La sexta facción Capítulo 41
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Capítulo 41

TRIS

H EMOS VUELTO A LA SALA DE SIMULACIONES , donde me parece que por fin estoy siendo testigo de qué asusta a Cuatro. Está tan tenso que se le marcan los músculos de la mandíbula.

—La prueba final de la iniciación de Osadía consiste en algo llamado paisaje del miedo —me explica—. Es como… una secuencia de tus mayores temores. La mayoría de la gente tiene entre doce y veinticinco de ellos.

Intento imaginármelo. Una cadena de montaje de horrores, uno detrás de otro… Me parece una tortura, pero también entiendo el razonamiento. Una vez que te hayas visto ante ese tipo de adversidad, te conocerás de verdad, para siempre.

Me asusta. Lo ansío.

Cuatro continúa:

—El ordenador de las simulaciones es más flexible de lo que la gente sospecha. No solo conduce a una persona por su propia simulación del miedo y permite la presencia de un observador, sino que también puede incorporar ese observador a la simulación.

Todavía no entiendo para qué me ha traído.

—Entonces… ¿Quieres recorrer mi paisaje del miedo?

—No. —Me mira a los ojos—. Lo que quiero es que tú recorras el mío.

Me noto las pulsaciones en la garganta. Su mirada es oscura e insondable bajo esta luz, y segura. Está convencido. Ahora soy yo la que debe tomar una decisión.

Antes, al mirar nuestros dedos entrelazados, pensé en Eustace y Mary, mis compañeros iniciados de Abnegación, enfrascados en aquel juego de niños.

Una simple excusa para hacer manitas, en realidad.

De repente, fue como si nos pudiera ver a los dos, a Cuatro y a mí, con el atavío gris de Abnegación, en el autobús.

Nuestro silencio impuesto por un rito de iniciación, reducida toda nuestra comunicación a miraditas de complicidad, sonrisas y gestos.

Era la vida que quería; o, mejor dicho, la vida que deseaba querer.

Solo que no habría sido mía jamás, pues ninguno de los dos podría haberla elegido.

Y aquí estamos ahora. En esta sala de piedra en penumbra, al filo mismo de algo.

—Vale —acepto.

Echa la cabeza hacia atrás, como si se estuviera dirigiendo a una deidad.

—Introdúcenos a los dos.

La habitación desaparece, sustituida por un rutilante despliegue de edificios cuyas ventanas de cristal reflejan el sol. El viento me azota, pegándome y separándome la ropa del cuerpo.

Estamos a gran altura, por encima de todo. Debe de ser la azotea del Centro. A lo lejos se distingue el pantano, con su mosaico irregular de barro y verdor. Me acerco al borde del edificio por instinto, deseosa de ver más. Me vuelvo hacia él.

Está rígido, tragando saliva con dificultad. Transcurridos unos segundos, detecto un temblor que le recorre todo el cuerpo. Recuerdo que este es uno de sus mayores temores.

—¿Cómo lo afrontas? —le pregunto antes de recordar que nos encontramos dentro de una simulación. No debería saber qué sucede, sino creer que me he materializado en lo alto de este edificio como por arte de magia.

Sin embargo, cuando me mira, no hay ni rastro de confusión en su rostro.

—Saltando —me ofrece por toda respuesta.

No puedo respirar.

«Es peligroso. Para ti y para todo aquel con el que hables».

Aparte de aquella conversación con mi madre, llevo cargando a solas con este secreto desde el día de mi prueba de aptitud, preguntándome qué me pasa, por qué no funciono como debería. Y ahora, de repente, ya no estoy sola.

—Eres divergente —murmuro.

—Como tú.

Sus pasos parecen forzados cuando se me acerca, como si fuera una marioneta que intenta resistirse a las órdenes de su titiritero.

Al situarse a mi lado, en la cornisa, sus estremecimientos dan paso a unos temblores incontrolables.

Miro abajo y noto algo parecido, quizá, pero mi cuerpo también siente emoción ante este vacío.

—Bueno —musito—, pues vamos.

Como ya hiciera en el apartamento, le tiendo una mano. Cuatro la toma en la suya.

Me dejo caer de la cornisa y lo arrastro conmigo.

El azote del viento, el horror de buscar estabilidad y no encontrar nada… Menos de un segundo después, golpeo el suelo y abro los ojos en la oscuridad, con mi mano todavía en la suya.

Respira demasiado deprisa. Lo oigo.

—¿Cuál es este? —pregunto.

Me empuja hacia delante un impacto en la espalda, seguido de otro en el costado y otro más delante. Una caja me envuelve, estrechándose. No me queda otra elección que acercarme y pegarme a él mientras la tapa del cajón se cierra de golpe.

No se mueve nada. Estamos sumidos en una oscuridad absoluta. El aire se estanca. Contra mi mejilla, sus jadeos suenan roncos y desesperados. Los siento martillear en su cuerpo, encogido contra el mío. Está hiperventilando.

—Oye. —Levanto la mano a ciegas y noto el relieve de su columna en la palma. Tiene los músculos de la espalda duros y bien definidos.

«Mira a las personas como personas, Beatrice, no como objetos a los que admirar», eso es lo que me enseñó mi profesora de Abnegación, solo que ahora comprendo que me planteaba un dilema inexistente.

Veo a Cuatro como la persona que es, me preocupo por él y anhelo ayudarlo; pero también soy consciente de lo atractivo que es, del estremecimiento que me produce tocarlo. Puedo hacer las dos cosas a la vez.

—Oye —repito—. ¿Esto qué es?

—Esto es… —Suena como si le faltara el aliento—. Complicado.

Distingo algo entonces. Una línea de luz. La busco y deslizo los dedos por ella. Parece el umbral de una puerta.

Si consigo que continúe hablando, se le debería acompasar la respiración. No puedo dejar que siga hiperventilando; se desmayará.

—¿Dónde estamos? —le pregunto—. Ya sé que no es un sitio real, pero ¿sabes de dónde ha salido?

Le acaricio la espalda con la mano hasta presionarla contra sus escápulas.

—Sí —dice—. No todas… No todas las familias de Abnegación opinan que la Pena de Silencio es suficiente.

Noto una tenaza fría en el pecho. Pienso en mi antiguo piso, en el Edificio A. El pasillo de arriba, con las habitaciones de mi familia. Las escaleras que bajaban a las dependencias de los Black y la sala de estar. Y en el centro de todo, un armario pequeño.

«¿Te encerraban en el armario?», es la pregunta que ardo en deseos de hacerle, pero en este momento mi indignación estaría fuera de lugar.

—Vale —digo, mientras me esfuerzo por pensar en algo, lo que sea, que nos ayude a salir de este aprieto.

Me inclino hacia delante, de rodillas, porque se me están durmiendo los pies y mi mano resbala hasta posarse en su nuca, tapando las llamas de Osadía que casi no se distinguen.

—En la iniciación nos enseñaron a estar presentes. —Estamos tan pegados que puedo notar el calor que irradia—. A concentrarnos en una sensación, como la del aire al desplazarse por la nariz o el vaivén de la respiración en el pecho.

Ahí es donde le apoyo la mano ahora, justo encima del esternón.

—Concéntrate en mi mano —le pido—. En cómo se mueve cuando respiras.

—Detecto un fallo en tu razonamiento —jadea.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál?

—El contacto contigo —me indica— no es nada tranquilizador.

Se me acerca y pienso que se dispone a besarme, pero solo quiere pasar la mano sobre mi hombro. Agarra un tirador que no estaba allí antes y empuja. Nuestro cubículo se inunda de luz.

No me muevo. Todavía mantengo la mano apoyada en él, con los dedos algo curvados en el cuello de su camiseta. Escasos milímetros separan nuestros rostros, tan próximos que puedo distinguir las tenues pecas que le espolvorean la nariz.

Mira detrás de mí y me aparto, recordando dónde estamos. Aunque este lugar no me dé miedo, para él es una colección de sus peores pesadillas; debería volcarme en sacarlo de aquí lo antes posible.

Nos hallamos en una habitación sin distintivos. Paredes blancas, una mesa blanca. Se parece al despacho de Jeanine Mat­thews, pero su aspecto es más siniestro. Aunque no sabría explicar por qué, tanta homogeneidad me resulta amenazadora.

En el centro de la sala aparece una mujer sin rasgos faciales, borrosa, como si la estuviera viendo a través de una ventana surcada de gotas de lluvia. Tiene el pelo rubio, como el mío, y va vestida de gris.

Encima de la mesa blanca que tenemos delante hay una pistola. Como la que vi en mi paisaje del miedo: un arma letal.

—Esto es… más fácil —dice Cuatro—. Hay menos pánico en juego.

Nunca había pensado en el miedo de esa manera, como si lo hubiera de distintos sabores. Para él, las alturas son aterradoras y a la claustrofobia reacciona con pánico, pero esto es menos agudo. Más hondo.

Coge la pistola. No le tiembla el pulso. Adopta una postura que reconozco, separando los pies y estirando los brazos con una ligera flexión en los codos. Me prometo que, cuando salgamos de aquí, le voy a pedir que me enseñe; así de fácil consigue que parezca.

Respira, una aspiración trémula. Espira y aprieta el gatillo.

Cuando baja el arma, me doy cuenta de lo que le ha costado, de cómo ha cerrado los ojos para no tener que ver cómo cae la mujer, de cómo toda su pose se desmorona como si acabara de recibir un mazazo.

Extiendo los brazos hacia él, pero la escena ya está fluctuando; la pistola y la mujer se desvanecen a la vez.

Reconozco el lugar en el que nos encontramos ahora. Los suelos son de madera, sucios, desgastados e irregulares. Las paredes son blancas. Estamos en el pasillo de un piso de Abnegación.

Cuatro ha empezado a caminar, con la mirada fija en la puerta del fondo; y, aunque es divergente, parece estar absorto en esta simulación, tan familiarizado con su coreografía que representa su papel sin poder evitarlo.

Abre la puerta y entra en un dormitorio tan pulcro como cabría esperar: la cama grande con las esquinas recogidas, un montoncito de libros en la mesita de noche. Se dirige al gancho que hay junto al tocador, del que cuelga un cinturón de repuesto, y lo agarra por la hebilla.

Esto no me gusta.

—¿Cuatro?

No responde.

Volvemos a salir al pasillo y dejamos atrás el cuarto de baño, con su suelo de baldosas grises, sin espejos, y ese armario que ahora me revuelve el estómago, hasta llegar a la habitación que se encuentra más cerca de las escaleras.