La sexta facción Capítulo 49
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Capítulo 49

CUATRO

T RIS Y YO NOS REUNIMOS EN EL TREN el jueves a primera hora de la mañana. Cuarto vagón empezando por atrás, el mismo al que subimos la primera vez que nuestros caminos se encontraron.

En esa ocasión, todavía no se había acostumbrado a cabalgar los trenes. Se me cayó encima y me miró como si me diseccionara antes de volver a unir mis piezas.

Hoy, cuando sube, lo hace con la misma facilidad que cualquier osado con experiencia: la aceleración en el andén, la sincronización perfecta del salto, la mano firme en el tirador y los pies estables.

Hoy, una vez dentro, está algo alterada, como si temiera lo que viene a continuación.

—Evelyn ha dicho que sí —anuncia—. Se supone que debemos reunirnos con ella y, supongo, con el resto de los radicales, en la playa de maniobras detrás del Museo a las tres de la mañana. Me dijo que nos presentaría a todo el mundo.

Parece tan asustada como yo. Tiene los ojos muy abiertos y, por una vez, aparenta la poca edad que tiene. La poca edad que ambos tenemos, porque hace nada que dejé de crecer y acabo de empezar a llenar las mangas de las camisetas; apenas soy nada, apenas soy nadie.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunto.

—Dejaré un mensaje para mi madre, para que avise a Marcus. Y tú… prepárate para abandonar Osadía, supongo.

Me da un vuelco el estómago, a pesar de que tomé la decisión hace horas; a pesar de que la he vuelto a tomar desde entonces unas cien veces.

—Otra opción es huir los dos —sugiere Tris—. La ciudad es grande y hay muchos lugares vacíos. Podríamos escondernos en uno de ellos y… —deja la frase inacabada flotando en el aire, y sé bien por qué.

Porque, ¿entonces, qué? ¿Qué viene a continuación? La ciudad está rodeada de muros. Esos muros están salpicados de repetidores de señal que transmiten simulaciones del miedo. Y eso sin contar con los osados armados que los protegen. Estamos atrapados aquí dentro.

—No podemos —concluyo.

—Lo sé. —Me apoya las manos en los hombros y se pone de puntillas para besarme en la cara—. El tema es que yo lo haría —dice contra mi mandíbula.

Le acaricio el pelo.

—Yo también.

Volvemos la cabeza a la vez y nuestros labios se encuentran en el espacio que nos separa. Sin embargo, la parada de Osadía se acerca y debo bajarme del tren. Tengo que hacer la maleta y despedirme por última vez antes de internarme en el camino que he decidido seguir.

Así que me aparto y me dirijo a la puerta.

—Otra cosa —me detiene Tris—. Evelyn me dijo que, si necesitaba convencerte, debería contarte que su «sueño» está a punto de hacerse realidad. Sonaba como si se refiriera a algo concreto.

Frunzo el ceño.

—¿No añadió nada más? —Tris niega con la cabeza—. Intentaré recordarlo.

Si responde, lo hace un segundo tarde. Salto del tren y corro por el andén hacia los escalones.

+ + +

En realidad, no tengo mucha maleta que preparar.

La ropa. Algunos chismes. Aparte de la colcha de mi madre, que dejo en la cama porque todavía me queda una noche aquí, todo cabe en una mochila, con mis botas de repuesto colgando de las correas por los cordones.

Dejo la mochila a los pies de la cama para recogerla a la salida.

Sin embargo, antes de eso y antes de dormir, me queda algo por hacer.

Esa misma noche, rodeo el edificio de Zeke para entrar por detrás porque no quiero encontrarme con Hana y acabar invitado a la cena.

Nunca entendí del todo por qué mi amigo no se mudó al terminar la iniciación, como el resto de nuestro grupo.

Cuando se lo pregunté, solo me dijo que se mudaría cuando Uriah creciera.

Puede que Uriah sea su hermano pequeño, pero Zeke es más que un hermano para él.

Subo hasta el rellano de la tercera planta y me dirijo a la ventana que tengo más cerca. Llamo tres veces y espero. Puede que esté o puede que no. Es cuestión de ver qué pasa.

Abre la ventana una rendija y me clava sus ojos oscuros.

—Espera, te dejaré entrar.

Unos segundos después, se abre la puerta de atrás: es Zeke, con unos pantalones de chándal raídos y una camiseta con un agujero enorme en la costura del hombro. Me hace un gesto para que entre y yo recorro el lavadero, con sus pilas de ropa negra y los zapatos viejos sucios junto a la puerta.

Al doblar la esquina está el dormitorio de Zeke, que es la viva imagen del desorden, con todas las superficies cubiertas de cosas: ropa tirada sobre las sillas, pósteres y pancartas en las paredes, libros y papeles en el escritorio, fotos enmarcadas en las estanterías.

Cada era de su vida está representada: cuando le interesaban los ordenadores, cuando probó con el tallado de madera y cuando intentó competir en boxeo, el deporte favorito de todos los osados.

Hay tanto que mirar que tardo un segundo en ver a Shauna sentándose en la cama. Tiene el pelo alborotado y viste una de sus camisetas. Empiezo a sudar por la nuca.

—No pretendía interrumpir —me disculpo.

—Relájate, nos estábamos preparando para dormir. Mañana hay que levantarse temprano —dice ella, bostezando—. Es como si fuera la primera vez que ves a una chica en pijama.

—Eso es porque lo es —responde Zeke, que se sienta en el borde de la cama, a su lado.

Recojo de la silla un jersey hecho una bola, lo doblo y lo dejo en el escritorio. Lo hago más que nada por arrancarle una risa, cosa que logro.

Deben de saber que he venido por algún motivo, pero no preguntan; simplemente esperan a que ordene mis pensamientos, a que intente averiguar cómo mantener una conversación que llevo dos años evitando.

—Nunca me habéis preguntado mi nombre real —les digo.

La sonrisa de Zeke se ablanda un poco.

—Eso es porque ya lo sabemos —replica Shauna.

Me miro las manos.

—No me habíais dicho nada.

—No hacía falta —interviene Zeke, y se encoge de hombros—. Si no quieres ser el hijo de Marcus Eaton, Cuatro, será por un buen motivo. Y creo que tienes derecho a ser quien tú quieras.

Se me forma un nudo en la garganta al oírlo.

—¿Qué está pasando? —pregunta Shauna.

—Ha llegado el momento de marcharme. Para… para siempre.

—¿Es por Eric?

—Sí. Y no. Mi madre sigue viva. Me lo dijo después de que eligiera Osadía. Está viva y es importante para los sin facción, y me invitó a unirme a ella si alguna vez sentía que no era fe­liz en Osadía. Y Eric está a punto de hacer que no sea nada feliz aquí.

Rara vez he visto a Zeke sin una sonrisa en la cara, lo que quizá nos convierta en una pareja de amigos en apariencia incompatibles. O quizá tenga todo el sentido del mundo buscar a personas que saben hacer lo que tú no, como. permitir que la bondad del mundo las impulse.

Sin embargo, ahora parece preocupado.

—Así fue como conociste a esa chica, a través de los sin facción. A través de tu madre.

Asiento.

—Y has sido capaz de verla a pesar de que tú estás en una facción y ella no —interviene Shauna, arqueando una ceja—. Lo que significa que nosotros también podremos verte.

—Si queréis. Si no os supone un problema que sea un sin facción.

Ella resopla.

—¿Creías que nos lo supondría?

No sé bien cómo responder. Porque sí, creía que quizá lo supusiera. Nos pasamos la vida entera escuchando que los sin facción son fracasados morales, una carga para el sistema. Nos pasamos la vida entera intentando no convertirnos en ellos.

Y, sobre todo, imagino que me cuesta creer que haya personas que deseen permanecer a mi lado, incluso cuando resulta difícil.

Zeke está algo triste.

—Haz lo que debas, Cuatro. No nos vas a perder.

—Lo sé. —Intento sonreír. No me funciona del todo—. Bueno, ahora lo sé.

—Cuando tengas una casa, invítanos —dice Shauna—. Te llevaremos especias.

—Tienes que empezar despacio si no quieres que estalle mi cabeza de estirado.

Shauna se ríe. Zeke se levanta y me hace un gesto para que lo imite.

Después me abraza y me clava la barbilla en la clavícula.

Shauna nos rodea a los dos con los brazos.

Les devuelvo el abrazo con cierta torpeza y me pregunto si alguna vez me resultarán fáciles este tipo de gestos. Bueno, por lo menos lo estoy haciendo.

—Vas a aprender a confiar en los demás, ¿vale? —me suelta Zeke sin soltarme—. No en todo el mundo. Solo, no sé, en un par de personas, como mínimo.

—Ya lo hago —respondo, pero me corrijo—. Ya estoy empezando a hacerlo.

+ + +

Estoy saliendo de la sede de Osadía cuando lo veo: Eric, con las manos en los bolsillos, caminando en sentido contrario. Seguramente acaba de bajarse del tren porque tiene el pelo alborotado. Se detiene a pocos metros de mí, sonriente.

—Gracias por el espectáculo de antes, Tobias —me dice—. Ahora comprendo por qué te gusta trabajar en la sala de simulaciones. Es algo fascinante.

Siento siempre dentro de mí el potencial para la violencia. Es como una bestia que vive justo debajo de la piel, dispuesta para atacar en cualquier momento. Creo que es lo que vio Natalie cuando dijo que era como un gato con el lomo erizado: esa ira fermentada a fuego lento, explosiva, repentina.

Estoy acostumbrado a reprimirla; no me gusta lo que me hace sentir y no me gusta lo que me obliga a hacer. Sin embargo, llevo conteniéndome desde que Jeanine Matthews entró ayer en la sala de simulaciones y no lo soporto más.

Estallo. La sangre me ruge en los oídos y me abalanzo sobre él. Lo agarro por las solapas y me giro, entre lanzándolo y empujándolo contra el muro del edificio con tanta fuerza que me castañetean los dientes.

Se golpea la cabeza contra los ladrillos y, por un momento, el dolor se le refleja en el rostro.

Después esboza una sonrisa despectiva que le tira de la peor manera posible de los piercings del labio.

—¿No me vas a decir que te mire a los ojos cuando te hablo? —me pregunta.

Es lo que me repetía mi padre, que le debía respeto y el respeto se demostraba mirándolo a los ojos, como mínimo. Si no lo hacía, sufría las consecuencias, igual que cuando se me olvidaba llamarlo «señor» o cuando perdía los nervios y le respondía de mala manera. Siempre había consecuencias.

Sé lo que hace Eric, sé que me provoca adrede con ese recuerdo porque está seguro de que me dolerá más que un puñetazo.

Sé lo que hace, lo que no significa que no funcione. Me quedo helado de la cabeza a los pies, lo suelto y doy un paso atrás.

—Te arrepentirás de esto —me dice—. Y será pronto. Me aseguraré de ello.

—Te garantizo que no —replico, y sigo caminando por la calle hacia mi apartamento.

+ + +

Temo que me impidan dormir los nervios por reunirme con Tris y los sin facción tan temprano, además del odio que siento por Eric, Marcus y toda esta pesadilla de mierda que me retumba en la cabeza.

Sin embargo, después de programar la alarma para las dos y de taparme los hombros con la colcha, me quedo frito.

Cuando despierto, el apartamento sigue a oscuras, con el suelo bañado de un azul muy oscuro, pero noto una urgencia en el pecho que me impele a levantarme.

Me siento en el borde de la cama para calzarme las botas.

Es como si hubiera algo distinto en mi habitación, aunque no logro averiguar el qué y, de todos modos, da lo mismo. Tengo que moverme.

Salgo del apartamento en cuestión de minutos, con las botas bien atadas y una sensación de urgencia tan intensa que me pide correr. La sede de Osadía queda a mi derecha, pero ni siquiera se me ocurre pasar por allí, sino que giro a la izquierda y corro hacia el andén.

Subo los escalones y esa sensación de urgencia cobra un sentido real: voy a reunirme aquí con los iniciados. Estoy seguro de que algunos llegarán tarde y tendré que inventarme un castigo creativo. Puede que esprintar unas cuantas vueltas. Cuando llego a lo alto de los escalones, miro la hora.

«¿Por qué te reúnes tan temprano con los chicos?», me pregunta una voz dentro de la cabeza. No le hago caso.

Veo siluetas oscuras que bajan por la calle hacia el andén, así que me pongo a dar toquecitos con el pie en el suelo mientras las espero. La primera que aparece es Lynn, que aparta a Peter de un codazo. Marlene llega después y, a continuación, Edward, Molly y Drew. Los demás les siguen de cerca.

Eric es el último en subir los escalones, cargado con una mochila pesada, y odio que tenga que estar aquí, aunque es lo más lógico. Al fin y al cabo, debe observar.

Sé que faltan algunas caras, pero no le doy demasiadas vueltas; si no han llegado todavía, ya se reunirán con nosotros en nuestro destino.

«¿Cuál es nuestro destino?», me interroga la misma vocecita, pero el resto de mi cerebro descarta de nuevo la pregunta, junto con la inquietante sensación de que se me ha olvidado algo importante.

He repasado tantas veces el plan que ni siquiera necesito hablar con los iniciados.

El tren se acerca a la estación más despacio de lo normal; oigo el chirrido de los frenos cuando para por completo.

Lo que es extraño. No obstante, también lo esperaba.

Nos alineamos en el andén, yo al frente y los otros detrás de mí. Y subo al vagón.