Capítulo 46
TRIS
A LGUNAS NOCHES , la sala principal del Museo es preciosa.
Lo más habitual es que nadie se moleste en bajar las lámparas solares de la azotea del edificio para iluminar la amplia estancia, pero esta noche sí, así que una luz cálida envuelve el espacio.
Como se encuentra entre cuatro paredes y las únicas ventanas son tragaluces, no hay peligro.
Es como una luciérnaga atrapada en el hueco de las manos.
Casi todos los Zorros están de misión, puesto que siempre es más seguro moverse en la oscuridad, pero, en la segunda planta, algunos tocan una música tranquila.
Intento identificar los sonidos como me ha enseñado Rory: una flauta, un violín…
No, un chelo. Al levantar la vista, descubro que el violonchelista es Botas. Me guiña un ojo.
En realidad, mi periodo de iniciación no tiene un final oficial, pero noto que se acaba; cada vez menos personas me llaman Remilgada y la hostilidad cautelosa que percibía en muchas de ellas se suaviza.
Aunque supongo que tardaré un tiempo en hacer amigos entre los Zorros más veteranos, ya tengo amigos propios.
Lamentaría abandonar la paz de este lugar si no fuera a reunirme con Tobias. Pero así es. Así que camino por el vestíbulo a toda prisa y, una vez fuera, corro hacia el andén.
Todavía me sorprende que lo que antes se me antojaba imposible ahora no sea más que rutina.
Correr en paralelo al tren como si se tratara de una bestia mítica que he aprendido a domar, por poner un ejemplo.
Asomar medio cuerpo fuera del vagón en movimiento para sentir el viento en el rostro, por mencionar otro.
Y por indicar un tercero: entrar como si nada en el edificio en el que vive Tobias Eaton.
Después de reunirnos con mi madre, me acompañó al Museo.
Se supone que no debe saber dónde están nuestras otras casas seguras, pero quería que supiera cómo encontrarme, por si acaso.
Y soy incapaz de obligarme a lamentar cómo acabó la noche, cuando tiró de mí antes de que pudiera entrar en el túnel, me apartó el pelo del cuello y me lo besó.
Todavía lo siento; noto fría la piel donde se posaron sus labios.
Acordamos encontrarnos esta noche en su apartamento. Me dejó una llave sobre el marco de la puerta y bromeó con que tendría que saltar para cogerla. Y así es, de hecho: me cuesta tres intentos.
El apartamento es un espacio grande y abierto de paredes de ladrillo y techos altos.
Está ordenado, y su sencillez me resulta casi abnegada, aunque no del todo.
Hay libros en el escritorio y unos guantes de boxeo cuelgan de un gancho junto a la puerta.
Y en los alféizares de las ventanas descubro todo tipo de objetos de pequeño tamaño: fragmentos de cristal de colores limados hasta dejar los bordes romos; botellitas que seguramente antes contendrían perfume; clips retorcidos para darles distintas formas; corchos; partes de ordenador; cables trenzados.
Hay una hilera de negativos de fotografías pegados al cristal al lado de la cama.
Me agacho para ver qué son y descubro caras de personas que no conoce. Personas de otra época.
La puerta se abre detrás de mí y, al volverme, no veo a Tobias Eaton, sino a una chica.
Es alta, tiene el pelo corto y castaño metido detrás de las orejas y va vestida con el típico mono de los técnicos sanitarios de Osadía, con un ribete verde eléctrico.
—Ah, bien, ya has llegado —dice—. ¿Te importaría venir conmigo?
Me quedo mirándola.
—Pues sí que me importaría, la verdad.
—Lo siento, debería haberme explicado mejor. —Cierra la puerta y me ofrece una mano—. Soy Shauna. Amiga de Cuatro. Sé que tenía que reunirse aquí contigo, pero… —Hace una pausa y se muerde el labio—. Creo que necesita tu ayuda.
—¿Qué ha pasado?
—No estoy segura del todo. Solo sé que ha pasado algo.
—Me examina de arriba abajo, deteniéndose en los pantalones negros y la camiseta rojo oscuro—.
Espera… —Se acerca al armario que está contra la pared de atrás y, al abrirlo, veo pilas de ropa bien doblada.
Saca una camiseta negra y me la lanza—. Esto debería ayudarte a pasar inadvertida.
La atrapo al vuelo. La tela está gastada y suave, y el color, algo desteñido. La miro.
—¡Ay! Lo siento. La absoluta falta de pudor de Osadía ataca de nuevo.
Se vuelve para darme algo de intimidad y yo decido que no pretende hacerme daño, así que me quito la camiseta y me pongo la de Tobias. Me queda enorme y las mangas me llegan hasta los codos, pero huele a él.
—¿Te… te ha hablado de mí? —pregunto mientras la sigo hasta la puerta.
—Más o menos. No es que sea muy comunicativo, en general. Pero sé que está viendo a alguien y sabía que pretendía venir aquí después de su última simulación del día, así que…
Si le molesta que yo sea una sin facción, cosa evidente por la mezcla de colores que lucía cuando he llegado aquí, no lo demuestra. Tiene el ceño fruncido de preocupación.
Bajamos juntas por la calle hacia la sede de Osadía y me percato de que se esfuerza por no correr.
También me percato de que no me he presentado después de estrecharle la mano.
—Soy Tris, por cierto.
—Tris. Bueno, seré sincera contigo: cuando dijo que no eras osada, no me imaginaba que serías una sin facción, pero supongo que tiene sentido.
—¿Sí?
Se encoge de hombros.
—Él hace las cosas a su manera. Seguro que tú también.
No logro reprimir la sonrisa. Me conduce hasta la Espira y después bajamos las escaleras del Pozo.
Ya he estado aquí antes, aunque tan concentrada en seguir a Eric que ni siquiera miré a mi alrededor.
El camino que conduce hasta el fondo del Pozo es un mercado, y es la primera vez que visito uno.
Hay un puesto en el que venden barras de pan y otro con joyas para todo tipo de piercings, incluidos algunos cuya existencia desconocía.
También veo una tiendecita de ropa, el estudio de tatuaje y un establecimiento situado en la curva de una de las paredes en el que se vende de todo un poco.
Quiero entrar y pasarme una hora examinando las esponjas con forma de llamitas, las ollas esmaltadas en distintos colores, las plantas de interior colocadas bajo luces brillantes para que crezcan y las mantas con el lema de Osadía bordado en ellas.
«Creemos en los actos cotidianos de valentía, en el coraje que impulsa a una persona a defender a otra».
En el fondo del Pozo, Shauna me lleva por otro pasillo, y este sí que no lo conozco.
Por el olor a sudor en el aire, diría que vamos a un gimnasio o algo parecido.
Deja atrás una sala espaciosa que debe de ser donde entrenan los osados —y, efectivamente, veo a unas cuantas personas peleando en dos de las tres pistas— y entra en una más pequeña.
Parece que esta solo se usa para el entrenamiento con armas, ya que hay una hilera de dianas en la pared de atrás y una línea pintada en el suelo junto a nosotras. Tobias está de pie en esa línea, con las piernas en posición y el arma alzada.
—Cuatro —lo llama Shauna, pero no reacciona.
Lo que sí hace es disparar. Una aguja acierta en el blanco, a milímetros del centro.
Al principio, no entiendo por qué su amiga está tan preocupada, porque no le veo nada raro.
Sin embargo, cuanto más lo observo, más percibo las grietas: le tiemblan las manos; le cae un hilo de sudor por detrás de la oreja; y tiene la mirada fija en un punto y, a la vez, perdida.
Le hago un gesto con la cabeza a Shauna, que sale de la habitación y nos deja solos.
—Tobias —lo llamo, y da un respingo. Después baja la pistola y le pone el seguro, todo en el mismo movimiento; para que lo haga con tanta facilidad debe de ser un hábito muy arraigado.
Me mira con ojos brillantes.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta, brusco.
—Shauna me ha encontrado en tu apartamento. Me ha dicho que quizá necesites ayuda.
—Shauna.
Cuando deja el arma en la mesa, junto a la pared, veo que tiene marcas en los dedos de lo fuerte que la apretaba.
Quiero preguntarle por lo sucedido, pero todo lo que he descubierto sobre su vida me lo ha contado él, a su manera y con tiempo, así que quizá sea mejor dejar que salga solo de esto, sea lo que sea.
—Ya que estamos aquí, podrías enseñarme a pegar un buen puñetazo —le digo—. Christina lo ha intentado, pero seguro que a ti se te da mejor.
Aunque, en un primer momento, me preparo para enfrentarme a la misma cara de escepticismo de Gretchen, él parece pensativo.
—De acuerdo —responde.
Me lleva pasillo abajo, más lejos todavía de la sala principal de entrenamiento, hasta que entramos en otra de las pequeñas.
En esta guardan el equipo viejo; o, al menos, a eso me huele: a polvo y desgaste, como en una biblioteca.
Hay montones de colchonetas usadas contra las paredes, pesas oxidadas y dianas con la pintura pelada.
Sin embargo, también hay un saco de boxeo colgado de una cadena en el centro, rajado por algunas zonas, y un par de guantes que han visto días mejores.
Me pide que me los ponga y que me coloque frente al saco.
De repente, me siento muy cohibida. Mi única maestra ha sido Christina, que era también una novata. ¿Estoy a punto de ponerme en ridículo delante de Tobias?
Adelanto el pie izquierdo y subo los puños. Una sonrisa le aletea en los labios.
—No está mal —comenta y, tras ponerme la mano bajo el codo, me lo empuja hacia arriba para levantármelo—. Sube la guardia. Bien.
Me dice que pruebe con un jab y lo hago: golpeo con fuerza el saco usando la mano derecha. Noto que me engancha el pie en la parte de atrás del tobillo.
—Un paso con cada puñetazo y después vuelta al inicio.
Lo intento de nuevo, pero esta vez dando un paso adelante cuando lanzo el jab .
Se produce un cambio sutil en la fuerza gracias a ese movimiento, un impulso mayor y una potencia de la que antes carecía.
Cuando pasamos al directo, procuro recordar lo que me dijo Christina sobre girar el pie de atrás en el suelo al volver el cuerpo.