Capítulo 42 #2
Tris llama a la puerta del piso 10E, que se abre al instante.
Hay una mujer al otro lado. Tiene el pelo más oscuro que Tris, recogido con esmero. Lleva puesto un jersey gris sobre una falda larga del mismo color. Sin embargo, cuando abraza a Tris y sus ojos se clavan en mí, por encima de su hombro, me sorprende lo acerado de su mirada.
Natalie Prior, sin duda.
—Mamá, este es… —empieza Tris.
—Ya sé quién es —la interrumpe Natalie con delicadeza—. Pasad.
La iluminación es escasa. Huele a pan recién hecho. Los suelos son de esa característica madera amarillenta, tan habitual en los edificios antiguos. En la mesita de la sala de estar hay un ovillo y una bufanda a medias, como si la hubiéramos interrumpido tejiendo. Nos dirige a la cocina.
Me inspecciona durante unos segundos. Noto sus ojos como ascuas en la piel. Se detiene en los pequeños detalles: el tatuaje que asoma por el cuello de mi camiseta, mis brazos desnudos y mis botas. Sonríe.
—Has crecido —observa.
No sé cómo responder a eso. Su nombre me sonaba, como me suena su rostro, pero no tengo ningún recuerdo específico de Natalie Prior.
Quizá se deba a que mi padre no me dejaba pasar mucho tiempo con otros miembros de nuestra facción.
Ignoro qué les contaría de mí, pero me imagino que insinuaría lo tímido e impresionable que era.
Así, convertía mi aislamiento en un ejemplo de lo mucho que se preocupaba por mí.
—¿Os apetece un poco de té? —pregunta, mirándonos por turnos.
El ritual es reconfortante para todos, creo, porque la oferta rompe la tensión, y Tris y yo nos sentamos a la mesa mientras Natalie se ocupa de los fogones.
—Disponemos de una hora. —Pone el hervidor lleno de agua en el fuego—. Mi hija sostiene que eres de fiar, Eaton.
Hago una mueca.
—Si pudieras llamarme Cuatro —replico—, te lo agradecería.
Aunque está ocupada echando hojas de té en un colador de grandes dimensiones, se interrumpe para mirarme con expresión pensativa.
—Claro que sí. Cuatro.
La cocina es pequeña y acogedora. Ordenada, con todo recogido tras las puertas de los armarios.
Encimeras de azulejos relucientes. Un dechado de simplicidad: una olla y un cazo; dos sartenes colgadas de sus respectivos ganchos sobre los fogones.
«Coge solo lo que necesites» es un lema de Abnegación que llevo conmigo, aunque no me dé cuenta, y lo mismo sucede con este lugar.
El único elemento decorativo es el sencillo bordado de la pared, en hilo gris, en el que se puede leer: «Los demás primero».
Me vuelvo hacia Natalie.
—No sé qué significa «de fiar» para ti —digo—. No me ciega la lealtad a mi facción, si es eso lo que te preguntas.
—¿No? —Me mira con intención mientras sujeta el colador sobre el borde de una tetera de cristal que ha sacado de uno de los armarios, junto con tres tazas de vidrio sin asa—. ¿Por eso llevas las llamas de Osadía tatuadas en la piel?
Tris abre la boca para protestar, pero yo ya estoy respondiendo.
—Debajo están los símbolos de las demás facciones, como tu hija puede atestiguar.
Natalie arquea las cejas, sorprendida, y me doy cuenta demasiado tarde de lo que se puede deducir de mis palabras.
—Ah, ¿sí? ¿Y en qué circunstancias ha tenido mi hija ocasión de verte desnudo, si se puede saber?
—No es eso —replica Tris, con las mejillas incandescentes.
Qué tonto soy a veces.
—Se tropezó conmigo en el estudio de tatuajes —matizo—. Eso es todo.
Retira el hervidor del fuego cuando empieza a pitar y sirve el agua hirviendo en la tetera. Veo los hilillos de té pardo que se filtran por los agujeros del colador y tiñen el agua.
—¿Y Evelyn? —dice Natalie—. ¿Tampoco te ciega la lealtad a ella? Porque, hablemos de lo que hablemos aquí, ella no puede enterarse.
—No —interviene Tris antes de que yo pueda hacerlo—. Mamá, venga ya.
Natalie contempla a su hija durante unos segundos. Asiente.
—Está bien. Cuéntame lo que sepas.
Me río. Es la risa de mi madre, seca y amarga. A mi padre le daba mucha rabia cuando lo hacía. Y cuando lo hacía yo, luego, aunque no me estuviera burlando de él. A veces pienso que debía de echarla de menos para odiar tanto las cosas que se la recordaban.
—Lo único que sé de ti, Natalie, es que, junto a otros miembros de esta facción, has contribuido a perpetuar la mentira de que mi madre había muerto. Así que disculpa si no ardo en deseos de confesarme ante ti.
De repente, caigo en la cuenta de que no estoy hablando con Evelyn, sino con la madre de Tris. Antes de llegar, me estaba devanando los sesos, pensando en cómo ingeniármelas para mostrarle el debido respeto. Supongo que ya he desaprovechado esa oportunidad.
Sin embargo, Natalie no es como Evelyn. No contraataca al instante, sino que me observa durante unos instantes, con las comisuras de los labios apuntando hacia abajo. Parece… apenada.
—Tienes razón —murmura.
Lleva la tetera a la mesa y reparte las tazas. Se estira para llegar al fondo de uno de los armarios y saca un recipiente lleno de terrones de azúcar. Echa uno en la taza que tengo más cerca y otro en la de Tris.
—Tengo excusas para justificar mi conducta, pero, si te las ofreciera ahora, seguiría insultándote.
—Sirve el té en las tazas. Me quedo mirando cómo el líquido deshace el azúcar—.
En vez de eso, te contaré lo que sé: que un reducido grupo de radicales sin facción planea hacer algo extremo, algo que podría desmantelar el sistema de facciones tal y como lo conocemos.
Creo que tu madre está al frente de la operación, pero también sospecho que forma parte de una conspiración aún mayor.
Quizá esto sea una novedad para ti, Beatrice.
Se sienta en la silla que queda entre Tris y yo, de espaldas al horno, y cruza las manos en el regazo.
—Sospecho que Erudición podría estar infiltrando agentes en las otras facciones —continúa—.
Por eso te pedí que hablaras con tu hermano de los resultados de las pruebas de aptitud y los trasladados entre facciones.
Pensé que, si conseguía demostrar que la proporción de miembros de Erudición que se trasladaban a otras facciones, tras la prueba de aptitud, era más elevada de lo normal, podría identificar a los infiltrados.
Los ojos de Tris, desorbitados por la sorpresa, buscan los míos.
También yo me he quedado pasmado, y me siento como un iluso por ello.
Los dos nos hemos criado pensando que el sistema de facciones funcionaba, aunque tuviera sus imperfecciones.
Sin embargo, la participación en el sistema depende de la sinceridad: de elegir, si no cuál es tu sitio, por lo menos sí cuál desearías que fuera.
La idea de que alguien pueda seguir profesando lealtad a su antigua facción tras unirse a una nueva…
amenaza la integridad de todo el sistema.
Pero ¿qué integridad? Yo no elegí Osadía porque tuviera aptitud para ella.
La elegí para escapar de mi padre, la elegí para hacerle daño, la elegí porque pensaba que así conseguiría librarme del miedo que le tenía.
¿Fue eso más fiel al propósito del sistema que un espía leal a Erudición infiltrado en Osadía?
—El día que seguí a Eric desde la sede de Erudición a la de Osadía, como ya os conté —nos recuerda Tris, apuntándonos con la cabeza a su madre y a mí—, antes de que me descubriera, escuché una conversación.
Solo su parte, pero lo oí exigiendo un nombre y diciendo que se agotaba el tiempo. Que había un plazo improrrogable.
—Un nombre.
Fijo la mirada en la taza mientras repaso aquel día. Me despedí de Tris con un beso en la mejilla en mi edificio de apartamentos, volví al Pozo y brindé por Amar. Hablé con Tori de Tris, volví a la sala de simulaciones para borrar su información del sistema y…
Descubrí que Jeanine Matthews había tenido acceso a los registros de Al. Y a los míos.
—Al. —Miro a Tris—. Mi iniciado, el que murió. Alguien estuvo viendo sus simulaciones el día antes de que encontraran su cadáver. Cuando le pregunté al sistema quién había sido, me mostró a Jeanine Matthews.
—¿Jeanine Matthews en la sala de sims? —dice Natalie.
Me sorprende la terminología que emplea. «Sala de sims». Informal, tan desenfadada como una osada cualquiera. Frunce el ceño.
—Supongo que es posible. Los representantes de las facciones tienen acceso administrativo a todos los ordenadores, por si se produjera alguna emergencia.
Al utilizar ese acceso, podría profundizar en el sistema más incluso que cualquier operador autorizado.
—Me lanza una mirada incisiva—. Como tú, supongo.
—En efecto.
—Sin embargo, ¿cómo llegaría hasta ahí sin llamar la atención?
—Hay una puerta cortafuegos que da a un pasillo de servicio y comunica de forma directa con el vestíbulo de la Espira.
Es posible que se disfrazara, aunque aquella noche había mucha gente.
No entiendo por qué querría correr ese riesgo cuando podría haberse infiltrado sin tantas dificultades en cualquier otro momento.
—¿Quizá alguien se hizo pasar por ella? —sugiere Tris—. ¿Sería posible engañar al ordenador para que pensara que era ella la que había solicitado el acceso?
Natalie deja vagar la mirada y le da un sorbo a su té.
—Los ordenadores identifican el patrón único de los receptores en el cerebro de una persona… Como las huellas dactilares, pero más complicado.
Miro a Tris mientras ella me devuelve la mirada, sorprendida. Ninguno de los dos está acostumbrado a oír a una abnegada hablando con tanto desparpajo de temas científicos.
Natalie no parece darse cuenta.
—Sin embargo, si falsificar una huella dactilar es posible, quizá lo sea también engañar al ordenador de Osadía para hacerle creer que fue Jeanine Matthews la que lo utilizó. Por otra parte, dudo que se pudiera hacer algo así sin su ayuda.
—Entonces, ¿quién crees que fue? —Tris frunce el ceño—. ¿Un antiguo erudito, tal vez? ¿Algún trasladado?
—Eso creo, sí, si no fue Jeanine en persona.
—No entiendo por qué —replico—. ¿Qué pretendería con eso?