Capítulo 54
CUATRO
W ILL ES OSADO desde hace tan solo un par de meses, así que su resistencia no está todavía a la altura y, de todos modos, yo soy más veloz.
No tardo nada en sacarle una manzana de ventaja; después me interno en los callejones del sector de Abnegación siguiendo la misma ruta enrevesada por la que me guio Tris el día que fuimos a visitar a su madre.
Llego al Edificio A, recorro el vestíbulo y me paro frente a los ascensores. Pulso el botón para subir a la décima planta y, cuando las puertas se cierran, veo que Peter se dirige a la entrada.
Cierro los ojos mientras sube el ascensor. Aunque voy a entrar en el piso antes que él, será por pocos segundos. Debo prepararme.
Cuando se para el ascensor, corro por el pasillo, doblo la esquina y me planto en el piso de los Prior. No llamo a la puerta, sino que la abro y entro sin más.
—¿Natalie? —la llamo.
Veo movimiento en el pasillo. Andrew Prior es como la mayoría de los abnegados varones de su edad: pelo castaño, algo canoso, cortado casi a ras. Bien afeitado. Vestido con el típico uniforme aburrido. Su altura es superior a la media, aunque no me alcanza.
Lo que me sorprende es lo mucho que se parece a Tris. No en los ojos, que son castaños, sino en el gesto tozudo de los labios y en el rostro largo y fino. Y, sobre todo, en esa mirada que parece analizarme de un solo vistazo.
—Tú no estás metido en la simulación —me dice.
Niego con la cabeza.
—Se acerca alguien que sí —añado.
Una cara conocida se asoma al pasillo por encima del hombro de Andrew.
Mi padre.
—¿Tobias?
—Volved a entrar los dos y cerrad la puerta —les suelto.
No hacen lo que les ordeno, aunque tampoco tengo tiempo para repetírselo. Me coloco detrás de la puerta para que, cuando se abra, me cubra. Después cierro los ojos y presto atención a los pasos que, sin correr, se aproximan con premura. Los osados nunca aprenden a ser sigilosos; no lo necesitan.
El pomo gira y la puerta se abre. La atrapo con una mano y la empujo hacia delante para golpear con fuerza a Peter en el hombro. El chico se tambalea hacia atrás, de vuelta a la esquina de la entrada.
Le sujeto la muñeca y se la retuerzo a un lado para intentar que suelte el arma.
Sin embargo, la otra mano está libre y la aprovecha para propinarme un puñetazo en el brazo y otro en la cara, acertándome con los nudillos en la boca.
La adrenalina se hace cargo del dolor casi por completo; le estrello el hombro contra el pecho con todas mis fuerzas. La pistola cae al suelo.
Peter me aparta de un empujón y trastabillo unos cuantos pasos.
Después se abalanza sobre mí, con ambas manos en alto, como si pretendiera agarrarme el cuello.
Me deslizo a un lado y le sujeto el brazo.
Lo único que necesito es devolverlo al pasillo, cerrar la puerta del piso con llave y dejarlo a él fuera y desarmado.
Se gira, se zafa de mí y me pega un codazo… o lo intenta, por lo menos, ya que le agarro el codo con una mano y lo empujo, mientras mis botas chirrían en las baldosas del suelo. Deja un hueco libre y le meto un buen gancho en el vientre.
Debería resultarme más satisfactorio pegar a Peter, pero en sus ojos solo veo dolor; no me reconoce.
Se dobla por la mitad y aprovecho el instante de distracción para empujarlo de nuevo hacia el pasillo. Después cierro la puerta entre nosotros y echo la llave.
Me quedo inmóvil un instante, con la respiración agitada. La boca me sabe a cobre, lo que significa que el puñetazo ha sido más fuerte de lo que creía. Tras limpiarme la sangre de los labios, me enderezo; ha llegado el momento de enfrentarme a él.
Andrew Prior y Marcus me miran, alarmados. Recojo el arma del suelo, compruebo el cargador y pongo el seguro.
—¿Cómo sabíais que venían? —les pregunto.
—Me avisaron —responde Andrew—. Y yo avisé al líder del consejo.
Me fijo en que no lo llama «tu padre», quizá porque Marcus renegó de mí el día que elegí ser osado.
En ese momento se mueve el pomo; supongo que Peter intenta abrir desde el otro lado. Vuelvo la vista hacia la cerradura y me pregunto cuántos años tendrá. Creo que aguantará el tiempo necesario para que salgamos de aquí.
—¿Quién te avisó? —pregunto.
—Mi mujer, primero —responde Andrew—. Y después, mi hijo.
Caleb sale del dormitorio en el que se escondían todos. Va vestido con varias prendas azules y sigue teniendo la misma cara que en la sala de simulaciones: la de alguien que intenta ser mayor y más sofisticado de lo que en realidad es.
No sé si sorprenderme de que haya elegido a su familia por encima de su facción. No conozco a Caleb, salvo por lo que me ha contado de él Tris. Así que me limito a asentir.
—Hay que sacaros de aquí. —Me obligo a mirar a Marcus—. A los dos. ¿Dónde está la salida de incendios?
—No pienso abandonar a mi facción cuando más lo necesita —responde Marcus.
—De acuerdo —replico, perdiendo la paciencia de golpe—. Quédate aquí y deja que te entreguen a Evelyn. Sé de buena tinta que te quiere ver muerto.
El corazón se me acelera y soy consciente de que, en el fondo, temo que me cruce la cara por hablarle así. Se le endurece el gesto, como si eso fuera justo lo que desea hacer, pero no lo hará. No delante de Andrew, no con testigos.
—¿Evelyn? —pregunta Caleb—. ¿Evelyn Eaton, quieres decir?
—Ya dejaremos que te explique en otra ocasión la gran conspiración abnegada para fingir la muerte de mi madre —le suelto—. A la salida de incendios. Ahora.
—Tenemos que reunirnos con Natalie —dice Andrew—. En una iglesia al sur de aquí.
—Vale. Tú delante.
+ + +
La bajada por la escalera de incendios me acelera la respiración. No tengo ni idea de cómo Tris era capaz de subirla hasta la azotea, porque es vieja e inestable, y se balancea a cada paso que doy.
Por otro lado, estoy acostumbrado al pánico; no a anular del todo el miedo, sino a restarle importancia.
Procuro ralentizar la respiración mientras corro escaleras abajo con la pistola de Peter en una mano y mi padre pisándome los talones.
Siento su presencia como un espectro que me persigue y me deja erizado el vello de la nuca.
Estoy tan tenso que, cuando llegamos a la calle, me duelen los hombros.
Les indico que pasen por delante de mí para mantenerlos vigilados.
Corremos un rato en silencio antes de oír el primer disparo, un chasquido violento a lo lejos.
Por el rabillo del ojo veo algo negro y me vuelvo para disparar sin vacilar, apuntando bajo para no matar a ninguno de los osados sometidos a la simulación.
Le doy a Marlene en la pierna. Ella grita y se tambalea hasta chocar contra una pared porque le ceden las rodillas. Sin embargo, sigue aferrada a la pistola. La levanta.
Me abalanzo sobre la persona que tengo más cerca…
, que resulta ser mi padre. Le apoyo una mano en la cabeza y lo obligo a bajarla justo cuando suena el disparo.
La bala se incrusta en el ladrillo que tenemos a pocos centímetros a la izquierda; la puntería de Marlene siempre ha dejado mucho que desear.
El polvo del ladrillo me llueve en la cara.
—¡Corred! —grito, aunque ya lo hacíamos.
Esprintamos hasta el final de la manzana y doblamos la esquina. No creo que Marlene sea capaz de seguirnos, pero el disparo llamará la atención y no sé qué hará la simulación con eso.
Ya veo la iglesia más adelante; se trata de una recargada estructura de piedra gris con una cúpula verde. Se ha venido abajo por un lado y tiene casi todas las ventanas rotas o tapiadas. Andrew parece saber adónde va: rodea el edificio hasta dar con una puerta lateral y la abre con el hombro.
El santuario del otro lado está a oscuras, polvoriento y vacío. Me vuelvo hacia Caleb.
—¿Qué hace exactamente la simulación?
—Ni idea —responde, con los ojos como platos—. Desconozco los detalles, solo sé que el consejo corre peligro.
Entorno los ojos.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Viene alguien —avisa Andrew desde el interior del santuario; mira hacia una de las ventanas delanteras: una vidriera que representa a un santo.
Levanto el arma para apuntar a la puerta mientras los pasos se acercan cada vez más. De repente, un fogonazo de pelo rubio y ojos azul intenso, húmedos de lágrimas.
Tris.