Capítulo 53
TRIS
M I MADRE ME RESULTA TAN FAMILIAR como desconocida, en estos momentos.
Lleva el pelo recogido en el moño de siempre, bien alisado y pegado al cuero cabelludo.
La ropa es la misma, gris y amorfa. Sin embargo, es como si otra persona se le hubiera metido bajo la piel, alguien de ojos penetrantes y sin miedo.
No parece sorprendida de ver a Evelyn y a los demás sin facción, y tampoco parece preocuparle mucho la pistola que le apunta a la cabeza.
—Llegas tarde —le dice Eric a Evelyn, aunque no deja de apuntar a mi madre.
Carga con un dispositivo de metal negro colgado con correas, como si fuera una mochila, que emite un leve brillo naranja similar a las llamas del ordenador de Osadía.
—¿Por qué está aquí mi hija? —exige saber mi madre, que flexiona la mano junto al costado como si deseara agarrar algo, aunque ahí no hay nada.
Eric me mira y entorna los ojos.
—Era mi seguro —contesta Evelyn—, por si nos encontrábamos contigo. Y como me la enviaste de espía… —añade, encogiéndose de hombros—, supuse que sería lo más probable.
Se me revuelven las tripas. Intento no reaccionar.
—No hice tal cosa —replica mi madre.
—¿Ah, así que no la animaste a hacerlo? ¿No usaste la muerte de su amigo para impulsarla a actuar? ¿No la manipulaste?
El tono de Evelyn es el mismo, amargo y seco, que reconozco tras hablar con Tobias; como posos de café o peladuras de limón.
Quiero protestar, porque mi madre nunca me dijo nada parecido. Solo me presentó mis opciones: quédate o vete. Olvídalo o descubre la verdad.
«Pero sabía lo que harías —me recuerda una vocecilla—. Te dijo con quién hablar y dónde empezar a buscar».
—La próxima vez, enséñale a no demostrar tanto interés tan deprisa. Es lo que la ha delatado.
Tendría que haberme dado cuenta anoche, cuando me acusó de manipuladora. Debería haber sabido que no podía ser más astuta que Evelyn.
Se vuelve hacia Pícara y señala con la barbilla la puerta que da al dormitorio de Marcus.
—Busca pistas sobre el paradero del líder del consejo. Y tú —añade, mirando con intención a Eric—, ¿qué estás haciendo aquí?
—Asegurarme de que mantienes tu palabra —responde él—. La muerte de Marcus Eaton es esencial para el éxito de ambas partes. —Entorna los ojos al mirarme—. Creía que esta era espía tuya.
—Nuestro intercambio consistía en armas y trenes a cambio de Marcus Eaton —insiste Evelyn—. Así que, ¿dónde está Marcus Eaton?
Del dormitorio de Marcus sale un chico de pelo castaño vestido por completo de negro osado, como Eric. Lleva una pistola metida en la cinturilla de los pantalones.
—Ni rastro de él en la salida de incendios. La cama está hecha, así que no se fue con prisas —informa el chico—. Alguien debe de haberlo avisado.
—Estoy bastante seguro de quién —afirma Eric, todavía con el arma apuntando a mi madre.
A pesar del nudo de sospecha que me retuerce las tripas, me siento atraída hacia mi madre como un pez del que tira el sedal de la lealtad.
Quiero plantarme entre la pistola de Eric y ella; quiero dejar que me abrace y ocultar el rostro en su hombro, como cuando era pequeña.
No obstante, permanezco inmóvil, consciente de la presencia de Pícara detrás de mí, armada; consciente de los dedos de Evelyn que aprietan cada vez más fuerte su pistola.
—Deja que se marche Beatrice —dice mi madre—. Es una niña.
—Qué oportuno, ¿no? Lo bastante mayor como para desertar de su facción y cumplir tu voluntad, pero, ahora que ya no te resulta útil, es una niña, ¿verdad? —Deja escapar una carcajada—. Si la he traído, es por algo. ¿Gretchen?
Detrás de mí, oigo el clic de una bala que se desliza para colocarse en su sitio. Doy un respingo. Sé lo cerca de la oreja que está el arma, aunque Gretchen no me toque.
De repente, estoy de vuelta en mi simulación del miedo, con el corazón tan acelerado que lo siento palpitar detrás de los ojos. «Hazlo», dice Weaver, apretando el cañón contra mi cabeza. Entonces solo sentí miedo. Y miedo es lo único que siento ahora; me dispersa los pensamientos y me paraliza.
—Dime dónde está Marcus, Natalie, o le pediré a mi socia que dispare —sentencia Evelyn.
—Veo que los rumores sobre tu crueldad no eran exagerados —comenta Eric con sorna.
Intento ralentizar la respiración y estar presente, como en las prácticas de tiro, cuando apunto.
Ya he sentido este miedo en la sala de simulaciones: la pistola apuntándome a la cabeza y la vida de mi padre en peligro, como ahora la de mi madre.
Esto no es más que un reflejo de lo que hay dentro de mi propia mente.
Puedo encontrar una salida. Tengo que hacerlo.
—No sé dónde está Marcus —responde mi madre con voz tranquila y sin altibajos. Me mira a los ojos—. Si lo supiera, te lo diría.
—No te creo.
—Te has asegurado mi cooperación al amenazar a mi hija —replica mi madre—. Deberías echar un vistazo en la sede de Abnegación. Puede que se haya quedado a trabajar hasta tarde.
—Ya lo he hecho. Ni rastro de él —le asegura Eric con una voz musical que me sorprende—. Si no has venido aquí a buscar al líder del consejo, ¿cómo explicas tu presencia?
No puedo pensar en mi madre. Tengo que concentrarme en la pistola que me apunta a la cabeza.
Recuerdo cómo Tobias le quitó el arma a Jove de las manos en la Colonia.
Recuerdo que Gretchen se negó a enseñarme a dar puñetazos, pero también que Christina se ofreció a hacerlo ella.
«Quien intente hacerte daño no se esperará que alguien como tú se defienda».
Y menos Gretchen, que me consideraba una pérdida de tiempo.
Si hago algo, solo tendré una oportunidad.
—No estoy buscando a Marcus —responde mi madre—. Pero tiene algo que necesito y pensaba que lo guardaría aquí. Por eso he venido.
Veo movimiento junto a mi madre: ha abierto las palmas de ambas manos. La veo doblar un dedo, después otro y otro.
Es una cuenta atrás. «Siete, seis, cinco».
—Pero has venido porque sabías que no estaría aquí —insiste Evelyn—. Y, si lo sabías, es porque le advertiste que se fuera, ¿no?
«Cuatro, tres».
—Esto es una pérdida de tiempo. Tienes que darle una razón real para hablar —interviene Eric y me apunta a mí, aunque no a la cabeza, sino al hombro.
«Dos».
—Como una herida superficial—añade.
«Uno».
Dispara.
Pero yo ya me estoy moviendo. Me cosquillea el cuerpo de pura adrenalina cuando me vuelvo, agarro la muñeca de Gretchen con una mano y le doy un fuerte empujón con el codo del otro brazo.
Le golpeo la mejilla y ella retrocede y, en ese momento de pánico, suelta el arma.
Me agacho para recogerla y pongo la mano en el pomo de la puerta.
El disparo me ha dejado medio sorda. Lo único que puedo pensar es: «Huye, huye, huye». Abro la puerta de par en par y salgo al pasillo.
Los sonidos y las imágenes del mundo regresan de golpe. Oigo a Evelyn volverse contra Eric y a Eric gritar:
—¡Id a por ellas!
Noto algo pesado contra la espalda. Me aparto, gritando con los dientes apretados, antes de darme cuenta de que es el brazo de mi madre, que me presiona para que no me quede más remedio que encorvarme. Después, me empuja hacia la escalera con el pecho pegado a mi columna: intenta hacerme de escudo.
Estamos en la escalera y mi madre corre hacia arriba, en vez de hacia abajo.
—Mamá… —digo con los labios entumecidos—, ¿adónde va…?
—Arriba y por encima. Hay que desconcertarlos.
Subo a trompicones y la sigo cuando cruza la puerta de la tercera planta. Corremos juntas por el pasillo. Hay una cesta de panecillos envueltos en tela gris delante de una de las puertas de los pisos, regalo de un vecino.
—¡Al piso de Abigail Baker! —grita mi madre.
Abigail Baker, miembro del consejo, habla con voz suave y una vez al año imparte clases de conducir para quien desee presentarse voluntario para llevar los autobuses. También fue cómplice de mi padre cuando intentó borrarme la memoria.
Mi madre entra por la puerta del final del pasillo, que se abre para ella. Oigo pasos detrás de mí y, aunque me arden las piernas, salgo disparada hacia el piso. Cierro la puerta detrás de nosotras y echo el pestillo.
El piso está a oscuras, con las cortinas corridas. Es la viva imagen del de Marcus, pero al revés: con el dormitorio a la derecha, en vez de a la izquierda, y una cocinita muy estrecha a mi lado. Mi madre permanece de pie en el umbral del dormitorio de Abigail, con la mano en el marco de la puerta.
Guarda silencio durante un instante. Después, vuelve la vista hacia mí.
—Mejor no mires, pero tenemos que salir por la parte de atrás.
—¿Que no mire el qué?
Aunque ya lo sé. Es lo único que podría afectar de ese modo a la voz de mi madre, que suena baja, respetuosa. Me acerco al umbral y me asomo por encima de su hombro.
Abigail Baker está tumbada en la cama, con el cuerpo tirado a los pies del colchón, como si hubiera intentado huir, pero se hubiese enredado con las sábanas. El cabello le cubre el rostro. La sangre le ha empapado el pecho del camisón y le ha dejado una mancha oscura. Está muy quieta.
Yo me quedo igual de inmóvil. Algo en la forma en que ha estirado el brazo, como si suplicara, me recuerda a un cuadro antiguo. Pero se me revuelven las tripas cuando miro hacia el rojo húmedo de la herida de bala en el pecho.
Cierro los ojos.
—Tenemos que irnos —me advierte mi madre.
—¿Quién…? —empiezo a decir, incapaz de terminar la pregunta—. ¿Por qué…?
—Hay osados en las calles. Jóvenes. Iniciados, quizá.
Su objetivo es el consejo. Caleb acudió a nosotros hace una hora para avisarnos del ataque.
—Noto que me apoya las manos en los hombros y abro los ojos.
La mirada acerada de hace unos minutos, la que la convertía en una desconocida, ha desaparecido.
Vuelve a ser mi madre—. Beatrice, tenemos que huir.
Recuerdo a Eric gritando: «¡Id a por ellas!».