Capítulo 39
TRIS
C UANDO MONTO EN EL TREN de vuelta al museo, lo hago descalza. No pienso volver a ponerme los zapatos de Erudición.
No estoy sola en el vagón. Me da un vuelco el estómago al ver las formas oscuras; la luz de la parte delantera que me habría alertado de la presencia de pasajeros osados está apagada, lo que significa que deben de ser sin facción.
Los reconozco en cuanto se me acostumbran los ojos a la oscuridad. Sentada en lo alto de una caja enorme, encorvada sobre las rodillas, está Pícara. La acompañan Gretchen y uno de los Zorros que no conozco.
—¡Tris! —Pícara me sonríe—. Esperaba que te arrestaran. Podrías haber continuado con la pintada que empecé en mi antigua celda.
—¿No ibas de erudita? —me pregunta Gretchen—. Creía que el osado era Lirón.
—Sí. Es que… tenía asuntos pendientes en Osadía.
—¿Asuntos que te han dejado descalza? —inquiere Pícara, con la mirada fija en mis pies.
—Sabes que los zapatos de Erudición solo valen para pasear por la biblioteca, Pícara. —Gretchen se vuelve hacia mí—. Menos mal que has cogido este tren. Va a detenerse para que podamos descargar esta caja.
Le pega una palmada al asiento de Pícara.
—¿Qué hay dentro? —pregunto.
Pícara se encoge de hombros.
—Cachivaches. Se los vamos a llevar a los Fabricantes.
El gremio de los Fabricantes hace de todo, desde muebles sencillos, como camas y sillas, a maquinaria compleja, como depuradoras de agua y paneles solares. Su base de operaciones está en el Museo.
—¿Volvió bien Christina? —pregunto.
—¿Quién es Christina? —añade el otro Zorro, un poco mayor que Pícara, a juzgar por su pelo plateado; se está pellizcando las cutículas.
Suspiro.
—Parchetazo.
—Ah, sí, fue muy rápida —dice Pícara—. Parece ser que se pasó toda la hora en no sé qué patio ajardinado sin que nadie le dirigiese la palabra siquiera.
Sonrío. Christina y yo habíamos intercambiado consejos sobre cómo pasar el rato en nuestras facciones de origen sin que nos vieran. Le aconsejé que buscara el huerto del que cuidaba Robert, sabiendo que los iniciados no estarían allí durante el día.
El tren aminora la marcha. Al fin y al cabo, el Museo no está lejos de la sede de Osadía.
Sin embargo, es la primera vez que el tren en el que viajo se detiene por completo.
El chirrido de los frenos es tan ensordecedor que todos nos tapamos los oídos a la vez.
El vagón se estremece con tanta violencia que Pícara tiene que sujetarme cuando me caigo contra su caja.
Entramos en el andén, cada vez más despacio, y paramos.
—¿Nos ayudas a sacar esto? —me sugiere Pícara, aunque yo, siempre lista para arrimar el hombro, ya había empezado a levantar una esquina.
Pícara cuenta hacia atrás y todos hacemos fuerza a la vez.
Pesa, pero el verdadero problema es lo incómoda de transportar que resulta la caja: primero por encima del hueco que hay entre el tren y el andén, y luego escaleras abajo.
Termino alzándola por encima de la cabeza, puesto que el chico que tengo al lado es más alto que yo.
Cuando llegamos a la calle, estoy empapada de sudor y sin aliento.
A partir de ese momento, todo es más fácil. Nos encaminamos al Museo por unas calles desiertas y llanas. Las patrullas de Osadía no suelen frecuentar esta zona de la ciudad, cerca del pantano, donde los trenes abandonados en la antigua playa de maniobras parecen esqueletos gigantes.
Cuando llegamos a la maraña de vías, tenemos que sortear los viejos vagones para alcanzar el túnel que nos conducirá al interior del Museo.
—¡Cuidado con las flores! —avisa Pícara, indicando con un gesto las flores blancas que hay en la entrada—. Son peligrosas.
Me muerdo la lengua para no soltar una palabrota cuando tropiezo con un raíl oxidado.
—¿Las zanahorias silvestres son peligrosas?
—Ah, pero es que esto no es ninguna zanahoria silvestre, sino cicuta.
Muy venenosa —me corrige Pícara, que a continuación suelta una broma acerca de despertar a los fantasmas que habitan en este lugar; los demás están tan ocupados riéndose por lo bajo que no se dan cuenta cuando algo pequeño y brillante se cae del contenedor.
Lo veo rebotar en el suelo y rodar hasta la maleza que crece en las vías.
Me siento aliviada cuando por fin dejamos la caja dentro del Museo, y más aún cuando puedo volver a ponerme mi ropa, que sigue allí donde la dejé. El calor de la cocina y el aroma de algo especiado y sabroso me atraen hacia la mesa del vestíbulo, pero no voy allí de inmediato.
Lo que hago, en cambio, es volver a las vías, donde he visto que se detenía el objeto brillante. Lo recojo del suelo y lo inspecciono a la luz de la luna.
Aunque no estoy segura, ya que es la primera vez que veo una con mis propios ojos, juraría que es una bala.
Toda la esperanza que empezaba a germinar en mi interior tras haber visto a Eric con la pistola se desinfla de golpe.