La sexta facción Capítulo 40
68%

Capítulo 40

CUATRO

T ARDO UNOS SEGUNDOS en identificar qué es lo que me ha despertado: están aporreando la puerta de mi apartamento.

Aparto la colcha y me acerco a la entrada dando tumbos, adormilado todavía, con un hormigueo en esa mano que siempre coloco demasiado por encima de mi cabeza en la cama. Me encuentro con Lynn cuando abro la puerta.

Arqueo una ceja. Los iniciados no deberían saber dónde vivo, pero Uriah sí, por lo que deduzco que le ha dicho cómo encontrarme. Lynn está muy pálida y parece asustada.

—Han encontrado un cadáver en el abismo —me informa—, y Al no está en el dormitorio.

Deslizo los pies en las botas y la sigo por el pasillo sin molestarme en adecentarme ni echar la llave al salir. El aire helado de la madrugada me acaricia los brazos y me pone la piel de gallina, o quizá sea el presentimiento de lo que me voy a encontrar en el fondo del Pozo.

Temo que se repita la misma historia: Amar, un divergente sin vida en el suelo.

Cuando llegamos, ya se ha formado una multitud y un grupo de osados saca el cuerpo del agua. Forman una pequeña cadena para tirar de la soga que sujetan entre todos al compás que marca el primero. Sea lo que sea lo que están levantando, parece grande.

Cuando logran sacarlo por el borde, se arraciman a su alrededor para depositarlo en el suelo. Al principio, lo único que alcanzo a ver es el agua que se expande alrededor del cadáver, hasta que uno de los rescatadores se aparta y me permite distinguir sus facciones.

Incluso así —con la piel blanquecina y tumefacta tras tantas horas sumergido, y los ojos como canicas de mármol—, resulta evidente que se trata de Al, más corpulento que la mayoría, y joven. Tan joven.

Lo que significa que sumo otro fracaso.

Primero fue con Christina, cuando no supe controlar a Peter y fracasé al evitar que la agrediera. Pero esto es mucho, mucho peor.

Alguien ahoga un sollozo a mi espalda; Marlene, quizá, porque los iniciados más madrugadores han acudido corriendo desde el comedor mientras rescataban el cadáver. De repente, me siento incapaz de seguir aquí.

Me marcho.

+ + +

Hana me espera cuando salgo de la sala de simulaciones, un par de horas más tarde.

He acabado empapado de sudor tras pasar demasiado tiempo atrapado en una caja de madera diseñada por mi propia mente y todavía tengo el pulso alterado.

De todos mis temores, la claustrofobia es el que más irracional me vuelve; cuando estoy en la caja, me cuesta pensar en algo que no sea salir.

Hana me mira de arriba abajo y me pregunto qué verá.

La mayor parte del tiempo me siento como una persona adulta.

Ahora soy alto y fuerte, miembro de pleno derecho de mi facción, profesor y alguien que sabe cosas que nadie más sabe: como, por ejemplo, dirigir la sala de simulaciones.

Sin embargo, en ocasiones me siento como un niño pequeño. Como ahora, ante el escrutinio de Hana.

—Pues eso —empieza, como si estuviéramos en medio de una conversación ya empezada—, que todas las personas necesitan a alguien que se preocupe por ellas.

—Gracias —replico con aspereza—, pero no hace falta.

Sería agradable tener una madre así. De las que se preocupan por ti, de las que te fastidian y te riñen por poner los pies encima de la mesa.

Entonces no tendría que inquietarme quién ha estado a punto de arrasar un edificio entero ni quién es la líder de un grupo de radicales sin facción que han matado a un chiquillo.

No tendría que mantener mi nombre en secreto para que nadie sepa que mi padre es el líder del consejo.

Después de una tragedia, podría volver a casa en vez de tener que venir aquí.

—La muerte de ese iniciado no ha sido por tu culpa —me tranquiliza—, así que no hace falta que te busques más penitencias.

—Ya sé que no lo ha sido.

—No, no lo sabes.

Hana se acerca. Lleva un pañuelo de seda negro en el cuello y los pendientes de su difunto esposo en las orejas. Es la viva imagen de la moderación y el sosiego, como si se dispusiera a asistir a un funeral de Abnegación en vez de Osadía.

La ceremonia por Al debe de estar a punto de comenzar.

—No pasa un año sin que fallezca alguien así —murmura—.

Esto nos recuerda que nadie sabe todo cuanto sucede en la vida de los demás, aunque creamos que sí.

Las personas son un misterio, y por eso conocerlas puede ser tan maravilloso.

Pero también nos arriesgamos a esto. —Agita una mano con despreocupación—. Esta confusión.

Ojalá le pudiera decir lo que pienso de veras, a lo que le doy vueltas desde que vi ese cadáver pálido que antes fue Al: que este fallecimiento, al igual que el de Amar, no es el resultado de ningún acto de autodestrucción.

Me parece de una casualidad imposible que Al fuera divergente, que Jeanine Mat­thews accediera al registro de su simulación y que ahora él esté muerto.

Sin embargo, si intento contarle a Hana algo así, pensará que estoy paranoico.

¿Para qué iba Jeanine Matthews a desplazarse hasta aquí a fin de inspeccionar la simulación de un iniciado?

¿Qué ganaría ella con la desaparición de un don nadie, un simple trasladado de Verdad al que, de todas formas, seguro que le faltaba poco para acabar descalificado?

Como no puedo explicárselo, ni siquiera lo intento.

Contempla las llamas artificiales que danzan en el centro de la habitación, pensativa.

—Te gusta interponer un muro entre tú y los demás —señala—.

Lo sé. Por eso te empeñas en tratarme de usted, pese a que hace ya dos años que mi hijo y tú os volvisteis inseparables.

—Me observa de reojo—. Sin embargo, no basta con eso.

Elegiste la sala de simulaciones porque te permite acercarte a los demás al tiempo que mantienes las distancias con ellos.

Intimidad sin vulnerabilidad. Eso es lo que significa para ti este lugar.

«Las simulaciones llegan al corazón de las personas, y eso es lo que tú quieres ver».

—Pero tú siempre serás vulnerable, Cuatro, porque la gente te importa. Y eso está bien. Así que baja y demuestra delante de tus iniciados hasta qué punto te importa. Te aseguro que será mucho más saludable que lo que sea esto que haces ahora.

Me siento como si se me hubiera quedado algo atascado en la garganta. Asiento.

—Enseguida —le prometo—. Antes tengo que… borrar el último registro.

Sin preguntarme por qué, me da un apretón en el hombro y me deja a solas.

«Siempre serás vulnerable, Cuatro».

Después de todo lo que me ha dicho, seguro que no era ese el mensaje con el que le habría gustado que me quedara, pero es lo que todavía resuena en mi cabeza de todas maneras. Espero a que el sonido de sus pasos se haya apagado antes de meter la mano en las llamas.

Necesito cerciorarme, eso es todo.

—Jeanine Matthews estuvo aquí anoche —comento—, accediendo a unos registros de simulación que no eran suyos. Enséñamelos.

Me encierro en la sala de simulaciones y la cocina de Al se despliega ante mí, como los pétalos de una flor que se abre. La bombilla solitaria en el techo. Los rincones en sombra. Su madre, en blanco y negro.

—Este ya lo he visto. ¿Consultó otros?

La cocina de Verdad se desintegra, dejándome a oscuras antes de que un paisaje familiar ocupe el espacio ante mí: la vegetación ondulante del pantano, con sus orillas fangosas que brillan al sol.

Me flanquean las rectas rigurosas de las calles de la ciudad.

Estoy en lo alto del Centro, azotado por el viento que sopla en todas direcciones.

Esta simulación es la mía.

Me estremezco de miedo y, por primera vez, no puedo echarle la culpa a la altura. Cierro los ojos y dejo que se mueva a través de mí.

Se me olvidó borrar esto del sistema.

Uriah vino a buscarme, me informó de que había problemas en la sala de entrenamiento y no me acordé de volver para eliminar estos archivos.

Así que Jeanine Matthews me ha visto acercarme al borde de la azotea y dejarme caer, lo que la deja con dos explicaciones posibles: o bien me siento tan cómodo con la idea de mi propia muerte que puedo abrazarla incluso en una simulación del miedo, o bien era consciente de que no podía morir de verdad porque sabía que estaba en una simulación.

Puede pensar que estoy valorando el suicidio… o que soy divergente.

—¿Ninguno más? —pregunto, preparándome para asistir a la simulación de Tris a continuación. Sin embargo, no cambia nada. La mía fue la última que consultó Jeanine Matthews.

+ + +

Al filo del abismo en el que ha muerto Al, experimento un pinchazo de nostalgia por los entierros de Abnegación. Moldear el ladrillo conmemorativo con tus propias manos. Acoger a la comunidad entera en tu casa y dejar que te llenen la cocina de platos. Un ritual sencillo y tranquilo.

Todo lo contrario que esto: discursos grandilocuentes sobre la próxima gran aventura de Al, como si todo el tiempo que estuvo aquí no se lo hubiera pasado muerto de miedo.

Sospecho que lo último que le gustaría tener en el más allá son aventuras.

Después, los cantos, la bebida… Todo apunta en la misma dirección: una fiesta por todo lo alto.

No me interesa esa parte, así que me retiro a mi apartamento tras brindar por la memoria de Al con Hana, Zeke, Uriah y Shauna.

Me lo tomo con calma. Hace calor esta noche. Viento. Una ráfaga barre los guijarros de lado a lado de la calle. Podría dormir con las ventanas abiertas para oírlo silbar entre los edificios.

Abro la puerta —que sigue sin tener echada la llave, puesto que no había vuelto por aquí tras salir corriendo esta mañana— y me detengo de golpe.

Tris está dentro.

Hojea los libros que tengo encima de la mesa.

Nada especial, tan solo el manual de instrucciones del ordenador de Osadía, una novela de misterio con la cubierta cayéndose a cachos, un antiguo himnario de Abnegación y un tratado sobre arte antiguo del que saqué la inspiración para el tatuaje que tengo en mi espalda…

Sin embargo, parece intrigada hasta que me oye llegar.

Se pone firme de golpe.

—Hola —saluda—. La puerta estaba abierta.

—No me digas que todavía no te han enseñado a forzar cerraduras.

—Estoy trabajando en ello, lo reconozco. Lo que pasa es que se me da regular.

Me apoyo en el marco.

—¿Y qué es lo que se te da bien, entonces? Para sus estándares, quiero decir.

Se encoge de hombros.

—Se me da bien fingir que soy de Osadía.

Se señala el atuendo: pantalones negros —pienso en sus piernas desnudas el día anterior y en la sorpresa de ver tanta piel blanca—, una camiseta negra, chaqueta negra y botas negras. Lleva el pelo recogido en una coleta y se ha sombreado los ojos con algo que realza aún más su color.

—Pues sí —afirmo—. Ya lo veo.

—También puedo convertirme en una estirada.

Corrige un poco la postura delante de mí. Redondea los hombros, agacha la cabeza y baja la mirada. Tan recatada como todas las chicas que me enseñaron a encontrar atractivas.

—Inquietante. No me digas que esa era la pinta que tenías en Abnegación. Me cuesta creerlo.

Esboza esa sonrisita distraída que denota que tiene en mente algo más y acorta la distancia, tan sigilosa como mi madre al acercarse a mi cama en el hospital. Tan sigilosa como una sin facción.

—¿Qué ha pasado? —pregunta—. Pareces…

No termina la frase.

—Uno de mis iniciados ha fallecido.

Se le borra la sonrisa. Permanece callada un momento.

—Qué horror —musita.

—No lo conocía tan bien.

—Aun así, me sigue pareciendo un horror.

Extiende la mano; sin tocarme, pero ofreciéndose a hacerlo.

Extiendo la mía a mi vez. No la tomo de la mano —estamos en el ángulo equivocado para eso—, pero sí que entrelazamos los dedos. Pienso en ese juego infantil de Abnegación, en el que los enredan hasta no saber de quién es cada cual.

Tris se queda mirando la unión de nuestras manos y adopta una expresión extraña que no sé interpretar.

—¿Qué te trae por aquí? —le pregunto.

—Ah. —Me suelta y se manosea el dobladillo de la chaqueta—. Creo que necesito ayuda con algo.

Mete la mano en el bolsillo y me enseña lo que había dentro.

—¿Una bala?

La cojo. Nunca he manipulado munición de verdad, solo agujas. Sin embargo, debo de haber visto a Zeke recargando su pistola en el muro por lo menos media docena de veces.

—Así que eso es —dice—. Me lo figuraba, pero tenía que comprobarlo.

—¿Por qué? ¿Dónde la has encontrado?

Se muerde el labio inferior y aparta la mirada.

—Estaba en una caja —replica—. Una caja transportada por los sin facción.

Cierro el puño alrededor de la bala. El temor hace que un escalofrío me recorra la espalda como si de una gota de sudor se tratara.

—¿Han robado munición letal de Osadía? —pregunto—. ¿Sabes por qué?

—Robert, el chico de Abnegación que falleció en la ceremonia de la elección, fue abatido por una bala. Pero esperaba que hubiera una sola pistola, la de alguien que iba por libre. —Se pasa las manos por el pelo—. Lo que no me esperaba era una caja llena de ellas.

«Robert». Ha pronunciado ese nombre como si lo conociera. Seguro que sí. Era de su edad. Estaba en Abnegación. Por un segundo, me parece ver como si se le llenaran los ojos de lágrimas. Después parpadea y desaparecen.

Suspiro como si estuviera soltando una carga con la que ya no puedo más.

Deposito la bala en la encimera de la cocina y pienso en la nota que mi madre me dejó en el armario, entretejida de recuerdos.

«El día más seguro», me pidió que me reuniera con ella, sabiendo que entendería lo que quería decir.

Como si todavía estuviéramos tan unidos como antes.

—Sabía que era una bala —confiesa Tris—. En realidad, no me hacía falta que lo confirmaras. Lo que pasa es que… necesito saber…

—Quieres saber qué clase de persona es mi madre. Si sería capaz de… —Señalo la bala—. Algo así.

—Sé que lo es. Lo que no sé es por qué. Puedo intuir cuál es su objetivo, pero…

—Yo sí —la atajo—. Yo sí sé por qué.

La miro y pienso en lo que me ha dicho antes Hana.

Eso de estar buscando intimidad sin vulnerabilidad.

Lo imposible que es, pues preocuparte por los demás siempre te va a volver vulnerable.

Me he aferrado a la relación de Tris con mi madre como si fuera un escudo que se interpusiera entre ambos.

Sin embargo, creo que esa no es la verdadera razón por la que guardo las distancias con ella.

Me da miedo intentarlo, entregarle una parte de mí; me da miedo todo lo que averiguaría sobre mí entonces.

El resplandor azul de sus ojos es más imperioso que reconfortante, como si me estuviera desafiando a decir algo. A hacer algo.

A arriesgarme.

—Te lo puedo enseñar —le sugiero.