La sexta facción Capítulo 45
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Capítulo 45

CUATRO

J EANINE M ATTHEWS ES UNA PERSONA CUIDADOSA . Se le nota en el pelo suave y rubio, en el que no hay ni un mechón fuera de su sitio. Se le nota en el vestido azul de cuello alto que viste, sin una sola arruga. Y se le nota en su forma de hablar, como si eligiera cada palabra con pinzas.

—Siento la intromisión en tus dominios, técnico.

Técnico de simulaciones es mi puesto, claro, y supongo que a un cargo de Erudición tan formal como Jeanine Matthews le cuesta llamar a la gente por su apodo; sobre todo cuando se trata de uno tan típico de Osadía como Cuatro.

Detrás de ella hay dos personas. Una parece una fotocopia suya: más alta de la media, rubia y vestida con ropa azul a medida. Se ha presentado como Cara. La otra es más joven: su protegido, que no se ha presentado.

—Este sistema informático es muy sofisticado e importante —dice Jeanine—. Así que actualizarlo a un nivel tan profundo requiere una habilidad especial.

—Lo entiendo. —Señalo el crisol—. Adelante.

Me quedo en la antesala, con las manos entrelazadas a la espalda y una postura tan recta que me duelen los hombros. Cuando han entrado Eric y Max, los he saludado a ambos con una respetuosa inclinación de cabeza. Espero que baste para quitarme de encima a Eric.

Cara deja su maletín al lado del crisol. No sé bien cómo se llama en realidad; no es más que un enorme cuenco metálico. Está fabricado en bronce y, con el tiempo, se ha deslustrado hasta adquirir un tono pardo y verdoso.

Mientras tanto, Jeanine introduce una mano en las llamas sin vacilar y cierra los ojos. Se le mueven los dedos. No habla; estoy seguro de que no lo necesita para comunicar su voluntad.

—Al parecer, se han borrado algunos datos —comenta—. No puedo recuperarlos, pero dejan una marca. ¿Seguro que no se ha producido ninguna irregularidad recientemente?

—En realidad, sí que hubo algo, señora —respondo—. La otra noche, un iniciado me avisó de que alguien estaba usando la sala de simulaciones, pero, cuando me acerqué a investigar, no había nadie.

Jeanine abre los ojos. Parece casi amenazadora con las sombras que las llamas le proyectan sobre las mejillas y en las cuencas oculares.

—Supongo que investigarías de quién se trataba.

—Eso es lo más curioso —le explico, cambiando el peso de pie, como si me sintiera incómodo.

Y lo estoy, pero, sobre todo, quiero que ella lo piense—.

El sistema me dijo que había sido usted, pero sé que no es posible, así que creo que tuvo que ser un fallo.

Puede que a eso se deba también el borrado de datos.

—¿No informaste a nadie? —pregunta Max.

—Primero quería documentarlo adecuadamente —respondo—, pero la iniciación está tocando a su fin y no puedo desdoblarme, señor.

—Aun así, cuando se produce un error de esa magnitud, hay que informar de inmediato —interviene Eric—. Si no eres capaz de compaginar tu trabajo como instructor con tus obligaciones como técnico…

Aprieto los dientes y me obligo a responder:

—No volverá a suceder.

—Asegúrate de ello —replica, sonriente.

Siento el impulso de meterle un dedo en el aro del labio y tirar. Fuerte.

—Entonces, me alegro de que estemos aquí para mejorar vuestro sistema —comenta Jeanine y mira a Cara—. Que Caleb instale la actualización. No le vendrá mal practicar.

Caleb.

Me quedo mirando al chico que, hasta ahora, ha estado de pie junto a la puerta con cara de sentirse incómodo. Caleb. «Había libros escondidos debajo del colchón de Caleb. Me alegra que esté en Erudición, si eso encaja con él».

Va vestido como si intentara parecer mayor y más capaz de lo que es, con una chaqueta azul de hombros marcados y el pelo peinado hacia atrás, pero es inconfundible: Caleb es el hermano de Tris.

Creo que no habría encontrado ninguna similitud entre ellos si no hubiera estado buscándola: es alto, tiene el pelo más oscuro que ella y los ojos más apagados.

Sin embargo, ahora que lo sé, la veo en su cara.

Quizá sea por la boca, o puede que por las orejas.

Caleb sale disparado como si la pared le hubiera pegado un empujón. Sonríe, encantado de la vida, al arrodillarse junto al maletín para abrirlo. Dentro hay un ordenador cuyo teclado maneja con destreza y velocidad.

—¿Eres el único técnico de Osadía? —me pregunta Jea­nine.

—Sí, señora.

—Qué extraño no contar con redundancias en una función tan esencial para la vida osada. Un sistema sin respaldo no es un sistema bien diseñado, Max.

—Hay pocos osados dispuestos a sentarse a solas todo el día en una cámara de tortura —contesta Max—. Ya es una suerte contar con uno.

Jeanine no parece impresionada con la respuesta, aunque se me queda mirando un instante. A su lado, Caleb ha dejado de escribir. Las llamas dejan de moverse al tocarlas, paralizadas. A juzgar por la reacción del chico, es justo lo que esperaba que sucediera.

—Debes de tener una resistencia mental única, ¿cuál es tu nombre completo?

—Me llamo Cuatro. El nombre que tenía antes de entrar aquí carece de importancia.

Me sale algo más brusco de lo que pretendía, pero no pienso revelarle mi nombre real. Espero que achaque mi reticencia a la insolencia osada.

—La lealtad de vuestra facción es admirable —replica Jeanine—. Cuatro. ¿De dónde procede el nombre?

—Es el número de temores que componen mi paisaje del miedo.

—Impresionante —comenta ella, sonriente. Cuando las llamas simuladas empiezan a moverse de nuevo, añade—: Entonces, tendrás que ser tú el que pruebe nuestra actualización del sistema.

Me percato, demasiado tarde, de la trampa en la que he caído. No puedo pasar por una simulación delante de este grupo de personas. En primer lugar, porque soy divergente y no es fácil ocultarlo.

En segundo lugar, porque existe un veinticinco por ciento de posibilidades de que aparezca el rostro de Marcus.

—Bueno, preferiría no hacerlo —le hago saber.

—Creo que cuando la representante de una facción te solicita algo…, Cuatro, debes entenderlo como una orden —interviene Eric.

Lo miro y después la miro a ella. Ambos permanecen completamente inmóviles. En silencio.

Seguro que era su plan desde el principio: atraparme aquí y encontrar la manera de obligarme a pasar por una simulación del miedo. Cuando Jeanine Matthews —o quienquiera que se hiciera pasar por ella en el sistema— accedió a los registros de Al, también accedió a los míos.

Trago saliva y asiento. Ella mete la mano en las llamas.

—Veamos si ha funcionado la actualización —dice, y noto un sabor ácido en la garganta.

Entro en la sala de simulaciones, en mi retorcido santuario, como si fuera a la horca. Jeanine se acomoda en el banco de piedra que suelo usar yo, pero Eric, Cara y Caleb siguen de pie, a su lado. Max se queda en la antesala; supongo que no le interesa evaluar la actualización del sistema.

Me coloco en el centro de la habitación y rezo.

Recurro a ello de vez en cuando. Es una costumbre abnegada de la que no he conseguido librarme…

o puede que necesite creer que existe algo más grande que nosotros ahí fuera.

El caso es que elevo una súplica por si alguien me está escuchando: «Por favor, que no sea Marcus. Por favor, por favor, por favor».

Abro los ojos y me encuentro en mi cama de la infancia.

Es mi recompensa por tener fe.

Las simulaciones del miedo no suelen ser recuerdos, ni siquiera para las personas que han vivido un infierno.

Sin embargo, a veces, un recuerdo se te queda incrustado como una piel de manzana entre los dientes.

Cuando eso sucede, la persona tiende a repetir lo que ejecutó en el recuerdo una y otra vez; da igual cuánto se repita la simulación.

He visto a más de uno entrar en repetidas ocasiones para intentar cambiar el pasado. Algunos lo consiguen, con el tiempo.

Pero no hace tanto que me sucedió esto.

A mi alrededor, en el colchón, están mis pequeños pecados: trocitos de cosas que encontré en la ciudad, tesoros que quería quedarme.

Restos de una placa base, una llave vieja, un portaobjetos de microscopio en el que creo que hay un pedacito de cebolla.

Una flor seca del funeral de mi madre. Una figurita de madera con forma de perro.

Oigo los pasos de Marcus en el pasillo. No llamará a la puerta; nunca lo hace. La abrirá sin más.

Mi única opción para convencer a Jeanine, Eric y los demás de que no soy divergente es revivir este recuerdo exactamente como sucedió.

El miedo se vuelve tan sofocante que no me deja respirar.

Corro a guardar todos los objetos en el baúl que me regaló mi madre, el que se cierra con llave.

Cuando mi padre se opuso a que yo tuviera algo que él percibía como superfluo, ella le aseguró que solo era para las mantas de sobra.

En realidad, lo había buscado para mí, para que pudiera tener algo propio.

Cierro el baúl y lo meto debajo de la cama. Estoy a punto de sacar la silla que bloquea el pomo de la puerta cuando me acuerdo de la estatuilla de cristal azul que me dio mi madre antes de morir. Me abalanzo sobre ella y la oculto debajo de la almohada.

Gira el pomo justo cuando aparto la silla y, al abrir la puerta, ve que todavía la tengo en las manos.

—Estabas intentando que no entrara.

—No, señor.

—No te he criado para que seas un mentiroso —replica con mucha calma, pero no me engaña. No después de tantos años—. ¿Por qué no querías que entrara?

—Me… —empiezo a decir, pero se me atraganta la palabra.

No tengo defensa alguna, así que me limito a dejar la silla en su sitio, bajo el escritorio. Mi dormitorio es sencillo, como debe ser: paredes blancas, superficies vacías y una ventanita empañada.

—Te he hecho una pregunta.

—Por nada, señor.

—Otra mentira.

Se acerca más y yo retrocedo por instinto. En este recuerdo soy más bajo que él y más delgado. En aquel momento no me sentía tan pequeño, pero ahora soy consciente de lo joven que es este cuerpo. Ahora que sé lo que es ser más alto y fuerte.

No intenta agarrarme, sino que mira hacia la almohada de la cama; en concreto, hacia el cristal azul que asoma por no haberlo escondido bien.

Sujeta la figura y la sostiene a la luz.

Es un objeto pequeño y frágil, algo que mi madre sacó de Cordialidad cuando pasó por allí en uno de sus repartos.

Me contó que tenían unos hornos enormes en los que calentaban el cristal y lo soplaban para darle forma.

Eran capaces de conseguir que se ondulara como el agua.

Me lo trajo porque le gustaba que fuera un sólido que parecía líquido; un imposible y un truco.

—¿Qué es esto?

Ahora habla con todavía más calma. A pesar de saber lo que se avecina y ser consciente de que sobreviví a ello, no logro controlar los temblores.

—Me lo dio mamá.

—Ya veo. —Le da vueltas en las manos, pasándoselo de una a otra—. ¿Y para qué sirve?

—¿Sirve?

—Sí, para qué sirve —gruñe—, porque mi hijo sabe que en esta facción solo valoramos lo que puede ponerse al servicio de la comunidad. Mi hijo no se permitiría esta clase de frivolidades. ¡Mi hijo no se guardaría un objeto diseñado solo para su disfrute personal!

Doy un respingo.

—¡Mírame a los ojos cuando te hablo! —grita, y me obligo a levantar la vista.

Él se vuelve y lanza la estatuilla de cristal contra la pared con tal fuerza que se hace añicos. Los fragmentos azules vuelan por la habitación y se me clavan en el brazo y la mejilla. Se esparcen por la manta, por la cómoda y por el suelo.

El último regalo de mi madre desaparece.

«Sigue viva —me digo—. Esto ya ha sucedido».

—Te envenenas y envenenas esta casa con tu egoísmo —me acusa.

Me pone una mano en el brazo y me hace daño al retorcérmelo hacia un lado. Después levanta la mano libre como si fuera a pegarme un revés.

—¡La cara, papá! —grito, y se detiene con la mano todavía levantada.

Me encojo de miedo contra la cómoda, temblando. Noto los dedos entumecidos, al igual que la cara.

Siempre procura que no me salgan moratones que pueda ver cualquiera.

Toma aire con la respiración alterada y dice:

—Cuando me mientes, debe haber consecuencias, Tobias.

Conozco los pasos de este baile. Primero irá a por un cinturón y se tomará su tiempo, de modo que yo sufra la espera, temeroso, durante el mayor tiempo posible. Después me hará daño y me dirá que es por mi propio bien.

Me giro para mirar hacia la cómoda. Me quito la camiseta. Y espero.

Esta versión de la simulación siempre acaba antes del primer golpe. Lo que temo no es el dolor, sino todo lo que ocurre antes: la humillación, la incertidumbre y la certeza de que mi padre no me quiere; no puede quererme.

Aun así, permanezco donde estoy con los ojos cerrados unos segundos, recuperándome. Estoy temblando, y la idea de mirar a Eric cuando me siento así me provoca náuseas.

Respiro hondo y abro los ojos. La simulación ha terminado.

Todos me observan, pero yo solo miro a Jeanine Matthews. Una especie de ansia le ilumina los ojos, que normalmente no expresan sentimiento alguno.

Me pregunto si sabía que, de venir aquí, ganaría de una forma u otra: o bien obtendría pruebas de la corrupción moral de Abnegación gracias a mi paisaje del miedo, o bien confirmaría que soy divergente. En cualquier caso, esto era lo que esperaba.

—Se trataba de un recuerdo, ¿verdad? —pregunta.

Asiento con la cabeza.

—Y, en ese recuerdo, te has comportado exactamente igual que en el pasado.

Supongo que, para romper un patrón, la persona debe experimentar un cambio significativo que le permita tomar decisiones distintas.

Siempre que no sea consciente de que se trata de una simulación, claro.

—Arquea una ceja—. Y tú no lo eras, por supuesto.

—Por supuesto. Eso es imposible.

Se me cierra la garganta. Estoy deseando salir corriendo, pero no puedo.

—No, por supuesto —repite pensativa—. Ahora eres mucho más grande. Y mayor. Entrenado para el combate. Si controlaras tu reacción a ese recuerdo, te habrías comportado de otro modo.

Por el rabillo del ojo, veo a Eric sonreír.

—Gracias…, Eaton —dice Jeanine—. Eso es todo.