Capítulo 50
TRIS
D EBERÍA DORMIR TODO LO POSIBLE antes de reunirme con Evelyn en plena noche, pero me da miedo no despertarme a tiempo, así que me pongo la ropa con la que me resulta más cómodo moverme: mis pantalones negros de Osadía, que están hechos de una tela gruesa y elástica; mi camiseta rojo oscuro, teñida por el Remendador en persona; mi chaqueta y mis botas.
Me recojo el pelo y me tumbo sobre las mantas a esperar.
Antes he dejado un mensaje para mi madre detrás del ladrillo del centro de donaciones en el que le contaba lo que estaba a punto de hacer y cuándo lo llevaría a cabo. Solo espero que haya recordado mirarlo esta tarde.
Todo lo que he descubierto a lo largo de los últimos meses me da vueltas por la cabeza como agua de lluvia que se arremolina para colarse por un sumidero.
Los sin facción robando armas a los centinelas osados del muro.
Evelyn diciendo: «Mi sueño está a punto de hacerse realidad».
Los eruditos publicando propaganda sobre Abnegación.
Alguien cazando a los divergentes. Todo podría estar relacionado; o quizá no. Esta noche me acercaré más a la verdad.
En esta ciudad hay muchas personas con poder y es posible que cada una de ellas tenga en mente un objetivo distinto.
Antes creía que todo el mundo se sentía satisfecho con el sistema tal y como era, con Abnegación en lo más alto por su empeño en colocarse en último lugar.
Antes dejaba que me resbalaran las advertencias de mi padre sobre las insaciables ansias de poder de la gente. Ahora veo lo equivocada que estaba.
Todo el mundo ansía el poder. A veces por ejercer el control, como en Abnegación. A veces porque creen saber mejor que nadie cómo usarlo, como Jeanine Matthews. Y, a veces, porque nunca lo han poseído, como Evelyn. En cualquier caso, al margen de sus motivos, el anhelo es el mismo.
Y estoy muy harta de él.
A las tres menos diez salgo con sigilo a la sala principal del Museo. Veo las estrellas a través de los tragaluces del techo. Cruzo la estancia hasta llegar al túnel que me conducirá a la playa de maniobras y saludo con la mano a Gago, un recién llegado como yo, que está barriendo el suelo.
Recorro el túnel a oscuras, con una mano pegada a la pared para ver por dónde voy. El final del túnel aparece ante mí, tapado por las malas hierbas. No, no son malas hierbas, sino cicuta. Veneno letal.
Las flores son un recordatorio: esta noche estaré más cerca que nunca del peligro.
Las aparto y veo unas siluetas oscuras reunidas junto a uno de los vagones desguazados y rotos. Se me corta el aliento.
Allá vamos.
Al acercarme, empiezo a distinguir rostros conocidos, algunos que me esperaba y otros que no.
Está Evelyn, por supuesto, vestida de negro de pies a cabeza, con el pelo recogido; Pícara, líder de los Zorros, con una cara tan seria que apenas la reconozco; Botas, el segundo al mando de Pícara, dándole vueltas a un cuchillo en la palma de la mano; Jove, antigua líder de la Colonia, que mira la hora en su reloj de pulsera; Gretchen, la que se negó a enseñarme a luchar, rebotando sobre las puntas de los pies para entrar en calor; y por último, alto y demostrando una calma sorprendente, veo al Remendador apoyado en el vagón cochambroso. Tobias no está por ninguna parte.
Todo el mundo me mira y, de repente, me siento como una niña. A Evelyn debió de resultarle ridícula mi insistencia en unirme al grupo. Con razón tuve que prometerle que repararía la relación con su hijo para que aceptara.
—Vaya, interesante —comenta Pícara, como si le hiciera gracia.
—No puedes ir en serio, Evelyn. Tiene dieciséis años —dice el Remendador, que se aparta del vagón.
Me duele un poco que me descarte así, ya que creía haberle demostrado que era más que una simple cría adolescente. Me mira a los ojos.
—Eres demasiado joven para arriesgarte tanto —me explica—. Eso es todo.
—Soy consciente de su edad —replica Evelyn—. También soy consciente de que lo que está por venir afectará a todos los habitantes de esta ciudad, sean mayores de edad o no. Ya no podemos permitirnos el lujo de ponernos exigentes. —Se concentra en mí—. ¿Dónde está?
—Me dijo que se reuniría aquí conmigo. No suele llegar tarde.
Por decirlo suavemente. Tobias siempre llega antes de tiempo. Si no está aquí, significa que algo ha salido muy mal. Puede que se trate de un problema con los iniciados.
Jove consulta de nuevo la hora.
—3.05.
—Lo sé, lo sé. No hay tiempo. —Evelyn suspira y mira por encima de mí, hacia el final del callejón, como si esperase que Tobias apareciera doblando la esquina—. Puede que sea mejor así. Más seguro para él. Vámonos.
—Pero… —se me escapa. Me trago la objeción—. ¿Adónde vamos? ¿No me dijiste…?
Me hizo creer que esta reunión solo sería para presentarme al grupo, pero, a juzgar por la forma en que Jove mira su reloj, Gretchen tamborilea con los dedos en el muslo y el Remendador se mira por tercera vez los botones de los guantes, están a punto de ir a alguna parte.
A alguna parte que los pone nerviosos.
—Ahora ha llegado el momento de decidir —me dice Evelyn—. No te lo preguntaré de nuevo. ¿Estás con nosotros?
Aunque no quiero marcharme de aquí sin Tobias, si es ahora o nunca, sé la decisión que debo tomar. Por mis respuestas, por esta ciudad, por todo lo que he trabajado.
—Sí —contesto.