La sexta facción Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

La han puesto patas arriba. Aunque la cama está hecha y hay un montoncito de libros de texto en la mesa, el resto es un caos de objetos desperdigados: fragmentos de ordenador, cristales rotos, monedas antiguas, un pendiente solitario y brillante, una caja de madera con la tapa colgando de los goznes.

Y en medio de todo, resoplando, está Marcus Eaton.

Solo que no es el mismo que yo conozco. Aquí parece más alto que en la vida real, con los hombros más anchos y fuertes. Cuando se vuelve hacia nosotros, tiene el rostro en sombra y sus ojos son dos fosas oscuras. Una mueca le retuerce los labios.

Extiende la mano. Cuatro le da el cinturón.

«No, no, no», pienso, pero estoy paralizada de espanto. Veo a Cuatro —mi alto, fuerte y feroz Cuatro— acercarse a la silla de escritorio y agarrarse al respaldo. Se ofrece a su padre como un lienzo en blanco.

Marcus levanta la correa y yo entro en acción sin pensar, protegiendo a Cuatro con mi cuerpo.

—¡No!

Levanto un brazo y noto una llamarada de dolor en la piel cuando el cinturón se me enrosca en él.

La escena desaparece. Hemos vuelto a la sala de simulaciones.

Espero durante unos segundos a que aparezca otro horror, pero no cambia nada. Con la espalda pegada a la de Cuatro, percibo su respiración irregular en los hombros. Me quedo escuchándolo mientras me recupero a mi vez.

Me relajo contra él, y él contra mí.

—Solo tienes cuatro temores —le digo.

Su risa contenida reverbera en mi columna.

—Pues sí.

Christina no sabía de dónde salía el mote de «Cuatro»; supongo que lo acabo de averiguar.

Me río un poquito a mi vez.

—Eres increíble.

Estira el brazo hacia atrás y engancha el meñique en el mío.

+ + +

Después de eso, abandonamos la sala de simulaciones. Cuatro toca las llamas para borrar el registro y, de mutuo acuerdo y en silencio, salimos a dar un paseo.

Aquí la calle está sembrada de escombros, pero vacía. La luna brilla alta en el cielo y en mi cabeza se arremolinan todas las cosas que me gustaría decir, pero, por una vez, me conformo con el silencio. Con dejar que hable él primero.

—Cuando Evelyn se fue, mi padre la emprendió conmigo.

—Tiene la mirada clavada en los pies—. Ella sabía cómo era y aun así me abandonó allí.

Estoy seguro de que no se imaginaba que la situación iba a empeorar tanto, que se iba a ensañar conmigo como antes hacía con ella, pero esa es la cuestión, ¿no?

Que no pensó en mí en absoluto. —Se encoge de hombros—.

Solo piensa en lo que puede extraer de él.

Le da igual quién más salga herido. Sería capaz de arrasar todo el sistema con tal de llegar hasta él, sin exagerar.

Pienso en Evelyn Eaton huyendo de Abnegación al amparo de la noche, con mi madre a su lado, ayudándola.

Me gustaría saber si hablaron de Cuatro, si Evelyn tenía algún tipo de plan para volver a por él, si mi madre estaba preocupada…

o si sabía siquiera que Evelyn no iba a regresar.

Me imagino a Marcus como un incendio y a Evelyn corriendo por su vida para escapar de las llamas.

Pero dejó a Cuatro para que se quemara. Para que lo consumiera no solo la crueldad de su padre, sino también el dolor por haber perdido a su madre.

Hasta el día en que reapareció de repente, esperando… ¿Qué? ¿Que él se alegrara?

—¿Conoce alguien más esa faceta suya? —pregunto—. ¿Cómo es de verdad?

Frunce el ceño.

—Por supuesto que no. ¿Te imaginas los titulares si esto saliera a la luz? Tendría que dejar la ciudad para escapar del escándalo.

Esquivo una botella rota y procuro medir bien mis palabras antes de replicar:

—¿Por qué tendrías que escapar tú? Si no has hecho nada malo. —Se le arquea el espinazo como a un gato encrespado—. Crees que no lo entendería. —Aunque solo es una suposición, a juzgar por el modo en el que me mira, diría que he acertado—. Ponme a prueba.

Guarda silencio durante unos segundos, y creo que tal vez lo he estropeado, que he destruido la confianza incipiente que habíamos establecido. Sin embargo, al final continúa:

—De niño, solo se me permitía ser el hijo de Marcus.

Si mostraba siquiera un atisbo de individualidad, de personalidad, se aseguraba de que lo lamentara.

Así que, cuando elegí Osadía… fue como si por primera vez tuviera permiso para existir.

No me hacía falta ser suyo. Si todo el mundo supiera esto de él…

—Niega con los labios apretados—. Suponiendo que me creyeran —continúa—.

Se ha pasado toda la vida diciéndole a la gente lo «problemático» que era yo.

Desacreditándome por adelantado. Si esto saliera a la luz y la gente no me creyera…

Se interrumpe. Traga saliva con dificultad.

Deja la frase inacabada flotando en el aire. No hace falta que la termine. Si pasara por el calvario de hacer público su dolor privado, la pérdida de su refugio de Osadía, y en Abnegación continuaran tachándolo de problemático, sería mil veces peor que no haber dicho nada. Insoportable.

—¿Quieres saber por qué abandoné Abnegación en realidad? —pregunto—. No fue solo porque no encajara allí.

Arquea una ceja.

—¿Pasó algo?

—Después del ataque de la Ceremonia de la Elección… vi a Evelyn. La reconocí. Y cuando se lo conté a los líderes de Abnegación, mi padre intentó borrarme la memoria para mantener la tapadera. Solo que…

—No funcionó. Porque eres divergente.

Asiento.

—Siempre había considerado que Abnegación era algo…

puro, no sé. Como si, aunque yo no encajara allí, por lo menos los demás hacían bien las cosas.

Mientras siguiera sus enseñanzas, todo iría bien.

—Me río por lo bajo—. Ahora me siento muy tonta, pero me alegra que pasara.

Necesitaba ver las cosas como son y no como yo quería que fueran.

Abnegación, la facción que borra los recuerdos y confía a ciegas en su líder.

Verdad, la facción que obliga a una niña a quedarse con la madre que la maltrata.

Osadía, la facción que acosa a los sin facción.

Erudición, la facción que controla la información en vez de ofrecerla de buen grado.

Y no tengo ni idea de lo que me queda por descubrir sobre Cordialidad.

El sistema no funciona porque todas las facciones confían en sus propias virtudes. Y los abandonados no son mucho mejores, clandestinos y aislados, con el sistema de las facciones tan integrado en su ser que lo imitan a la vez que lo desafían.

—Aunque los sin facción me inspiren tan poca confianza como Abnegación —comento—, me están enseñando a confiar en mí misma. A escucharme a mí misma y lo que quiero, por primera vez en mi vida.

Lo miro.

—¿Y qué es lo que quieres? —me pregunta en voz baja.

Hay cosas que se deciden en el momento y otras cuya decisión te das cuenta de que se tomó hace tiempo.

Como cuando me ayudó a levantarme en la Ceremonia de la Elección y me empujó para ponerme a salvo.

O cuando me subí a un tren y lo vi bañado por la luz de la luna, tan firme como una roca por mucho que se moviera el suelo.

Me acerco a él y le apoyo una mano en el pecho, como en la simulación del miedo. Luego la deslizo hacia arriba, le rodeo el cuello y dejo que la punta de mis dedos le acaricie el vello en la nuca. Me pongo de puntillas y le atraigo la cabeza hacia la mía para poder susurrar justo contra su boca:

—A ti —respondo.

Y lo beso.

Dubitativa, al principio. Labios que se rozan en la oscuridad. Pero un escalofrío recorre todo mi ser y me estrecho contra su cuerpo al tiempo que él hace lo mismo. Me roza la mejilla y noto las yemas de sus dedos en el mentón, mientras la otra mano baja hasta mi talle para fundirlo con el suyo.

Ahogo un grito que me entreabre los labios ante la creciente pasión de sus besos. Ignoraba hasta qué punto ansiaba tocar a alguien así; no me imaginaba el placer que iba a sentir. Como saciar el hambre y agudizarla a un tiempo, como sentirte insaciable y plena a la vez.

Me rodea la cintura con un brazo para levantarme en volandas. Soy frágil y liviana, pero no me importa. Deslizo los dedos bajo el cuello de su camiseta para acariciarle la espalda.

Me asusta descubrir que ansío más todavía, que esto sea tan fuerte; esta idea que nunca me había permitido abrigar. Me aparto lo justo para mirarle a los ojos.

Con delicadeza, me deposita en el suelo y arquea las cejas.

—Oh —exhalo, porque no se me ocurre qué otra cosa decir.

—Oh —repite él.

Y nos volvemos a besar, pero con más parsimonia, porque quiero deleitarme en la presión de su boca, en cómo se nos adhieren los labios al prolongar el momento de la separación.

—Yo también te quiero —murmura contra mi cuello.

Me parece imposible. Sé lo que soy: pequeña y anodina, como atestiguan los Zorros, para los que mi aspecto corriente es un don.

Una fracasada sin facción. Insegura. Demasiado cobarde para unirme a Osadía, demasiado egoísta para adaptarme en Abnegación, carente de la inteligencia, la honestidad o la bondad necesarias para encajar en los otros sitios en los que podría haber acabado.

Sin embargo, Cuatro me mira como si estuviera viendo algo que a mí se me escapa. Como si, lejos de no ser suficiente, en realidad fuera algo más.

Así que, en vez de la persona que temo, decido ser la que él ve.

—Me gustaría presentarte a alguien —le digo—. Creo que podría ayudarnos.