La sexta facción Capítulo 42
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Capítulo 42

CUATRO

—¿Q UÉ OCURRE ? —pregunta Shauna mientras suelta la bandeja y pone los ojos como platos, fingiendo estar alarmada, antes de hacer la pantomima de tomarme la temperatura con una mano en la frente—. No te habrás puesto malo.

No reacciono. Sé cómo va a acabar esto.

—¿Y? ¿Tiene fiebre? —Zeke desliza su bandeja en la mesa de al lado—. Porque, si no, no entiendo qué hace sonriendo durante la cena.

—A lo mejor es que se ha pegado un porrazo en la sala de entrenamiento —sugiere Shauna.

—¡A lo mejor lo han drogado!

—¿Os importaría cerrar el pico un ratito? —Los apunto con el tenedor—. ¿A que os escupo en la comida?

Zeke se inclina hacia delante para susurrarle a Shauna con gesto teatral:

—Hasta sus amenazas parecen más flojas.

—Para mí que es la chica esa —interviene Shauna.

Zeke arquea una ceja.

—¿Qué chica?

—Con la que iba el otro día. Rubia. Canija. Yo no me metería con ella.

La descripción me arranca una sonrisa, sin poder evitarlo. Shauna suelta una carcajada triunfal y Zeke silba por lo bajini.

—¿Cuándo vamos a conocerla?

—¿Es una de tus iniciadas del año pasado? —insiste Shauna—. Su cara me suena, pero no sé de qué.

—Porque no es de Osadía —replico.

Zeke pega una palmada en la mesa.

—¡¿Qué?!

—¿Cómo?

—¡¿Quién?!

—¿Dónde, cómo, por qué?

—Bueno, me tengo que ir. —Recojo la bandeja. De todas formas, ya había acabado y esta noche le toca a Lauren cuidar de los iniciados. Nos hemos estado turnando desde la muerte de Al—. Me esperan.

Me alejo haciendo oídos sordos a las protestas de Shauna y Zeke, que grita:

—¡Tarde o temprano tendrás que contestarnos!

Me despido con la mano sin mirar atrás.

+ + +

Me reúno con ella en el tren. En el cuarto vagón, empezando por la cola, dirección norte, siguiendo el pantano. Sube después de mí y me tomo un momento para admirar lo fácil que hace que parezca. Y luego otro tan solo para… admirarla a ella.

Lleva puestos unos pantalones negros, ceñidos, y una camiseta blanca.

Sin mangas, con los brazos al descubierto.

Se ha soltado el cabello, que ondea en todas direcciones con el viento.

No parece el atuendo más indicado para impresionar a un chico, pero, de alguna manera, creo que para Tris lo es: me enseña una parte de ella que en Abnegación nunca habría visto.

Y funciona.

Han pasado tres días desde nuestro último encuentro. Me pidió que esperara hasta el lunes para hablar con quien sea que quiera que hable y, de todas formas, he estado liado con los iniciados, que están tan alterados como siempre que comienza el entrenamiento con las simulaciones del miedo.

Es un alivio tenerla delante de nuevo.

Una sonrisa le curva los labios al verme.

—Hola.

No sé cómo debería actuar. Otra cosa no, pero los rituales de cortejo de Abnegación están muy bien definidos.

Averigua dónde trabaja de voluntaria y ofrécete para echar una mano.

Pregúntales a sus padres si aceptarían supervisar una visita.

Algún beso robado por el camino para comprobar si salta la chispa.

Todo medido, respetuoso, distante. Los miembros de Abnegación se casan jóvenes.

El cortejo de Osadía es diferente. Impetuoso, atrevido.

Nunca se me ha dado bien; siempre me las apaño para decir lo que no debo.

Aunque tampoco es que me pase mucho tiempo intentándolo; no es que no me fije en las chicas, sino que hay que ir con cuidado.

¿Cómo se sale con alguien sin decirle cuál es tu verdadero nombre?

Así que ahora no tengo ni idea de cómo actuar. Sin reglas de conducta, solo el instinto. Y el instinto me atrae hacia ella; el instinto me hace agacharme y besarla. Me hace acariciarle el pelo, suave y sedoso, y después el brazo desnudo, con delicadeza, despacio.

—Hola —digo cuando me aparto.

Parece un poco aturdida.

—¿Ha estado bien? —le pregunto. Creo que debería haber empezado por ahí.

—Sí —responde—. Sí, por favor, puedes repetirlo… siempre que quieras, Cuatro.

Sonrío.

—Puedes llamarme Tobias, ¿sabes?

—¿De verdad? —Ladea un poco la cabeza—. Daba por sentado que no te gustaba.

—Yo también, pero creo que sería agradable escuchar mi nombre de nuevo. Si lo pronuncias tú.

—Vale…, Tobias. —Hace una pausa, como si lo saboreara.

Y yo me siento como si estuviera haciendo lo mismo. Mi nombre suena distinto en sus labios.

Me gusta.

—Para que conste en acta, yo prefiero que no me llamen Beatrice —dice en tono más ligero—. Beatrice no sabía subir y bajar de los trenes en marcha, y ni loca se habría pasado el día entero aprendiendo a levantar carteras.

—Ah, ¿sí? ¿Te importaría hacerme una demostración?

Me lanza una mirada calculadora.

—Bueno, creo que contigo le tendría que dar otro enfoque.

—¿Como cuál?

Un destello le ilumina la mirada cuando da un paso al frente y me clava un dedo en el esternón para obligarme a retroceder de espaldas contra la pared del vagón, donde se apoya en mí, tan solo un poquito; su pierna contra la mía, su vientre rozándome la cadera.

Noto la boca seca mientras contemplo el dedo que me inmoviliza.

—¿Lo ves? —pregunta, y se retira con una hoja de papel doblada en la mano. Parpadeo durante unos segundos hasta que me doy cuenta de que me la ha sacado del bolsillo de la chaqueta mientras yo estaba…

Distraído.

—Interesante técnica —murmuro, arrebatándosela de la mano. Se trata de uno de los antiguos mensajes de Evelyn. Debería haberlo destruido cuando lo recibí, pero… a veces me gusta ver su caligrafía y recordar que todavía está viva.

Aunque jamás lo admitiría delante de ella.

—La mayoría de las veces basta con chocarte con alguien y deshacerte en disculpas —comenta, sonriendo de oreja a oreja—. Nadie va a sospechar de la chica anodina con la que se ha tropezado en la acera.

—Conque «anodina», ¿eh? —Le recojo un mechón detrás de la oreja—. No es la palabra con la que yo te describiría.

—Pues estás en franca minoría. —Se encoge de hombros—. Por eso se me da tan bien esto. Fingir que soy de otras facciones. No pasa nada, ya no me importa.

—Se te da tan bien fingir que eres de otras facciones por tus dotes de observación —replico—. Si lo sabré yo, que lo he sufrido en primera persona. Resulta inquietante.

Se le ensancha la sonrisa.

—«Inquietante», ese sí que es el cumplido que cualquier chica querría escuchar.

—Déjame expresarlo de otra manera. —Me agacho hasta apoyar la mejilla en su sien para poder hablar contra su piel—. Tú eres una llama. Y yo la polilla.

Se agarra a las solapas de mi chaqueta y me besa con más vehemencia que antes. El viento que se cuela en el vagón nos envuelve en un abrazo atronador, lo bastante intenso como para no permitirme oír nada más, pero siento el suspiro que le aletea en el pecho cuando se deja estrechar contra mí.

No sé adónde vamos, pero espero que sea muy lejos.

+ + +

Sin embargo, no puede durar. No cuando me doy cuenta de cuál es nuestro destino.

El tren acelera mientras recorremos el sector sin facción de la ciudad, donde no hace tantas paradas. Hace tiempo que no visito la parte norte de la ciudad. Solo hay un destino posible: Abnegación.

—Hoy hay reunión del consejo —deduzco, y se me borra la sonrisa al comprender por qué solo podíamos venir aquí un lunes.

Tris asiente.

—El mejor día de la semana —añado, más para mí que para ella. Era el día que Marcus no estaba—. Mi madre solía hacer tortitas los lunes.

—¿En serio? —Parece sorprendida—. ¿En Abnegación?

—Como es el líder del consejo, vivíamos solos.

Así que, sí… Los lunes por la noche, cuando él no estaba, preparaba tortitas.

Con mermelada, si conseguía echarle el guante a algún bote.

Y a veces ponía música en una radio antigua que había reparado ella sola.

Nunca averigüé dónde la escondía cuando no la usábamos.

Tris esboza una sonrisita apenada.

—Parece agradable.

—Un día volvió antes a casa…

Se me forma un nudo en la garganta, por lo que no continúo. Me limito a sacudir la cabeza; ella se acerca y entrelazamos los dedos.

—Vamos a ver a mi madre —me informa.

Me lo imaginaba. ¿Qué otra razón podría tener Tris para ir un lunes por la noche, cuando su padre estará ocupado en la reunión del consejo?

—Deserté por decisión propia —prosigue—. Quería averiguar por qué los abandonados habían atacado la ceremonia de la elección y qué planeaban hacer a continuación. La única persona que sabía que estaba implicada era Evelyn, así que…

Me mira con una ceja arqueada y tengo que aguantarme la risa.

—Así que intentaste acercarte a ella —concluyo.

—Mi madre sabía cómo ponerse en contacto y le pidió que cuidara de mí. Sin embargo, confío en ella lo mismo que tú. Quería decírtelo, pero no podía arriesgarme. No hasta estar más segura.

Nos quedamos un momento contemplando la ciudad que se desliza ante nuestros ojos. Esta noche la luna está escondida tras las nubes y los retumbos que se oyen auguran lluvia. Los edificios se encogen, vuelven a crecer, y Tris me avisa por señas. Hora de apearse.

Resulta extraño caminar por las calles del sector de Abnegación, como una escena sacada de la vida de otra persona. Tris, que está más familiarizada con ellas que yo, nos lleva por una serie de callejuelas para rodear la sede de Abnegación y evitar el riesgo de que nos tropecemos con alguien.

Una vez en el Edificio A, me pide que mire por una ventana alta para comprobar que no haya nadie en el vestíbulo; nos colamos dentro y corremos hasta la escalera.

—Décima planta —dice—. Lo siento.

La escalera está mal iluminada y huele a fregona vieja, pero está limpia y vacía. Las ventanas de cada rellano nos muestran el edificio adyacente, el B, que alberga a todos los solteros de Abnegación, con los hombres a un lado y las mujeres al otro. Parece idéntico al A.

A los dos nos falta el aliento cuando llegamos a la décima planta; me he quitado la chaqueta y la llevo colgada del brazo.

Considero volver a ponérmela mientras caminamos por el pasillo porque no quiero parecer irrespetuoso, pero también me rebelo contra el impulso de amoldarme a los estándares de Abnegación. Así que, al final, la dejo donde está.