Capítulo 42 #3
Natalie se reclina en la silla hasta apoyar los hombros en el horno que tiene a su espalda. Una acción llamativa, casi infantil, viniendo de una mujer con el sobrio atuendo de Abnegación.
—Repasemos lo que sabemos —propone—. Erudición está divulgando bulos propagandísticos para desestabilizar el liderazgo de Abnegación.
Se podrían estar infiltrando en Osadía como estrategia para informar a Erudición desde allí.
Y parece que están accediendo a las simulaciones del miedo.
—Hace una pausa—. ¿Sabes algo de ese chico, Al, el que murió? ¿Qué hizo para llamar su atención?
Miro a Tris de reojo.
—Sus simulaciones del miedo… se salían de lo ordinario.
—Así que era divergente. —Al ver mi gesto de sorpresa, Natalie le resta importancia agitando una mano—.
Lo sé, sí. Ahora es cuando tú me preguntas qué es eso, haciéndote el loco, y todos fingimos que Tris tampoco lo es, aunque acabas de reconocer que has revisado su simulación del miedo, por lo que sin duda tuviste que verlo.
—No entiendo qué le importaba a Jeanine que un trasladado de Verdad cualquiera fuera divergente —replico—. O por qué querría nadie atacar a los divergentes.
—Nuestra sociedad depende de los ordenadores de las facciones para garantizar la estabilidad —dice Natalie—.
¿No ayudaste a mi hija a rescatar a esa niña a la que había que apartar de su madre?
La razón de que en Verdad no llegasen al fondo de esa cuestión es que confían en que su suero arroje confesiones sinceras.
Sin embargo, dependiendo de lo fuerte que sea el divergente, podría mentir bajo la influencia del suero.
Por eso el control social no funciona con ellos.
—Y la Cámara de la Memoria —musita Tris—. Abnegación cree que no recuerdo haber visto a Evelyn con vida la noche de la ceremonia de la elección. Pero sí lo recuerdo.
—En efecto —continúa Natalie—. Ignoro qué será lo que trama Jeanine Matthews, pero es muy meticulosa y tiene mucho cuidado.
Un divergente es como un palo en los radios de la rueda de una bicicleta.
Pequeño, pero suficiente para impedir que se mueva.
Si ordenó que mataran a tu iniciado, es porque quería eliminar ese palo.
Lo que tenemos que hacer ahora es averiguar adónde se dirige la bici.
—¿Crees que el robo de armas de Osadía por parte de los sin facción podría estar relacionado? —inquiere Tris.
—No estoy segura. Quizá no exista la menor relación entre Evelyn y Jeanine —especula Natalie—. Esperaba que me pudieras ofrecer una pista. —Me observa de reojo—. O tú.
—¿Colaboraría Jeanine con Evelyn? —plantea Tris—. Pensaba que Erudición despreciaba a los abandonados tanto como a las otras facciones.
—Los sin facción tienen acceso y pueden ir a todos los rincones de la ciudad —expongo—. Aunque no conozca bien a Jeanine Matthews, me imagino que, si le ofrecieran un instrumento útil, no lo rechazaría, da igual qué opinión le merezca.
—La verdadera incógnita es, ¿accedería Evelyn a trabajar para Jeanine? —pregunta Natalie.
No sé quién es en realidad, ni qué se propone, pero parece estar intentando desenredar la misma madeja que yo. Y tampoco sé hasta cuándo podré aguantar así, ignorando qué planea mi madre, impotente para detenerla.
—Evelyn quiere ver muerto a mi padre —señalo—. Si Jeanine Matthews estuviera dispuesta a apoyar esa causa, no me extrañaría que hubieran llegado a un acuerdo.
Natalie parece sorprendida.
—¿Crees que estaría dispuesta a llegar a ese extremo?
—No es que lo crea, sino que me lo ha dicho ella.
Tamborilea con los dedos sobre el borde de la mesa. Tiene las uñas mordidas hasta hacerlas sangrar, con las cutículas enrojecidas.
—Imposible —dice, y casi parece que esté hablando sola, más que con nosotros—. Marcus es demasiado importante, no podemos perderlo.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—Os he dicho que los representantes de las facciones gozan de acceso administrativo a todos los ordenadores —apunta Natalie—. Sin embargo, eso no es del todo exacto. Disponen de acceso a todos los ordenadores, menos al de Abnegación. Ese honor recae sobre un solo hombre.
—¿Y no hay nadie más?
—Sí, por lo general. Su cónyuge. —Me lanza otra mirada incisiva—.
Pero Marcus revocó el acceso de Evelyn, por razones obvias.
Le insistí a mi marido para que exigiera un reemplazo, un sustituto, pero no entendía las prisas.
Según él, deberíamos concederle tiempo a Marcus para que se casara otra vez.
—Tampoco yo entiendo las prisas, supongo —murmura Tris—. ¿Qué pasa si perdemos acceso a la Cámara de la Memoria?
Natalie me mira a los ojos.
—Lo perderíamos todo. Todo por lo que he estado luchando.
Habla con fervor, como si estuviera pronunciando una oración. Es una declaración extraña, como si estuviera eliminando otra capa de su ser para revelarnos lo que hay debajo, solo que no sé qué estoy viendo. Parece que haya estado embarcada en algún tipo de misión, pero ¿con qué fin? ¿Y para quién?
Ya más repuesta, endereza la espalda y añade:
—Me refiero a que perderíamos todo cuanto sabemos acerca de lo que hay al otro lado del muro. Toda nuestra historia. Todo.
El silencio se prolonga durante unos largos segundos.
—Vale —habla Tris—. Suena mal, pero…
—Sé que no os gustará escuchar esto, pero necesito que me prestéis atención de todas formas —la interrumpe Natalie—.
Todavía sois demasiado jóvenes para entenderlo, pero si cambiáis los registros históricos, podréis moldear la comprensión que la población posee de la actualidad.
Y si hacéis eso, podréis cambiar la sociedad.
Quién está al mando. Quién tiene la culpa.
Quién es el enemigo. —Me mira a los ojos—.
No es buena idea que Jeanine Matthews decida quién es el enemigo, creedme.
Pienso en la proyección de la simulación de Jeanine Matthews, justo después de su consulta de los registros de Al… y los míos. Inmaculada y perfecta.
Y a continuación pienso en el cadáver hinchado de Al cuando lo sacaron del abismo.
—Averiguaré con quién está trabajando Eric en Osadía —le prometo—. Seguro que es alguien joven. No me costará que me cuente lo que sabe.
—Bien —dice Natalie—. Gracias, Cuatro.
+ + +
Se acabó la hora.
Cuando Tris va al servicio, recojo las tazas y las llevo al fregadero.
Natalie deja la tetera a mi lado y se coloca a mi derecha para secar los platos conforme los voy lavando.
Siento su presencia como algo que me corretea por la nuca.
Si no la miro de frente, podría ser Evelyn, fregando conmigo un día entre semana cualquiera, en silencio los dos para no provocar a Marcus.
Todos mis recuerdos de casa son recuerdos de caminar por la cuerda floja.
—Mi hija y tú —empieza cuando le paso la primera taza.
—¿Sí? —inquiero, con una crispación involuntaria en la voz.
—¿Va en serio?
—Es nuevo. —Froto los granos de azúcar que se han quedado en el fondo de la segunda taza; la enjuago—. Y va en serio, sí —reconozco después de una pausa—. Para mí, por lo menos.
—Para ella también, si te ha traído aquí. Me recuerdas a tu madre. Era tan sigilosa y desconfiada como una gata. Y lo seguirá siendo, seguro. Pero da un paso en falso y se le erizará el lomo al instante.
Se me encorvan un poco los hombros ante sus palabras, dándole la razón. «Siempre a la defensiva», decía Shauna antes de aporrearme los hombros con las manos como si quisiera ablandarlos. «Relájate, Cuatro».
—Podrías decirme qué te preocupa —le suelto.
—Me gustaría saber que vas a ser considerado con ella —dice Natalie.
Enjuago la tercera taza, cierro el grifo y apoyo las manos en el fregadero.
Como no me conoce, no tiene forma de saber hasta qué punto me escuece eso.
Soy un experto en hombres desconsiderados.
Soy un experto en estar atrapado con alguien que te trata con crueldad.
No pienso causarle a nadie esa clase de daño.
Pero me conozco. Reservado. Desabrido. No siempre agradable.
La miro de reojo. Termina de secar la tercera taza y la deja a un lado.
—Tris… es una de las personas más agudas que conozco —digo—. Se crece ante la adversidad y no tiene tiempo para chorradas. Tú no me conoces, de acuerdo. Pero a ella sí. Con eso te debería bastar.
La mirada de Natalie se suaviza.
—De nuevo, estás en lo cierto.
Tris sale entonces del baño, lo que pone fin a nuestra conversación. Guardo las tazas por Natalie, puesto que van en una de las baldas más altas. Una vez colocadas las sillas bajo la mesa, la tetera es lo único que delata que alguien ha pasado por allí.
Tris toca el bordado del fregadero antes de salir de la cocina. «Los demás primero». Camino de la puerta, desliza los dedos por la pared. Es como si quisiera memorizar la sensación de este lugar. Su textura.
—Había libros escondidos debajo del colchón de Caleb —le confiesa a su madre.
—Siempre —corrobora Natalie con un gesto de cabeza—. A los niños no se les da tan bien esconder las cosas como ellos se piensan.
—¿Y nunca le dijiste nada?
—Ya te habrás dado cuenta de que no soy la purista de Abnegación que aparento ser. —Sonríe y le recoge un mechón detrás de la oreja—. Me alegra que esté en Erudición, si eso encaja con él. Tan solo espero que esté haciendo las preguntas correctas.
—Ya. —Tris se mordisquea el labio inferior un momento antes de abrazar a su madre—. Te quiero.
—Y yo a ti.
Natalie agacha la cabeza para susurrarle a su hija algo al oído que yo no alcanzo a escuchar.
Luego me tiende la mano.
—Ha sido un placer conocerte, Cuatro —me asegura, y creo que incluso podría estar siendo sincera.