguar la caída.

Me duele el brazo. Suelto una carcajada seca.

Recuerdo haber hablado con Christina y Colin sobre la iniciación osada, y que Colin creía que no habría sido capaz de saltar. Supongo que ahora sé que yo sí.

Engancho los dedos en la red y me impulso hacia un lado, donde una barra metálica la sostiene en su sitio.

Tobias pasa las piernas por encima del lateral y cae a la plataforma.

Intento imitarlo, pero me cuesta por culpa del brazo herido y del temblor de cuerpo que me provoca la adrenalina.

Consigo pasar por encima de la red y él me sujeta poniéndome una mano en la cintura y la otra en el cuello.