La sexta facción Capítulo 52
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Capítulo 52

TRIS

M E QUEDO AL FONDO DEL VAGÓN SILENCIOSO, esperando para apearme.

La mitad de los miembros de la Cicuta se ha dirigido al sur de la playa de maniobras, mientras que la otra mitad —en la que me encuentro— se ha dirigido al norte.

Pícara, Gretchen y Evelyn están junto al umbral abierto y me tapan la vista de la ciudad que pasa a toda velocidad junto a nosotras.

No sabía que los trenes pudieran correr tanto.

El viento que azota el vagón hace tanto ruido que no se puede ni gritar.

Cuanto más nos aproximamos al sector abnegado, más deprisa me late el corazón. El tren frena y Evelyn empuja el panel de la pared para dejar al descubierto la mochila con la ropa y los zapatos de siempre, salvo que la aparta y saca otra cosa.

Una pistola.

Se me revuelve el estómago cuando se la pasa a Pícara y después saca una segunda arma y una tercera.

Son negras, sin adornos, robadas a los centinelas osados del muro y cargadas con balas, no agujas.

Evelyn comprueba el seguro de la pistola que tiene en la mano.

El tren chirría y da un tirón hacia delante al frenar.

Sé adónde vamos: a asesinar a Marcus Eaton.

—Tú primero, Tris —me indica.

Me acerco a la puerta con paso vacilante, como si se me hubiera olvidado cómo bajar.

Pero la memoria muscular se hace cargo del asunto cuando nos acercamos al andén.

Salto del vagón y aterrizo con fuerza en la madera, donde corro unos cuantos pasos para recuperar el equilibrio.

Pícara aparece justo detrás de mí, pistola en mano.

Me da la extraña sensación de que, si intentara huir, me perseguiría.

Recorremos el andén para unirnos a Evelyn en lo alto de las escaleras. Esta estación se encuentra en un estado lamentable. Como los abnegados no usan el tren, nadie se ha molestado en reparar la madera podrida ni en atornillar las barreras que se han caído. Salto por encima de una tabla rota.

Evelyn retrocede y me hace un gesto para que la adelante.

—Ve tú primero, Tris. Sabes cómo llegar al Edificio B.

—¿Edificio B? —resopla Gretchen—. Supongo que nadie ha acusado nunca a esta gente de poseer una imaginación desbordante.

Noto que me yergo, dispuesta a defender a mi facción, pero una vocecilla interior me recuerda que «nada de facciones», así que mantengo la boca cerrada.

Bajo los escalones que nos llevan a la calle y me meto por el primer callejón que veo.

No me hace falta planificar la ruta; me conozco del derecho y del revés esta parte de la ciudad.

Esquivo una pila de cajas y una silla rota antes de salir a la siguiente calle, desde donde veo el Edificio B a lo lejos.

Está a un par de manzanas de distancia, justo al lado de la sede de Abnegación.

Se trata de un bloque de piedra gris sin nada especial, salpicado de ventanas.

Es donde viven las personas solteras de la facción y, aunque Marcus Eaton es el hombre más poderoso de la ciudad, se aloja entre ellas para que no se nos olvide que no se considera mejor que el resto.

No sé qué haré cuando llegue a su piso. Quiero creer que le salvaré la vida.

Pienso en mi madre tamborileando con los dedos.

«Marcus es demasiado importante, no podemos perderlo».

El contenido de la Cámara de la Memoria es importante para mi madre y, diga lo que diga, la razón es más profunda y personal que evitar que Jeanine Matthews se haga con el control.

Si confío en ella, cosa que hago, tengo que creer que salvar a Marcus es lo correcto.

Sin embargo, a lo largo de los últimos meses me he transformado en otra persona, en una que mi madre ni conoce ni comprende.

En una que ve todo el sistema como lo vería una sin facción.

En una que sabe que, si no tomas lo que deseas cuando te lo ofrecen, puede que jamás vuelvas a tener la oportunidad de conseguirlo.

Y quiero que Marcus Eaton desaparezca. Quiero vivir en un mundo en el que no pueda seguir dañando a Tobias; y lo hace con su mera existencia.

Así que quizá no lo salve. Quizá.

Me muevo deprisa, casi corriendo, con Evelyn, Pícara y Gretchen detrás. Me arden las piernas cuando llego al Edificio B, pero no entro por la puerta principal, sino que las conduzco al callejón del lateral del bloque para entrar por la puerta cortafuegos. En Abnegación, nadie cierra con llave.

Efectivamente, cuando tiro del pomo, la puerta se abre con una sacudida.

El metal oxidado me pincha los dedos. Nos encontramos al pie de las escaleras traseras; si no recuerdo mal, el piso de Marcus está en la segunda planta.

Evelyn me adelanta corriendo y la sigo escaleras arriba, hacia la oscuridad.

El olor de este sitio me resulta familiar: pan recién horneado, papel mohoso y el vinagre blanco que se usa para la limpieza.

Es como el edificio en el que crecí, y se me forma un nudo en la garganta; trago saliva como puedo.

Doblo la esquina y persigo a Evelyn por un largo pasillo.

Lleva la pistola tan apretada en la mano que los nudillos se le están poniendo blancos, y me pregunto si por debajo de esa mirada de acero y esa mandíbula tensa no le tendrá tanto miedo a Marcus Eaton como Tobias.

Abre la puerta del piso empujándola con el hombro y la sigo al interior del vestíbulo.

Sin embargo, en el salón no me encuentro con el hombre amenazador que vi en el paisaje del miedo de Tobias, sino con Eric, líder de la juventud osada, que está al lado de la estantería, con sus piercings bañados por la luz de la luna. Apunta con su arma a una figura que permanece en la sombra.

La figura da un paso y la ilumina un rayo de luz.

—Beatrice —dice mi madre con voz ahogada.