Capítulo 47
TRIS
E SA MISMA NOCHE vuelvo al Museo para buscar a Evelyn.
Nadie me presta atención cuando recorro la sala principal, todavía iluminada por las lámparas solares.
Saludo con la mano a Jove, que está enfrascada en un juego de mesa con otros del grupo, y ella me devuelve el saludo.
Doblo la esquina, subo las escaleras y bajo por el pasillo hasta el taller que el Remendador ha montado al fondo.
Es igual que el antiguo, con la hilera de zapatos al pie de las paredes, los estantes de tela apretujados por encima y la mesa de trabajo en el centro.
En la esquina, el fuerte de mantas de Mae está a oscuras y apenas veo su silueta dormida en el interior.
El Remendador pasa un vestido por la máquina de coser, usando una lámpara para iluminarse las manos.
Frente a él, apoyada sobre los codos, veo a Evelyn.
Al percatarse de que lo miro, levanta la cabeza y esboza una amplia sonrisa. Termina su hilera de puntadas y se aparta de la máquina para abrazarme. Estoy bastante segura de que, después de lo que hice por Mae, tengo un amigo para toda la vida.
—Bueno, si es mi Zorro favorito —dice—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Repartir cosillas afanadas?
—Por desgracia, todavía no he alcanzado ese nivel. Aunque empiezo a pillarle el truco a robar carteras.
—Y más todavía a disparar, por lo que oigo —comenta Evelyn, arqueando una ceja.
—En algún momento tenía que encontrar algo que se me diera bien —bromeo—. ¿Cómo está Mae?
—Recuperada del todo y aprendiendo a restar fracciones —responde el Remendador, dejando escapar un largo suspiro.
Esbozo una mueca. Creo que no recuerdo cómo se hace eso.
—En realidad, he venido a hablar con Evelyn. Si a ella le parece bien.
El Remendador resopla.
—Ya veo.
—Bueno, también me alegro mucho de verte a ti, claro —replico, ruborizándome.
—De todos modos, ya estábamos terminando —afirma, y me guiña un ojo—. Tengo que terminar esto y Evelyn me distrae.
Ella se aparta de la mesa de trabajo. Hoy se ha peinado en una trenza el cabello rizado y lleva un mono vaquero que le queda un poquito grande, aunque lo cierto es que parece adrede y resulta estiloso. Le da un beso en la mejilla al Remendador y me hace un gesto para que la siga.
Regresamos por el pasillo hasta la galería que da a la planta de abajo. Apoya un codo en la barandilla y me mira.
—He oído rumores sobre ti —dice mientras levanta las manos y va doblando los dedos uno a uno para enumerarlos—.
Que te desnudaste delante de los Zorros.
Que casi te detienen en la sede de Erudición.
Que te has colado más de una vez en Osadía.
—Levanta una ceja—. Que estás tramando algo que los Zorros desconocen, y eso los pone nerviosos.
Supongo que no he sido tan discreta como pensaba. Aunque, por lo menos, el último rumor me conviene bastante.
Me meto la mano en el bolsillo y saco la bala. Le doy unas cuantas vueltas antes de ofrecérsela.
—El otro día ayudé a Pícara con una caja y esto se cayó.
Evelyn me la quita; su rostro es inescrutable.
—¿Y qué crees que es?
—Sé lo que es.
—Ya veo —responde, y me la devuelve—. Y está claro que tienes una teoría al respecto.
Tobias y yo hablamos largo y tendido sobre esto: sobre cómo funciona su madre; sobre lo que la inquietaría y lo que no; sobre lo que respeta y lo que no. Ahora debo mantener la calma y decir lo que he ensayado.
Pienso en la práctica de tiro, en controlar la respiración si quiero acertar en el centro de la diana.
—Hice lo que me pediste. Me mantuve en contacto con Tobias y me aseguré de que supiera que podía confiar en mí si necesitaba hablar con alguien. Y él me contó algunas cosas sobre su padre.
—Sobre por qué me fui —replica, seca.
—No. Sobre lo que pasó después.
A pesar de contar con el permiso explícito de Tobias para hablarle de esto, no me libro de los nervios y siento un nudo en la garganta.
Ella vacila antes de preguntar:
—¿Lo que… lo que pasó después?
—Venga, Evelyn, ya lo sabes —respondo con delicadeza.
Es muy extraño ver en primera persona las lecciones que aprendió Evelyn para sobrevivir. Entre ellas: cómo reaccionar o, mejor dicho, cómo no reaccionar. Cómo ocultar el dolor allá donde quepa. Cómo guardarlo para más tarde, cuando te quedas a solas.
—No lo sabía —asegura, a la defensiva, como si la hubiera acusado de algo—. No lo sabía. Pero hace poco empecé a sospechar que… quizá.
Hago rodar la bala por las palmas de las manos para calentarla.
—Marcus Eaton no se merece el poder que ostenta —le digo, y dejo que una amargura completamente sincera rezume de cada una de mis palabras.
Espero unos segundos antes de mirarla. Me guardo la bala en el bolsillo.
—Alguien tiene que arrebatárselo —añado—. No sé qué más estarás planeando, pero sí que librarte de Marcus forma parte de ello. Y yo puedo ayudarte.
—Eres una niña.
—No te pido que me nombres teniente de tu ejército sin facción o algo así, pero antes era abnegada y Marcus confía en mis padres. Acercarte a él me resultaría mucho más sencillo que a los demás.
Evelyn se ríe un poco.
—Acercarme a él no es el problema. Lo difícil es asegurarme de que su muerte sea el principio del fin.
Y hay docenas de abandonados jóvenes y ansiosos preparados para ayudarme.
Los conozco desde hace mucho más tiempo que a ti.
Si quieres formar parte de lo que estamos haciendo, tendrás que dedicarle el tiempo necesario, como todos.
—Vale —le digo, porque también estaba preparada para esto—, pero… ¿Y si yo puedo darte lo que nadie más puede?
—Ah, ¿sí? —pregunta como si le hiciera gracia, aunque su expresión la traiciona: de nuevo tiene el mismo aspecto que aquel coyote salvaje del sector de Abnegación, con esa hambre que no acabo de comprender.
—Tobias —contesto.
Se me queda mirando e intento no dar un respingo. Desde algún punto de la planta de abajo nos llegan los susurros de los abandonados con su juego de mesa, el zumbido de la máquina de coser del Remendador y los pasos de las personas que entran y salen.
Evelyn tamborilea en la barandilla con las uñas.
—¿Qué me estás diciendo, exactamente? —pregunta, brusca.
—Te estoy diciendo que, si le pido que abandone Osadía por mí, lo hará.
—Y estás segura de eso —replica, entornando los ojos.
—Sí, del todo. Y lo haré, si me dejas ayudarte con tus planes. Así que ahora está en tus manos: ¿lo quieres de vuelta en tu vida o no?
Otro largo silencio. La culpa me palpita dentro como un segundo corazón. Aunque ella lo abandonara, aunque le mintiera, odio hacerle esto, odio usar como un arma contra ella el amor que siente por su hijo. Pero es lo que debo hacer. Esta es la persona que debo ser.
—Creía que los estirados no podían ser tan manipuladores.
—Bueno, es que yo no soy una estirada de mierda.
Me sorprende lo natural que me sale la grosería.
Aunque, por otro lado, he aprendido bien a representar distintos papeles: a una veraz muy recta que no se muerde la lengua si alguien la toma por tonta; a una erudita segura de sí misma con una pizca de complejo de superioridad; a una osada bravucona sin nada que perder.
Son disfraces que he aprendido a ponerme y quitarme, y este no es más que el último: una astuta regateadora sin facción a la que solo le importa el resultado.
—¿Por qué? —me pregunta Evelyn—. Y no me digas que es solo porque quieres librarte de Marcus.
En una ocasión, Botas me dijo que eligiera una mentira mejor. Ahora pienso más deprisa que el día que Gretchen me sacó del armario cuando intentaba espiar a los Zorros, lo que no significa que se me dé demasiado bien. Así que me decido por una verdad a medias.
—Mi madre te dijo que dejé Abnegación porque no encajaba allí.
Lo cierto es que me fui porque mi padre intentó, sin éxito, borrarme la memoria.
—Decido no mencionar que ella era lo que intentaba borrar—.
Así que, visto que Marcus no se merece el poder que ostenta, en realidad me refería a la facción entera. Y creo que estás de acuerdo conmigo.
Revelarle que la extirpación de recuerdos no funcionó y, por lo tanto, soy divergente, es un riesgo, pero quizá mostrándome un poco más vulnerable la convenza de serlo ella a su vez.
Evelyn me mira durante unos segundos que se me hacen eternos. Después responde con frialdad:
—Nos hacemos llamar Cicuta.
Cicuta. Es el nombre que le dio Pícara a las flores blancas que crecen cerca del Museo, las que me advirtió que no tocara. «Muy venenosa».
Evelyn se aparta de la barandilla.
—Nos vemos el viernes en la playa de maniobras. Temprano, a las tres de la mañana. Te presentaré a los demás. Y, por si necesitas algo más para convencerlo, dile a Tobias que mi sueño está a punto de hacerse realidad.
Se aleja de vuelta al taller del Remendador, con su cálido brillo y su runrún continuo. Ojalá pudiera seguirla.
Sin embargo, cruzo de nuevo el Museo con un aleteo en el pecho del que no me logro librar. No sé qué sucederá a continuación, pero lo he conseguido.