Capítulo 46 #2
—Todo se basa en la transferencia de peso —me explica mientras se coloca detrás de mí y me apoya las manos en las caderas—. Prueba de nuevo.
Lanzo otro directo y, esta vez, me empuja la cadera derecha hacia delante al moverme, obligándome a cambiar el peso. El pie de atrás se gira automáticamente, y el ruido que hace el guante al estrellarse contra el saco es como una bofetada.
—¿Lo sientes? —me pregunta, respirando contra mi pelo.
Lo siento. Y también siento el calor de su cuerpo detrás de mí. Siento la punta de sus dedos contra el hueso de la cadera. Me estremezco un poco y vuelvo la vista para mirarlo.
Él me devuelve la mirada y la penumbra de la habitación le oscurece aún más los ojos. Ya no parece estar medio ido, sino presente, aquí, conmigo.
—Quítate los guantes.
Tiro de ellos y los dejo caer al suelo. Después me vuelvo hacia Tobias, que todavía me sujeta las caderas. Levanto las manos hacia sus hombros y, con una de ellas, le rodeo la nuca, donde las llamas osadas le bailan sobre la piel, mientras que con la otra le busco el borde de la clavícula.
Acerca sus labios a los míos. Después, resopla de risa contra mi mandíbula.
—¿Llevas puesta mi camiseta?
—No iba vestida de osada, así que he tenido que improvisar.
—Ya veo. —Tira un poco de ella, de modo que el cuello extragrande me deja el hombro a la vista. Me besa la piel expuesta, justo donde el cuello se encuentra con el hombro, y más abajo, por encima de la clavícula—. Te queda un poquito grande.
—Bueno, soy un poquito más baja que tú. No sé si te habrás fijado.
—¿Por eso me duele tanto el cuello últimamente? —pregunta, sonriendo. Después mira por encima de mi hombro y añade—: Podríamos equilibrar el asunto, si quieres.
Creo saber adónde quiere ir a parar, pero el corazón se me acelera de todos modos. Me rodea la cintura con un brazo, me levanta con tanta rapidez y facilidad que se me escapa un gritito, y después me deposita sobre una pila de colchonetas. Ahora estamos a la misma altura, cara a cara.
Lo beso de nuevo y todas las dudas se disipan.
Entreabro los labios y suspiro dentro de su boca. Todo el decoro que antes lo frenaba parece partirse como una cinta elástica llevada al límite. No deja de besarme, y la mano que estaba sobre mi rodilla empieza a subirme por el muslo. Se me acerca más y lo envuelvo con una pierna.
Intento controlarme, mantener las manos donde están para ir más despacio.
Pero toda mi vida ha girado en torno al control: controlar lo que digo, mi aspecto, cuánta piel enseño, cuánto pelo se escapa del moño.
Lo que miro, lo que pregunto, lo que sé.
Abnegación me encerró dentro de mí. «Creo que te esfuerzas por volverte lo bastante pequeña como para encajar en la cajita de esta facción», me dijo mi madre, y tenía razón. Desaparecer para vivir no es vida.
Así que no me esfuerzo más por volverme pequeña. Apoyo las palmas de las manos en su pecho, lo toco y siento. Lo siento estremecerse cuando las deslizo hasta sus hombros y las bajo por los brazos. Noto las curvas de sus músculos, todos en posición de firmes.
Aparta los labios de los míos con un jadeo entrecortado y, por un momento, temo haberle hecho daño o que quiera parar.
Pero se limita a besarme el cuello, arañándome levemente la piel con los dientes.
Se me eriza el vello de los brazos y un anhelo desesperado me recorre el cuerpo, así que busco como puedo el borde de su camiseta y meto las manos por debajo.
Tobias deja escapar un gemido grave y atormentado que me sacude como si fuera una descarga eléctrica.
«Dios», es lo único que puedo pensar cuando le toco la piel caliente y firme, cuando siento el movimiento de su cuerpo.
Nunca había tocado así a alguien; en realidad, nunca había querido, pero ahora ansío su piel, ansío sentirlo.
Le levanto la camiseta y él se aparta de mí un momento para quitársela.
Vuelve a llevar sus labios a los míos y noto los latidos de su corazón contra la palma de mi mano, como si esto lo afectara tanto como me afecta a mí. Sin embargo, cuando le recorro los hombros desnudos, la urgencia da paso a la curiosidad. Me aparto y lo observo.
Tiene un tatuaje en el costado, sobre la caja torácica. Lo rozo con los dedos: llamas, de nuevo, creo, pero no como las más estilizadas que luce en la espalda. Estas son más realistas, una representación más cuidadosa. Lo miro a la cara.
—Primer tatuaje —me explica.
—¿Tiene un significado especial?
—Me lo hice porque sabía que dolería —responde, y me tapa la mano con la suya para sujetarme los dedos contra sus costillas. Después deja escapar una carcajada triste—. Qué retorcido, ¿verdad? Desear un dolor que seas capaz de controlar, en vez de, ya sabes, no desear ningún dolor.
—No eres retorcido.
Lo beso de nuevo y, esta vez, despacio, con cuidado.
—Y ahora se va a enterar todo el mundo —dice, e inclina la cabeza para apoyarla en mi hombro.
—¿A qué te refieres?
—Jeanine Matthews ha venido hoy a verme. —Me aprieta la mano, todavía contra las llamas del costado—. Su excusa era que tenía que actualizar el ordenador, pero creo que la verdadera razón era ponerme a prueba. Verme pasar por una simulación del miedo.
Me quedo helada.
—¿Cuál?
Levanta la vista, sin expresión en el rostro.
—Ya sabes cuál.
Recuerdo haber levantado el brazo para interceptar el cinturón; el frío aumenta.
Tobias se echa un poco hacia atrás y se pone la camiseta, aunque no se aparta de mí.
—Y ahora —dice, y le cuesta tragar saliva—.
Y ahora que ha confirmado la existencia de un escándalo real en Abnegación, publicará un informe con todos los nombres.
Y Eric, que lleva haciéndome chantaje para mantenerme en mi sitio desde que descubrió quién soy, les contará a los osados que el informe va sobre mí. —Se mira los pies.
Bajo de un salto de la pila de colchonetas para ponerme frente a él. Calzamos las mismas botas, del mismo color, con los mismos ojales, con el mismo remate en las suelas…, aunque de distinto tamaño.
—Puede que no vaya tan mal como crees —le respondo, y me mira frunciendo el ceño, así que añado—: Es que quien debería avergonzarse es él, no tú.
En cuanto lo digo, me doy cuenta de lo ingenua que soy. Sería bonito que no se sometiera a burla a quienes sobreviven a la violencia y a la crueldad, sino a quienes la ejercen. Por desgracia, el mundo no funciona así. Algunas personas siempre verán el sufrimiento ajeno como una oportunidad.
—Decidí que este lugar sería mi refugio —me cuenta, y le arden los ojos—. Y ahora lo he perdido.
No sé qué decir. A diferencia de él, no me ha hecho falta buscar un lugar seguro. En realidad, no entiendo lo que este sitio significa para él; es imposible que lo entienda.
Así que lo abrazo y no digo nada de nada.
+ + +
Abandonamos la sede de Osadía por la puerta de atrás, a través de un túnel ancho que sale del Pozo y se inclina hacia arriba hasta acabar en un agujero abierto en el techo… con una red suspendida bajo él.
—¿Por aquí es por donde entran vuestros iniciados a Osadía la primera vez? —pregunto—. Me lo contó Christina.
Asiente y camina bajo la red. Está colgada por encima de su cabeza y deja el espacio suficiente por debajo para recibir a los iniciados que se lanzan desde arriba. Cuando echa la cabeza hacia atrás, la luz de la luna que se cuela por las cuerdas le proyecta una cuadrícula de sombras en el rostro.
—Yo fui el último en saltar —dice.
Levanto la vista hacia el edificio que se alza sobre nosotros, el que tiene las vías del tren recorriéndole el tejado.
Es una configuración extraña: la altura de las vías, la proximidad de la azotea…
Todo parece diseñado para adaptarse a los gustos de los osados, en vez de obedecer a razones prácticas. Y quizá sea así.
—¿No sabías lo que habría al fondo? —pregunto.
—No —responde, mirándome raro; reflexionando.
—¿Qué decía tu prueba de aptitud? —le pregunto de repente, al darme cuenta de que desconozco la respuesta—. ¿Apuntaba a Osadía?
—No, mi padre me entrenó a conciencia —responde Tobias, que se mete las manos en los bolsillos—. Me dijo que había algo en mí que no funcionaba bien y me obligó a repasar todas las elecciones que debería tomar para obtener el resultado adecuado. Que fue Abnegación, por supuesto.
—Entonces no tienes ni idea de lo que te habría salido.
—¿Qué te salió a ti?
—A Tori le pareció poco clara. Me dijo que quizá Abnegación, quizá Osadía o quizá Erudición.
—¿Y no Verdad?
Pongo cara de fastidio y se ríe un poco, aunque todavía le noto algo raro en los ojos.
—¿Y si me fuera? —pregunta.
Está envuelto en una red de sombras y su cuerpo, vestido de negro, se funde con la oscuridad a su espalda. Lo único que le veo es el rostro alzado para bañarse en la luz de la luna.
—¿Qué pasa? —pregunta al ver que no respondo—. ¿No se suponía que debías reclutarme para unirme a los sin facción?
—Solo lo hice para averiguar qué estaban planeando. Ya lo sabes.