La sexta facción Capítulo 53 #2
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Capítulo 53 #2

Cruzo la habitación y abro la puerta trasera.

Hay unas escaleras de madera que bajan en zigzag hasta un patio de piedra, más allá del cual se encuentra el callejón de atrás del Edificio A.

Echo a correr y dejo que la sensación pesada y paralizante que se ha apoderado de mí al contemplar el cadáver de Abigail Baker se difumine.

Salimos al callejón y corremos hacia la calle.

El sol todavía no ha asomado por el horizonte.

Los madrugadores de Abnegación no tardarán en despertar, meditar y preparar el desayuno para sus seres queridos, que ya estarán trabajando en los huertos comunitarios, cuidando de las plantas. Suena un disparo a lo lejos.

Mi madre está a punto de salir del callejón cuando oigo correr a alguien. Tiro de ella justo antes de que dos osados pasen a toda velocidad junto a nosotras. Reconozco a uno de ellos de mis clases: una chica, la que siempre se ríe. La amiga de Uriah.

Ahora no se ríe. Tiene la mirada vidriosa y la mandíbula apretada. Me tenso, esperando que nos vea, pero no lo hace, ni siquiera mira hacia nosotras. Algo va mal.

—Me parece que están en una simulación —digo, una vez que los pasos se han perdido en la distancia.

—Creo que tienes razón. Vamos.

Corremos hombro con hombro y, en apariencia, todo es como siempre: una calle tranquila, agrietada pero limpia.

Las ventanas de la sede de Abnegación, impolutas y oscuras.

Otro disparo, y me pregunto si ese habrá acertado a mi padre.

Me estremezco sin querer al recordar su cadáver en el suelo durante la simulación del miedo. La nuca…

—¡Ahí! ¡Ahí están! —grita una voz, y se oye otra detonación.

—¡Corre! —grita también mi madre, y lo hago.

Una forma oscura sale disparada del callejón lateral y se estrella contra mí. Caigo y me golpeo la cabeza contra el pavimento. El chico del piso de Marcus, el del pelo castaño claro, me agarra el brazo y me lo retuerce para levantarme.

Me revuelvo para intentar zafarme de él, lo que solo sirve para que me apriete más el brazo. Me supera en fuerza, de largo. Clavo los talones en el suelo, pero él tira de mí hacia delante, llevándome medio a rastras hasta estamparme contra un muro de ladrillo.

Entonces noto el frío del cañón de una pistola en la cabeza.

En este momento, solo puedo pensar en que acababa de empezar, en que empezaba a descubrir lo que se me da bien y lo que no, quién soy y quién no, y quién podría llegar a ser.

Empezaba a comprender a qué se refiere la gente cuando dice que está enamorada.

Todo lo que siento y todo lo que soy es un brote diminuto que asoma a la tierra; no es nada más que el principio de algo, y este chico está a punto de arrebatármelo.

—Lo siento —susurra.

En vez de resignación, siento deseo. Deseo vivir. Deseo sobrevivir. Deseo, deseo, deseo…

Oigo un ruido y me pregunto si se tratará de otro disparo a lo lejos o del que está a punto de matarme.

Quizá el tiempo se ralentice en tus últimos momentos, de modo que uno sea capaz de escuchar todo lo que ocurre hasta que llega la muerte; quizá sea cierto que parte de mí seguirá viva, como me enseñaron los líderes religiosos cuando era pequeña; quizá…

—¡Corre! —grita mi madre y, como sucedió la primera vez que salté a un tren, confío en ella: doy un paso a un lado y echo a correr.

No sumo dos más dos hasta que me alejo del callejón: el ruido que he oído era mi madre disparándole al chico.

Vuelvo la vista atrás y veo que el osado, todavía vivo, se agarra el brazo con cara de dolor. Mi madre corre justo detrás de mí, con los ojos muy abiertos.

Voy a toda velocidad, esprintando por la calle. Oigo otro par de pies detrás de los míos y después otro: los del chico, que nos persigue.

Mi madre me alcanza y me agarra la mano.

—¡Empuja esa puerta! —grita, y no pregunto qué puerta, sino que me limito a empujar la primera que veo.

Entro dando traspiés en el edificio de reutilización de aguas residuales que se encuentra frente a la sede de Abnegación.

Mi madre cierra la puerta, busca la silla más cercana y la mete bajo el pomo.

Estamos en un almacén grande, con un depósito de agua en el centro que es el doble de ancho que de alto, como un cuenco gigantesco. Mi madre tira de mí hacia el depósito con una mano sudorosa. La puerta por la que acabamos de entrar se estremece; están intentando derribarla a patadas.

Creo que vamos a seguir corriendo, pero se vuelve hacia mí y se mete la mano bajo el cuello de la camisa.

—No nos queda mucho tiempo —me dice, tirando de una cadena para sacar un medallón. Al quitárselo por la cabeza, se arranca algunas horquillas del pelo—. Llévate esto. Puedes usarlo para encontrar mi diario; te dirá todo lo que necesitas saber. Espero que te ayude a comprender que actué como debía.

Siento un miedo acuciante, tan insistente como un niño que me tira de la mano para llamarme la atención. Acepto el medallón, me lo cuelgo y noto su peso sobre el pecho. La mirada de mi madre es penetrante.

La puerta se estremece otra vez. Y otra.

Me entrega la pistola que lleva en la mano. No estaba ahí hace unos minutos, así que debe de habérsela quitado a la persona que nos ha atacado en la calle.

—Llévate esto también. Puede que necesites una de reserva.

—Se mete una mano debajo de la chaqueta y saca otra pistola.

Esta tiene una banda fluorescente en el lateral, así que es de agujas.

Después le quita el seguro y añade—: Ve al punto de encuentro y busca a tu padre.

¿Recuerdas esa vieja iglesia a la que siempre querías ir de niña?

¿Y tu padre te decía que era demasiado peligroso?

Bueno, pues era mentira, es completamente segura…

—¡Para! Deja de hablar como si no vinieras conmigo.

La pistola me parece muy pesada.

Ella me sonríe con ternura.

—Iré justo detrás de ti, Beatrice.

—No entiendo por qué…

La puerta se abre con estruendo.

—Porque yo soy la progenitora y tú eres la hija. Vete. Ya.

Me empuja con tanta fuerza que retrocedo un paso.

Y, una vez dado ese primer paso, veo que el chico ha entrado por la puerta con el arma levantada.

Dispara y el sonido retumba en el almacén, en mi cabeza, en mi pecho…

El dolor me baja chillando por el brazo, y noto un calor ardiente, tanto que es como si me hubieran pegado con un atizador al rojo…

Apenas soy capaz de sostener la pistola, aunque ni se me pasa por la cabeza disparar. Veo que mi madre sale de detrás del depósito de agua con la pistola en alto, pero está llena de agujas, no de balas…

Ella dispara.

Él dispara.

La veo caer tras retroceder tambaleándose un par de pasos, como si hubiera recibido un puñetazo.

Oigo el eco de sus palabras: «Vete. Ya».

El chico observa a mi madre, que ha caído al suelo con los brazos en un ángulo extraño.

El osado ha abierto tanto los ojos que le veo el blanco alrededor de los iris, y el cuerpo le tiembla sin control…

Espero a que mi madre se levante.

Espero.

«Vete. Ya».

No se mueve.

«¡Vete! ¡Ya!».

Corro. Empujo la puerta trasera, salgo a la calle y corro. Estoy haciendo lo que me ha pedido. Estoy haciendo lo que se supone que debo hacer. Corro tan deprisa que me arden los pulmones y las piernas.

Dejo escapar unos ruidos horribles y entrecortados, como si fuera a vomitar.

No veo nada, y así me doy cuenta de que lloro.

Sollozo. Aun así, es como si hubieran cortado parte de las conexiones entre mi mente y mi cuerpo.

Me estremezco con la fuerza de lo sucedido, pero a la vez me siento indiferente; no significa nada.

No significa nada.

Sigo corriendo.