Capítulo 43
TRIS
—N O ENTIENDO DEL TODO por qué te pasas tanto tiempo aquí —dice Christina, apoyada en el marco de la puerta—. Te ha servido para entrar en el gremio, así que está claro que se te da bien.
Hay una pequeña galería de tiro al fondo del Museo cuyas dianas están pintadas de rojo chillón en los tablones que cubren las ventanas.
Una capa de polvo ensucia los suelos de madera.
Por la noche, aquí siempre hay gente poniendo a prueba su puntería con pistolas de agujas, pero Christina tiene razón: mi habilidad basta para impresionar a los Zorros, lo que significa que ya no debería preocuparme.
Sin embargo, no dejo de pensar en lo que dijo Tobias: que, si me hubiera sentido cómoda con el arma, me habría costado menos enfrentarme a mi simulación del miedo.
Aunque no esté deseando someterme a otra simulación, sus imágenes me vienen una y otra vez a la cabeza.
El blanco de los ojos de mi padre. El tiro en la nuca.
«Hazlo. Hazlo o te mato. Si no lo haces tú, lo haré yo».
Así que aquí estoy, disparando agujas a las dianas de la pared para después arrancarlas de la madera y empezar de nuevo. Como las agujas pierden su efectividad tras dispararlas una vez, se reciclan para practicar.
—Creo que es precisamente porque se me da bien —le explico a Christina antes de disparar la siguiente aguja.
Sé que he acertado con esta incluso antes de mirar a la diana: justo en el centro. Cuando lo hago bien, me resulta algo sencillo y claro; hacerlo mal es lo que me desconcierta.
Bajo la pistola y la suelto en la mesa de al lado.
—Es que, hasta ahora, no sabía que tuviera un don innato para nada —añado—. ¿Qué tal ha ido tu prueba?
A pesar de lo sucedido con el contrabando de armas de los sin facción, los chicos divergentes muertos y los leales a Erudición infiltrados en Osadía, sigo con mi educación dentro de los Zorros.
La de Christina ha sido complicada. Todo el mundo se fija en ella cuando intenta hacerse pasar por miembro de cualquier facción y después se acuerdan de ella.
Por el momento, no la han detenido, pero a los Zorros no les gusta llamar la atención.
Por otro lado, no la han echado, sino que la han pasado a entrenamiento para operaciones encubiertas.
No es necesario que todos los Zorros sean buenos actores; a algunos les basta con saber escabullirse.
Y Christina empieza a dominar esa habilidad, teniendo en cuenta que ni siquiera la he oído acercarse.
—No ha ido mal. Le he robado algo a un erudito sin que lo notara —me cuenta, y sostiene en alto unas gafas de montura metálica—. ¿Crees que me quedarán bien?
—Creo que al Remendador le interesaría hacer un trueque por ellas.
El Remendador se ha establecido en una de las antiguas salas de exposiciones del Museo. Al contar con mucho más espacio, Mae ha montado un fuerte de mantas permanente.
Christina se cuelga las gafas del cuello de la camiseta.
—¿Estás lista? Ya casi es la hora a la que quedamos.
Salimos del Museo y caminamos hasta el Centro: Christina, cargada con una mochila de comida, y yo, con el agua.
No estamos lejos y Christina dijo que tenía una sorpresa para celebrar que Colin había superado la prueba de admisión en el gremio de los Sanadores.
Está formándose para ser técnico sanitario.
Rory ya está en el vestíbulo cuando llegamos, con el pelo corto alborotado y un mono de Cordialidad de color mostaza sobre una camiseta negra. Nos abraza para saludarnos, un vestigio de sus tiempos cordiales que no parece molestarle.
—Colin está echándole un vistazo al generador —dice—. Supongo que no querréis subir ciento ocho plantas a pie.
—La verdad es que no —responde Christina.
Como si la hubiera oído, Colin sube corriendo por una escalera cercana; un mechón de pelo rojo le cae sobre la frente.
—¡Los ascensores funcionan!
Rory pulsa el botón, que se enciende.
—¡Y no ha estallado al tocarlo! ¡Impresionante!
—Qué poca fe tienes en mí.
Las puertas del ascensor se abren y entramos. Christina pulsa el botón de la última planta y el aparato sale disparado hacia arriba. Se me taponan los oídos casi al instante.
Cuando llegamos, nos quedamos mirando porque hay un agujero en el techo.
El viento entra en el ascensor y me echa el pelo a la cara.
Vemos una escalera de aluminio apoyada en una de las paredes intactas.
Supongo que es lo que usaremos para llegar a la azotea…
y supongo que allí es adonde nos dirigimos.
—Todavía no —dice Christina cuando ve lo que miro—. Ahí arriba hace demasiado viento y no hemos comido.
Montamos un pícnic junto a una de las ventanas que siguen enteras. Rory sacude una manta vieja y Christina dispone la comida sobre ella. Nos acomodamos y Rory saca de su mochila una botella de licor marrón.
—Esto lo robé del despacho de un gerente de hospital veraz —anuncia, victoriosa—. ¡Y eso que el tío estaba allí mismo, en el pasillo!
Colin aplaude y yo me río.
—Un brindis —propone Christina al descorchar la botella—. Por Colin.
—Que una vez me sacó una aguja del pecho —añade Rory.
—Y lo hizo mandando mucho —añado yo—. Serás un gran Sanador.
Christina le pasa la botella y él bebe, sonriente. Después se la devuelve, y ella echa un trago antes de dársela a Rory.
Cuando me llega la botella, la examino. En Abnegación nadie bebe y es algo en lo que no había pensado nunca. La dejo en medio del círculo.
—Propongo un juego —dice Colin—. Un juego que seguro que nuestra amiga conoce muy bien de sus días en Verdad.
Christina pone cara de fastidio.
—No querrás jugar a las confesiones, ¿no?
—¿Que no? —pregunta él, arqueando las cejas—. ¿Por qué no?
—¿Porque es para críos?
—No cuando hay alcohol de por medio —responde, dándole unos toquecitos a la botella con la punta de los dedos—. Eso lo convierte en un juego para adultos.
—Ah, sí, adultos —interviene Rory—. Y todo el mundo sabe que lo que define a un adulto es su imprudente tendencia a compartir sustancias enajenantes a cientos de pisos de altura.
—Una ronda, no pido más —insiste Colin.
—¿Cómo funciona? —pregunta Rory.
—Cada uno confiesa algo que haya hecho —explica Christina— y, si los demás también lo han hecho, tienen que beber.
Cuando juegas de niño, tienes que preparar antes un brebaje asqueroso para que lo beban todos.
—Hace una pausa—. Acabo de caer en la cuenta de que, en realidad, el juego se inventó para adultos y alcohol.
—¿Lo ves? —se recochinea Colin—. Yo primero.
Le quita la botella a Christina y le saca el corcho. Después la deja en medio de nuestro circulito y suelta:
—Pues yo… no superé la iniciación de la facción que había elegido.
Todas gruñimos. Colin bebe primero y después le pasa la botella a Christina, que hace una mueca antes de echarse el licor a la boca. Se la ofrece a Rory, que la imita, y después me la da, pero niego con la cabeza.
—Es imposible fracasar en la iniciación abnegada. Deserté.
—Ay, se me había olvidado —exclama Colin—. ¡De acuerdo! Esta vez te libras. ¿Siguiente?
Rory toma la botella y la coloca en el centro. La observa durante un momento y después dice:
—Yo… le pegué un puñetazo en la cara a alguien.
—Voy a acabar borracha, ¿verdad? —masculla Christina mientras le quita la botella a Rory.
—¿A quién le arreaste un puñetazo? —pregunta Colin entre risas.
—¿Y cuántas veces? —añado yo.
—A un chico tan horrible que ni siquiera me atrevo a pronunciar su nombre, por si lo invoco del infierno —responde Rory—. Y… no sé cuántos puñetazos le pegué. Creo que perdí la cuenta.
—Quizá tengas un problema de gestión de la ira, deberías mirártelo —bromea Colin.
—¿Qué te hizo? —pregunta Christina, que parece impresionada—. Ese tío, me refiero.
—Muy amable por tu parte dar por sentado que se lo merecía, gracias, Christina —contesta Rory, mirando mal a Colin—.
Ese saco de mierda infecta en cuestión era el novio de mi hermana.
Le puso los cuernos y, por si fuera poco, después empezó a contar cosas de ella en el instituto.
Las cosas que le gustaban en la cama, me refiero —explica, con cara de asco—.
El tercer día de la iniciación hizo un comentario y…
perdí los nervios. La parte positiva es que estoy bastante segura de que ya no puede hacer todas esas cosas de las que hablaba.
Lo negativo, que me arruinó la vida. —Le da un trago a la botella—.
De todos modos, no debería haber elegido Cordialidad. Está claro que no es lo mío.
—¿Por qué la elegiste, entonces? —le pregunto.
—No te ofendas, pero el resto de vuestras facciones me parecían una pesadilla.
¿Me estáis diciendo que la alternativa a recolectar manzanas y tocar música es que me den una paliza…
? —Señala a Christina—. ¿Pasarme el día bordando tranquilamente…
? —Me señala—. ¿O compitiendo contra otros capullos engreídos a ver quién sabe más sobre vete a saber qué chorrada?
—Señala a Colin—. ¿Y Verdad? No me hagáis hablar.
Los secretos son lo que evitan que nos odiemos unos a otros.
—Erudición no está tan mal —replica Colin.
Agarro la botella por el cuello.
—Yo… aprendí cómo se hacían los bebés gracias a un libro.
—Madre mía, ¿en serio? —pregunta Rory—. ¿Qué libro?
Me echo un poquito de licor en la boca. Sabe a calor, como el pegamento, y un poco a manzana. Me arde la garganta al tragar, aunque no está tan malo como esperaba.
—Mi hermano lo robó de la biblioteca de la escuela y lo leímos juntos. Creedme, no supimos lo mala idea que era hasta que fue demasiado tarde para arrepentirse. No sé bien cuándo lo aprenden los abnegados, pero no recomiendo hacerlo con diez años y un libro de texto.
Colin me quita la botella y bebe. Lo miro arqueando las cejas.
—Mi padre es el instructor de salud e higiene, así que tenía todo tipo de materiales por la casa, y yo era un niño curioso.
—En todos los sentidos de la palabra —comenta Rory.
Christina agarra la botella por el cuello y declara:
—Yo… me enrollé con un chico de Osadía.
Bebe. Me sube el calor a las mejillas. Antes de que el resto lo vea y se burle de mí por ruborizarme, suspiro y cojo la botella.
Todos se me quedan mirando.
—Hm…, ¡¿qué?! —exclama Rory.
—¿Quién? —pregunta Christina, pero después hace una pausa y añade—: Espera. No puede ser.
Le quito la botella y bebo de nuevo. Esta vez estoy lista para la quemazón.
—No puede ser —repite Christina—. ¿Cuatro?
—¿Cuatro? ¿Te refieres a tu antiguo instructor Cuatro? —pregunta Colin—. ¿El tío que le arrebató la pistola de las manos a Jove, ese Cuatro?
—No hacía falta que os sorprendierais tanto —respondo.
—Bueno, es que el tío es aterrador —replica Christina.
—Y guapo —indica Colin—. Pero la belleza acentúa esa cualidad terrorífica, por lo que sea.
Pienso en Tobias empuñando el arma, capaz y seguro. Y en Tobias en el estudio de tatuaje, en el contraste de la tinta negra sobre su piel. Y en Tobias, alzándome con un brazo para poder besarme mejor.
Siento calor de repente, a pesar de que el aire es cada vez más frío.
Si él es aterrador, lo es de la mejor de las maneras.
—Sí que te gusta, ¿eh? —comenta Rory al verme la cara.
No respondo, sino que pienso en lo que me susurró mi madre al oído justo después de salir de su piso: «Me cae bien. Te conoce».
Colin se ríe y anuncia que da el juego por terminado. Christina, por su parte, me dedica una dulce sonrisa.
+ + +
Después de la cena subimos a la azotea por la escalera.
Nos acercamos hasta el mismo borde, y entonces vuelvo a pensar en él, en cómo se enfrenta a sus miedos una y otra vez en este mismo edificio.
Por más que lo intento, no logro hacerme a la idea del terror que debe provocarle.
Con el sol poniéndose a mi espalda y toda la ciudad desplegada ante mí, lo único que siento es asombro.
Ahora, todo esto me pertenece. Eso es lo que dijo una vez Rory sobre los Zorros: que eran libres, que la ciudad era suya.
Aunque es algo aplicable a los sin facción, en general.
Si la ciudad es una mesa de bufé cargada de lugares preciosos, los sin facción siempre repiten.
Las facciones permanecen cada una en su sector, en su sede, rodeadas de su pequeño mundo, mientras que nosotros nos desplazamos adonde nos da la gana. Sabemos cómo funciona todo.
«Nosotros», pienso. Quería pertenecer a Osadía antes incluso de saber lo que eso significaba de verdad.
Y después quería pertenecer a Abnegación; lo anhelaba tanto que me convencí de que podía ser lo que no soy.
Sin embargo, ahora, con el viento bailándome sobre la piel, me doy cuenta de que no he renunciado a ninguna faceta de mi personalidad.
Soy yo por completo y soy libre, y encajo porque me he labrado un lugar propio, en vez de esperar a que otra persona me dejara entrar en el suyo.
Puede que llegara a la Colonia con intenciones ocultas, pero, desde entonces, he aprendido que no todos los abandonados son unos extremistas. No todos desean ver arder el mundo. Algunos solo quieren vivir su vida lejos de las personas que los consideran unos fracasados.
Y yo soy una de ellos. Da igual cuáles fueran mis motivos o lo que haga a continuación: ahora mismo, aquí es donde pertenezco.
Christina se pone a mi lado. Cuando el viento amaina y el cielo se vuelve rosa, me da la mano y me la aprieta.
—No me alegro de lo que me ocurrió, pero sí de habernos conocido —dice.
Le devuelvo el apretón.
—Yo también.