Capítulo 48
CALEB
E L MIÉRCOLES NO HA TARDADO en convertirse en el día favorito de la semana para Caleb.
Es el día que va al despacho de Jeanine Matthews para ayudarla con lo que a ella le gusta llamar «trabajo tedioso».
A él rara vez se lo parece. Disfruta de la oportunidad de observarla, de experimentar una pizca de su vida.
Ha llegado a la conclusión de que Jeanine Matthews es la persona más inteligente que ha conocido.
Su memoria es perfecta, su mente es flexible y su capacidad para retener información parece infinita.
A veces, cuando la ayuda, le cuesta seguirle el ritmo de un tema a otro.
Habla con una persona sobre un aspecto mundano de la vida erudita; después, con otra sobre un experimento específico con la carne de laboratorio; a continuación, dedica diez minutos a actualizar sus observaciones sobre un conjunto de resonancias cerebrales y acaba reuniéndose con Cara para hablar de un nuevo repetidor de señal portátil, una tecnología emocionante que permitiría usar cualquier ordenador de las facciones desde cualquier punto de la ciudad. Y todo en el plazo de una hora.
Se ha acostumbrado a usar un código de colores para tomar notas. Azul para asuntos de Erudición; rojo, para asuntos de la ciudad; verde, para experimentos con valor a corto plazo; morado, para experimentos con valor a largo plazo… Y no deja de encontrar etiquetas nuevas.
Aun así, la mejor parte del día es cuando Jeanine termina la jornada.
Entonces entra en su biblioteca personal, que está justo al lado de su laboratorio, prepara una tetera con las flores y hierbas que cultiva en las ventanas y seca al sol, y lo invita a sentarse con ella.
Repasan todo lo que ha observado Caleb a lo largo del día y ella le da permiso para plantear tantas preguntas como desee.
A veces, Jeanine le ofrece consejo; otras, solo comentarios.
Le recomienda material de lectura para que se ponga al día con sus compañeros de promoción.
Ha sido amable con él, más de lo que jamás habría soñado.
Y por eso debe hacer lo que está haciendo.
Después de guardar todos los archivos y cuadernos de Jeanine al final de la jornada, la sigue al interior de la biblioteca, donde ya está ocupada con el hervidor de agua que mantiene enchufado a la pared. Caleb se aclara la garganta.
—Jeanine… —Está tan nervioso que apenas logra respirar. Se obliga a seguir hablando—. Tengo que confesarte algo.
Ella vuelve la vista para mirarlo. La tetera está sobre la mesa, con un filtro lleno de hojas secas dentro. Hace un buen rato que se ha puesto el sol, pero la vasija refleja las luces del techo como si fuera una gema.
Como es habitual en ella, no parece alarmada. Simplemente se gira para mirarlo de frente y espera.
—Te he estado ocultando algo —sigue Caleb—. Mi madre me pidió que hiciera una cosa…, ¡pero no la he hecho! —se apresura a añadir—. Y debería haberte contado lo que me pedía.
—Te agradezco que no siguieras sus instrucciones —responde con calma—. Pero ¿qué te pidió tu madre, Caleb?
—Me pidió que comparase los resultados de las pruebas de aptitud de los últimos años con el número de trasladados eruditos. No sé por qué. Me envió el mensaje a través de mi hermana.
Jeanine deja escapar un suspiro quedo y señala la silla que suele reservarle a él, junto a la ventana.
—Siéntate, Caleb. Vamos a mantener una conversación complicada, aunque quizá no por las razones que crees.
Caleb tiembla un poco, solo por los bordes, como una hoja al viento.
Se sienta en el filo de la silla que ha llegado a considerar suya y observa a Jeanine mientras vierte el agua caliente en la tetera, recoge las tazas y lleva el conjunto completo a la mesita entre las dos sillas.
Después se sienta y contempla la ciudad que se despliega bajo ellos.
Caleb sigue su mirada hasta el idílico sector de Erudición, que ahora está a oscuras, aunque durante el día rebosa de niños jugando con prismáticos, adultos de pícnic y enfrascados en partidas de ajedrez, y adolescentes leyendo a la sombra.
Y, más allá, el resto de la ciudad: turbulenta, rota y ahora tan ajena a él como antes lo era todo lo que quedaba fuera del sector de Abnegación.
—No estoy enfadada contigo. Es difícil sacudirse de encima la lealtad a la familia. Por mucho que insistamos en «la facción antes que la sangre», se trata de un mantra, no de la realidad.
Quizá por primera vez, se pregunta de dónde viene Jeanine. Parece nativa de Erudición, así que supone que sus padres siguen con vida y aquí, a pesar de no haber oído nunca nada sobre ellos. No debe de tener hermanos, tampoco. Para él es una persona independiente, singular, única.
—Por eso he retrasado la conversación sobre tu madre. No quería complicarte las cosas antes de que estuvieras preparado. —Lo mira, ahora más seria—. Tu madre no es quien afirma ser, Caleb.
Él asiente. Eso ya lo sabe, como le comentó a Beatrice el día que vino a verlo a la sede de Erudición.
Ha estado pensando en lo a menudo que su madre se salía con la suya sin parecerlo, y también en pequeños detalles, como cuando cambiaba de postura o de andares, o usaba palabras que no debía.
Como una serpiente que todavía está mudando la piel, mostraba dos versiones de sí misma a la vez.
—Para el resto del mundo, Natalie Prior se presenta como la perfecta esposa y madre abnegada —dice Jeanine—.
Sin embargo, aprovecha su posición como esposa de un miembro del consejo para influir en otras personas.
Creo, por ejemplo, que es la que animó a tu hermana a desertar de Abnegación y convertirse en abandonada, no porque fuera lo mejor para Beatrice, sino porque Natalie quería mantenerlos vigilados.
Caleb recuerda haberle preguntado a su hermana por qué dejó Abnegación.
«Me equivoqué de elección y no podía vivir con ello».
Esa fue su única respuesta, a pesar de lo mucho que insistió él en que debía de haber sucedido algo que la empujara a una solución tan drástica.
¿Tan difícil es de creer que su madre la hubiera alentado a hacerlo?
—También es cómplice del encubrimiento de los informes más inquietantes que nos llegan de Abnegación —continúa Jeanine, todavía con voz grave—. Sobre la Cámara de la Memoria. ¿Los has visto?
Caleb frunce el ceño.
—¿Los que hablan de los centinelas osados del muro que vuelven de la cámara con lagunas en sus recuerdos?
—Exacto. Tu antigua facción siempre ha sido muy reservada respecto a lo que sucede en la Cámara de la Memoria.
Afirman que su única función es la de almacenar los recuerdos importantes de la historia de la ciudad para conservar un registro de lo que sucede en las facciones.
Y confiamos en ellos, ¿verdad? Personas de todas las facciones, en apariencia seleccionadas al azar, se presentan cada mes en la cámara para compartir sus recuerdos.
—Ladea la cabeza—. Pero ninguno de los ordenadores de las facciones se fabrica para dedicarse a una única función.
Así que, si su cámara tiene la capacidad suficiente para almacenar recuerdos, seguro que sirve para otras cosas, Caleb.
Hasta que empezamos a recibir informes sobre pérdidas de memoria, no sabíamos bien de qué funciones se trataba.
Sin embargo, ahora me parece bastante evidente para qué está diseñada esa cámara.
—Para borrar recuerdos, quieres decir —aventura él con un nudo en la garganta.
Jeanine asiente.
—Imagínate que has sufrido muchas adversidades en tu vida.
Una pérdida, un trauma o un reto imposible.
Imagina lo que sucedería si te lo borrara de la memoria.
Todavía lo sentirías, pero no tendrías ni idea de a qué se debe ese sentimiento.
No contarías con ninguna explicación para él.
Imagínate lo que significaría eso para ti.
Caleb se imagina lo que es sentir sin explicación alguna, una mente que se esfuerza por encontrarle sentido a algo que no lo tiene. Como un circuito roto por el que circula la electricidad sin un rumbo fijo, una energía sin foco.
—O… —añade Jeanine, que se inclina hacia delante y lo mira fijamente a los ojos—.
Imagina que llevo esa tecnología un paso más allá.
Imagina que decido extraerte una parte esencial de tu ser.
Tus recuerdos de tener una hermana, por ejemplo.
Tu recuerdo de elegir Erudición. Tu infancia entera.
Podría convertirte en hijo único, en un buen soldadito de Abnegación o en una pizarra en blanco, si es lo que mejor sirve a mis intereses.
Eso es lo que puede lograrse con la tecnología de la Cámara de la Memoria.
El miedo le vibra en el pecho como un motor.
Caleb nunca ha pensado así en las personas, como si fueran programas susceptibles de reescribirse si no te gusta cómo funcionan.
Por otro lado, no le resulta absurdo considerar el cerebro como un sistema de circuitos complejos cuyas neuronas se activan mediante la electricidad mientras los datos entran y salen a toda prisa con cada aliento, con cada latido del corazón.
Así que, ¿de verdad es tan difícil considerar a una persona como un ordenador?
¿Como algo que se puede programar, alterar o incluso destruir con las herramientas adecuadas?
Toma aire, trémulo.
—Abnegación es más poderosa de lo que jamás hubiéramos imaginado —dice Jeanine—. La capacidad de controlar la información que llega o no a los demás implica la capacidad de controlar la mente. Las identidades. De controlarlo… todo.
El té sigue en la tetera, abandonado.
Jeanine clava sus ojos grises en él.
—Ningún grupo de personas debería ejercer tanto control —añade—. ¿No te parece?