Capítulo 44
CUATRO
M E PALPITA LA CABEZA . No he dormido demasiado desde la reunión con Natalie Prior. Es como si dos personas lucharan por controlar un solo cuerpo; una de ellas no deja de pensar en Tris, en lo que está haciendo y pensando, y en lo que sentiría al tocarla.
La otra persona es un muelle en tensión, un combustible inestable. Procura no observar a Eric desde la otra punta del comedor, ni tampoco a Edward y Will —los últimos trasladados de Erudición— en la sala de entrenamiento. Solo espera algo. Una pista sobre lo que va a suceder.
Solo espera.
Estoy en la cola de la sopa en la cafetería cuando Eric deja su bandeja al lado de la mía.
No existe ningún motivo para que alguien como Eric me ponga nervioso: es más bajo que yo y, aunque nadie lo tildaría de débil, sí que está más escuálido.
Lo derroté en una pelea durante la iniciación y estoy bastante seguro de que podría vencerlo de nuevo en caso necesario, puesto que ahora soy mejor que antes y él no pasa demasiado tiempo entrenando.
El caso es que, cuando lo tengo cerca, siempre siento el impulso de huir.
—Hace días que quiero hablar contigo —dice.
Tomo el cucharón de la sopera y me sirvo un poco en el cuenco.
Hoy toca un sencillo estofado de verduras con tomates, guisantes y patatas en un caldo con hierbas aromáticas.
Como buena parte de la comida de Osadía, seguramente llevará también proteína de laboratorio, porque la consistencia es más densa de lo que debería y la sopa que sirven a mediodía llena bastante.
Por primera vez, me fijo en nuestra dependencia de Erudición, no solo aquí, sino en toda la ciudad. La comida, la tela, la tecnología. Si decidieran cerrar el grifo por la razón que fuera, estaríamos jodidos.
—Ah, ¿sí? ¿Sobre qué?
—Sobre cómo van tus iniciados, evidentemente —responde Eric—. En cuestión de un mes te has encontrado con un apuñalamiento aleatorio y un suicidio. ¿Alguna otra calamidad que deba tener en cuenta?
Aprieto los dientes, aunque no se lo puedo discutir. Esta promoción de iniciados ha sido un desastre y, me guste o no, están a mi cargo, así que sus «calamidades», como él las llama, me dejan en muy mal lugar.
—Siguen muy estresados, pero bien. Para el año que viene, no vendría mal que te pensaras lo de relajar tus reglas más intensas para que los iniciados no estén siempre a punto de estallar.
Eric suspira. Deslizamos las bandejas por el mostrador y cogemos cada uno un pedazo de pan de la pila que tenemos delante. Espero que sea el final de la conversación, pero me sigue a una mesa y deja su bandeja al lado de la mía. Por suerte, no se sienta.
—Es como si ya hubiéramos mantenido esta conversación —comenta.
—Eso es porque ya la hemos mantenido.
—Vale, pues deja que la cambie un poco —replica, y se inclina hacia delante; apoya las manos, de modo que se yergue sobre mí—.
Te he estado vigilando. Sé que desapareces de vez en cuando.
Nadie parece saber adónde vas. Así que empiezo a preguntarme…
¿Debería seguir a cargo de nuestros iniciados alguien tan distraído?
¿Alguien con un comportamiento tan… impredecible?
A Eric se le ha dado bastante bien encajar en Osadía.
Es por los piercings. Los piercings le hacen gran parte del trabajo, así que cuesta fijarse en que, a pesar de su reluciente rostro metálico y las tóxicas fanfarronadas osadas que escupe, en realidad lo único que hace es observarlo todo. Y a todos.
A mí.
No le conté a la madre de Tris que Jeanine y Eric accedieron a mis grabaciones y que probablemente sospechen que soy divergente. En cualquier caso, si necesitaba confirmación de que Eric me vigila de cerca, ya la tengo.
Me arde la cara, pero no quiero que note mi incomodidad, así que le doy un bocado al pan y lo miro mientras mastico, tomándome mi tiempo.
—Qué gracia, porque tú también desapareces, ¿no?
—No sé a qué te refieres.
—¿No? Entonces, ¿no eras tú el que estaba en la sede de Erudición el otro día? Eres fácil de identificar, ya sabes. Si no quieres que la gente se fije, deberías ir con más sigilo cuando te dedicas a esas cosas.
Su mirada es fría.
—Ya veo. Has estado hablando con esa chica. La que me dijo que no es más que una joven osada que echa de menos a su hermano. —Mira a su alrededor con mucho teatro—. No la veo por aquí, ¿y tú?
Me encojo de hombros.
—No comemos todos a la vez, como seguro que ya sabes.
—Entonces, si sacara el registro de miembros, ¿la encontraría? —pregunta Eric—. ¿Cómo se llama?
—No me quedé con su nombre.
Él suelta una carcajada.
—¿Sabe el líder del consejo lo listo que es su hijo?
Se me cierra la garganta ante la mención de Marcus.
Es una costumbre de Eric, la fibra sensible a la que recurre cuando lo he cabreado de verdad; la amenaza que lleva usando en mi contra desde el día que descubrió quién era yo…
y lo desesperado que estaba por mantenerlo en secreto.
Si saco los pies del tiesto, le contará a todo el mundo quién soy y de dónde vengo. Me arrebatará mi refugio seguro.
—¿Qué quieres?
—Jeanine Matthews se va a pasar hoy por la sala de simulaciones para actualizar el sistema. Estará con Max y conmigo.
Procuro mantener una expresión lo más neutra posible mientras proceso mi sobresalto.
Jeanine Matthews en la sede de Osadía. En la sala de simulaciones.
¿Qué probabilidad hay de que eso no tenga nada que ver con lo que esté planeando?
¿O de que no tenga nada que ver con lo que su infiltrado erudito vio en mi simulación del miedo?
Escasa. Muy escasa.
—Así que lo que quiero… es que seas un ciudadano osado modelo.
Quiero que me hables como si supieras cuál es tu puñetero lugar en esta facción.
Si lo haces, no tendremos ningún problema.
Pero, si no… Bueno. No voy a permitir que tu insubordinación me deje en mal lugar, ¿verdad?
Así que tendré que empezar a referirme a ti por tu nombre completo.
«A mí me hablas con respeto», me susurra la voz de mi padre.
Y me conozco el guion; sé cómo detener las amenazas.
—Sí, señor —me obligo a decir.
Eric sonríe y los aros de los labios brillan.
—¿Ves lo buen soldadito que puedes llegar a ser cuando te lo propones?
Recoge su bandeja y se marcha. Yo ardo y tiemblo de vergüenza, de bochorno, de rabia. Me digo que tenía que hacerlo, que quiero quedarme aquí, que quiero ser yo mismo, y no el hijo de Marcus Eaton.
Sin embargo, en vez de comer, devuelvo la bandeja y me dirijo a la sala de entrenamiento. Nunca he necesitado tanto asestarle un puñetazo a algo.
+ + +
—Siguiente —llamo; ni me molesto en levantarme.
Es la última simulación del miedo del día y estoy listo para terminar de una vez. Me duele el cuerpo de la paliza que le he metido antes al saco de boxeo; le he dado con todas mis fuerzas durante todo el tiempo que he podido. Y estoy deseando salir echando leches de aquí.
Pero no podré, me recuerdo, porque, cuando terminen los iniciados, llegará Jeanine Matthews.
Will entra en la sala de simulaciones con la cabeza gacha, como si supiera cuál es mi estado de ánimo y no quisiera hacerme estallar. Me recuerdo que debo controlarme. Por poco que me importe que los iniciados me tengan un poquito de miedo, no debería ser porque teman mis cambios de humor.
Me siento más erguido contra la pared de piedra.
—¿Estás listo? —le pregunto.
Will rebosa buen humor. Incluso cuando no sonríe, parece que lo hace.
Hoy no… y puede que sea así desde la muerte de Al.
Aunque nada lo indique —se asea, descansa bien y sus mejillas siguen sonrosadas—, es como si le brillaran menos los ojos.
Supongo que no puedo culparlo, ya que tenía dos amigos iniciados: a una la apuñalaron y el otro está muerto.
Asiente con la cabeza. Apoyo la mía en la pared y doy la señal al ordenador para que inicie la simulación.
La mayoría de las simulaciones de Will son las típicas.
A veces está en un aula y suspende un examen, lo que es una situación erudita clásica.
A veces lo expulsan de Osadía. Hay una que no me gusta nada, en la que cuelga del borde de un edificio y no puede volver a subir, y, sobre todo, odio aquella en la que pierde todos los dientes y no deja de metérselos en la boca de nuevo.
Sin embargo, la de hoy es nueva.
Está en un campo. Reconozco uno de los trigales de Cordialidad, salvo que desde aquí no distingo la silueta de la ciudad ni la sede de los cordiales; no hay más que trigo allá donde mires.
Está en tensión y se nota que espera algo, aunque no haya nada a la vista.
Las espigas se mecen con el viento, que las empuja adelante y atrás.
El cielo tiene un aspecto amenazador, de un verde enfermizo.
Se oye un ruido, como un disparo. Una bandada de pájaros se alza del trigo y se reúne en lo alto, formando una masa informe. Otro ruido y uno de ellos cae como una piedra al suelo, a los pies de Will.
—No —exclama y echa a correr—. ¡No!
No entiendo bien su reacción. No es más que un pájaro. Pero, de repente, empiezan a caer más; uno tras otro se desploman alrededor de Will como granizo. Cuando se agacha a recoger uno, las lágrimas le surcan las mejillas.
Es de color gris claro, con un cuello delicado y ojos oscuros y amables. Una paloma. Aletea contra la palma de Will antes de quedarse completamente inmóvil, y él se hinca de rodillas.
Parpadeo y la simulación desaparece.
Tengo las tripas revueltas y no sé por qué.
He visto todo tipo de cosas en las simulaciones, todo tipo de muertes horrendas, gente bañada en sangre, quemada y ahogada.
A pesar de tantas repeticiones, me sigue costando ser testigo de ellas, pero soy capaz de distanciarme porque sé que lo que veo no es real.
Esto es distinto. Me perturba de un modo más profundo.
Will está arrodillado en el suelo y su aspecto refleja a la perfección cómo me siento.
—¿Estás bien?
Él asiente.
—No lo entiendo —me dice—. Creía que estos eran nuestros peores miedos.
—El miedo no es una sola cosa —respondo, echándome hacia delante—. Solemos relacionar la sala de sims con el pánico, pero hay otros miedos más profundos y silenciosos.
Se pasa las manos por el pelo y veo que tiene la frente bañada de sudor.
—¿Qué crees que significaba? —le pregunto.
—No lo sé —responde, y se ríe un poco—. Qué raro, ¿no? Lo ha creado mi mente, pero no lo entiendo.
Su reacción tiene un punto forzado, demasiado natural, que me escama.
—Aunque, a veces, lo que vemos en las simulaciones del miedo es algo solo nuestro, todos compartimos los mismos símbolos, hasta cierto punto. Los dientes van de la estabilidad. La altura del control. ¿Sabes lo que significan las palomas?
Will clava los ojos en los míos.
—Paz. Así que… temo no encontrar la paz, supongo.
—Puede —replico, y decido presionar un poco—. Pero si no es solo eso, Will, me lo puedes contar. Si está pasando algo más importante y te sientes sobrepasado…
Parpadea.
—¿Como qué? —pregunta y, sin más, ha vuelto a su afabilidad de siempre. Cejas arqueadas, labios estirados en una media sonrisa.
—Tú piénsatelo —respondo, echándome hacia atrás.
Will se levanta, se despide con una mano y sale de la habitación.
Yo me quedo donde estoy, sentado en el suelo, intentando recuperarme antes de que lleguen Max, Eric y Jeanine.