La sexta facción Capítulo 51
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Capítulo 51

CUATRO

U NA VEZ que los iniciados están a bordo y el tren comienza a moverse, sé lo que debo hacer.

Me dirijo a la parte delantera del vagón, donde hay una caja de madera esperándome.

Es lo bastante grande para que quepa una persona dentro; cuando levanto la tapa, veo armas.

«Bueno, pues claro que sí —me dice una voz mental—.

Son para el ejercicio de entrenamiento».

Suena razonable, así que cojo una y se la paso a Edward, que está a mi lado. Los demás se ponen en fila detrás de él y le doy un arma a cada uno cuando dan un paso adelante, hasta que están todos armados. Eric, al final de la cola, rechaza la suya.

—Solo estoy aquí para observar, ¿recuerdas? —dice, y me da una palmada amistosa en el hombro.

Lleva algo a la espalda. Negro, con un brillo naranja oscuro en el centro. La estructura me resulta familiar.

Y noto… una picazón. Me recuerda a cómo me siento, a veces, cuando me acatarro, como si quisiera abrirme la cabeza para rascarme dentro y que esa sensación tan insidiosa desaparezca. Tardo unos segundos en identificar de dónde procede.

De Eric. Procede de Eric.

Me quedo mirándole la nuca cuando se coloca junto a la puerta del vagón, con el pelo negro al viento. Nunca me había mirado antes así, con aprobación en vez de hostilidad. Y está más que claro que jamás me ha dado una palmadita en el brazo como si fuéramos colegas.

«¿Adónde vamos?», me pregunto de nuevo, y esta vez mi voz suena más fuerte, la… siento más fuerte. Algo me impulsa a responder con certeza que sé adónde vamos, aunque eso no despeja del todo mi duda.

«¿Adónde vamos?», pregunto de nuevo.

«¿Adónde vamos?».

Acaricio la culata de la pistola y observo el negro inmaculado del cañón. No es una pistola de agujas. Esta arma es más oscura y pesada, por el peso de la munición letal.

«La bala», pienso, y recuerdo su aspecto en la mano pequeña de Tris, redondeada por un extremo y plana por el otro.

Y entonces recuerdo la caja que Tris ayudó a mover a los sin facción. Las armas que los sin facción habían robado del muro.

Observo a los iniciados que me rodean. Hasta Christina está aquí, con su parche en el ojo, como si nunca se hubiera marchado. Ninguno habla, todos miran hacia la puerta abierta del vagón, pistola en mano.

Estoy en una simulación. Y ellos también.

Se me acelera el pulso. Estoy en una simulación y no sé de qué tipo. No estoy asustado, como me ocurre en las del miedo. Lo que siento se asemeja más a la prueba de aptitud, en la que me impulsaba la certeza de lo que debía hacer: cruzar el laberinto, salvar a la niña y escapar del humo.

Es como si hubiera un programa escrito en mi mente que me indicara sobre la marcha cada paso que debo dar. Sin embargo, no me explica el porqué de todo esto.

Por otro lado, si mi madre es la responsable de que tenga una pistola en la mano, quizá también me contara lo que necesito saber. «Dile a Tobias que mi sueño está a punto de hacerse realidad».

No sé a qué se refiere, ya que en mis recuerdos guardo una vida entera de conversaciones.

Los lunes, cuando me preparaba tortitas, a veces me preguntaba por mis sueños; no los que había tenido mientras dormía, sino en lo concerniente a mi vida.

En realidad, no sabía qué contarle. Siempre había sido abnegado, así que mi sueño era vivir en una casa que no estuviera sometida a vigilancia continua. Mis anhelos eran poca cosa.

Sin embargo, un día le pregunté cuáles eran los suyos.

Y ella respondió: «Sueño con que todo el mundo pueda ser lo que de verdad es, en vez de lo que se supone que debe ser».

Supe a qué se refería.

Soñaba con el final del sistema de facciones.

Inhalo por la nariz y exhalo por la boca.

Si eso es lo que está tramando Evelyn, si eso es lo que se avecina, mucha gente saldrá herida y muchas personas morirán, no solo mi padre.

Tengo que salir de esto. Y sé cómo salir de las simulaciones, ¿no?

Solo hace falta concentrar toda mi fuerza de voluntad en ello.

«Déjame salir», pienso.

El tren corre como un rayo hacia el norte, a través de la opaca luz azul que precede al amanecer. Ahora pasamos junto al sector abandonado, con sus edificios derruidos y sus calles rajadas y hundidas.

«Déjame salir». Marcus me da igual. Sé que mi vida sería mejor sin él, y tampoco me importa ya si el sistema de facciones permanece intacto, puesto que lo he dejado atrás.

Pero, como ocurrió con el incendio en la sede de Verdad, el coste de esto, sea lo que sea, es demasiado alto.

Una tropa de marionetas de Osadía que blanden armas robadas.

Un ejército de títeres de Osadía de camino a cometer asesinato, si no me equivoco respecto al peso de la pistola que llevo en la mano.

No permitiré que los usen como si fueran títeres.

Ni lo seré yo, tampoco.

«¡Déjame salir!», grito mentalmente, y algo dentro de mí salta.

Parpadeo y no ha cambiado nada, aunque, a la vez, todo es diferente. Ya no siento la misma urgencia en el pecho ni esa certeza sobre adónde voy.

Me he liberado de la simulación y sé lo que debo hacer: encontrar a Marcus Eaton.

+ + +

Los frenos del tren chirrían, el vagón se estremece y todos nos balanceamos automáticamente para adaptarnos a su movimiento.

Tengo que concentrarme. No puedo dejar que me descubran. La única forma de sobrevivir a esto es que nadie se percate de que ya no me controla la simulación. Así que, cuando el tren se detiene del todo, salgo con decisión.

Los iniciados se ponen en fila y los imito. Me coloco al final, como si fuera su comandante. Después, todos esperamos, arma en mano, mientras Eric se pasea junto a nosotros.

Entonces oigo pasos que corren por las escaleras que conducen al andén. No me giro para ver quién es, pero reconozco de sobra la voz.

Will.

—He localizado a casi todos los miembros del consejo, señor —informa—, pero todavía no he averiguado la ubicación exacta del líder del consejo. No lo vi entrar en su edificio anoche y parece que su piso está a oscuras.

Recuerdo la última simulación del miedo de Will.

Las palomas muriendo en el campo, convertidas en una lluvia de plumas grises.

Creía que las palomas simbolizaban la paz, pero quizá recurrí demasiado pronto al simbolismo.

Quizá las palomas representen una imagen más simple: un pájaro gris, dócil y corriente.

Como los miembros abnegados del consejo.

—Se te ha ocurrido mirar en, no sé…, ¿su lugar de trabajo? —pregunta Eric, y escucho la burla en su voz—. Ve a la sede de Abnegación y, si no lo encuentras, iremos nosotros mismos a su puñetero piso. Es la pieza más importante del puzle.

—Va-vale, voy a investigar —responde Will, tropezándose con las palabras.

—No seas idiota. No puedes ir solo; necesitas músculo. Menos mal que he preparado algo especial justo con esa idea en mente.

Eric se me acerca y yo me esfuerzo por mantener la vista al frente, como la buena marionetita que finjo ser. No doy un respingo cuando me pone la mano en el hombro, aunque estoy a punto.

—Creía… creía que él no estaba confirmado —replica Will—. Creía que era sospechoso de divergencia.

—Ayer confirmamos que no es divergente —replica Eric—. En principio, se suponía que debíamos excluirlo, dada su relación con la líder de los sin facción, pero conseguí convencer a Jeanine de que merece la pena el riesgo.

—¿Por qué? —pregunta Will, frunciendo el ceño.

—Porque es la mejor historia de todas. Hijo víctima de abusos, con un historial de inestabilidad, va a por los líderes de la facción culpable de su desgracia. La noticia se escribe sola. —Me da un apretón en el hombro—. Adelante, dale una orden. El programa te reconoce como figura de autoridad.

—Entonces…, ¿puede verme? —pregunta Will, ahora junto al hombro de Eric. Agita una mano delante de mi cara y me esfuerzo por no apartársela de un revés—. Pero no sabe quién soy, ¿no?

—Cree que eres Jeanine Matthews, dado que la imitación sigue activa. Así que no fuerces la lógica de la simulación actuando como el gusanito nervioso que en realidad eres.

—Ya —dice Will, y le cuesta tanto tragar saliva que oigo el ruido que produce—. ¿Y cuáles son los límites del repetidor de señal? Por si tenemos que seguir buscando a Marcus…

—Debería llegar hasta el borde del sector abnegado —responde Eric, dándole un toquecito a la correa de su mochila.

Por eso me resultaba tan familiar el dispositivo que lleva: es un repetidor de señal, como los del muro, que amplía el alcance del ordenador de Osadía. Salvo que este es portátil, lo que significa que puede usar el ordenador osado desde donde quiera. Así es como se ejecuta la simulación.

—Vale. Entonces…, sígueme, Cuatro.

Me salgo de la fila de iniciados y me vuelvo para seguir a Will por el andén. Detrás de mí oigo a Eric gritar los nombres de los miembros del consejo a cada iniciado de la cola.

—¡Elizabeth Winslow! ¡Ernest Thompson! ¡Andrew Prior!

Hago una mueca al oír el nombre de Andrew Prior.

Se me había olvidado que mi padre no es el único que corre peligro; también lo hace el padre de Tris.

Y, aunque sé que le ha hecho cosas que ella odia, también sé que fue la primera persona en la que Tris pensó cuando vio que ardía la sede de los veraces.

Bajo los escalones detrás de Will, que vuelve la vista atrás como para asegurarse de que sigo ahí, antes de concentrarse en la calle que se extiende ante nosotros. Recuerdo cómo llegar a la sede de Abnegación desde aquí: recto durante un par de manzanas y después a la derecha.

También recuerdo cómo llegar al Edificio A, donde vive la familia de Tris.

Will no está familiarizado con estas calles.

Corre durante unos segundos, se detiene y juguetea con las manos, nervioso.

Si lo atacara ahora, podría intentar derribarlo e incapacitarlo antes de que cause más problemas.

El problema es que eso me llevaría tiempo, y los demás iniciados están detrás de mí, enfrascados en sus propias misiones. Y seguro que Eric les sigue de cerca.

Al final, lo más seguro es largarme sin más.

Justo antes de la esquina que, en teoría, deberíamos doblar a la derecha, me meto en un callejón y echo a correr.

Ahora tengo que decidir a quién ayudar, si a mi padre o al de Tris.

Solo que no hay decisión que valga: me dirijo directamente al Edificio A, a buscar a Andrew Prior.