La sexta facción Capítulo 38
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Capítulo 38

CUATRO

D E CAMINO AL APARTAMENTO , me siento aturdido. Una vez en la cocina, me doy cuenta de que en realidad no tenía que venir aquí; solo se lo he dicho para prolongar el tiempo que nos quedaba juntos. Así que doy media vuelta y regreso al Pozo.

El recuerdo de su proximidad se reproduce una y otra vez, no solo en mi mente, sino en todo mi cuerpo.

Todavía aspiro su fragancia: a jabón de hierbas y aire silvestre.

Todavía noto el trozo de piel cálida que me presionó la mejilla cuando me giré para hablarle al oído, el mechón de cabello que me hizo cosquillas en la nariz mientras me apartaba.

Todavía me hormiguean los dedos con la necesidad de tocarla.

Sin embargo, lo cierto es que me da un poco de miedo.

A veces, cuando hablamos, todo es normal.

Fácil. Como cabría esperar de alguien que te gusta, aunque yo no sepa qué es eso, puesto que me mantengo alejado de todos, salvo de Shauna y Zeke.

Sin embargo, a veces sus palabras me hieren en lo más hondo, aunque no por crueles, sino por ciertas.

«Las simulaciones llegan al corazón de las personas, y eso es lo que tú quieres ver».

Aunque yo nunca lo habría reconocido en voz alta, es tan cierto que duele.

—¡Cuatro!

Zeke se acerca corriendo. Me encuentro al pie del camino del Pozo; la mitad de nuestra legión de iniciados se ha reunido al borde del abismo. Veo a Shauna pasándole una petaca a Mia, una trasladada de Cordialidad con la que habré cruzado diez palabras en los dos últimos años.

—Ya pensaba que ibas a faltar a la cita. —Pone los ojos en blanco—. Mierda. No has venido a propósito, ¿a que no?

Me río un poquito.

—No.

—Bueno, pues pega un trago de todas formas —dice Zeke—. Estamos brindando por la memoria de Amar.

Es eso, más que otra cosa, lo que me espabila de golpe. Ya han pasado casi dos años de la muerte de Amar, nuestro instructor de iniciación. Encontraron su cadáver justo antes de la última prueba. Se rumorea que se tiró, aunque yo no estoy tan seguro.

Murió poco después de confesarme que era divergente; risueño, como si no supiera lo que significaba eso.

Y en vez de investigar lo que pasó en realidad, hui asustado.

Rechacé la invitación de formarme como líder de Osadía y elegí un trabajo extraño y solitario donde era poco probable que se fijaran en mí.

Amar se merecía algo mejor. Sin embargo, no puedo viajar en el tiempo y cambiar el pasado.

Me acerco al grupo con Zeke; Mia me ofrece la petaca.

—Por Amar —brinda—, que nos ayudó a todos a sobrevivir a Eric.

Me esfuerzo por devolverle la sonrisa.

—Por Amar. —Y luego, un latido más tarde—: Que me puso mi nombre.

Mia me dedica una sonrisa torcida. Le pego un buen trago a la petaca, ignorando el ardor del licor en la garganta, antes de pasársela a Zeke.

Shauna se pone a mi lado y me pasa un brazo por los hombros, aunque le falta altura para llegar bien a ellos. Se me acerca un pelín demasiado —la percepción de profundidad de Shauna es lo primero que se va a la porra en cuanto bebe un poco de más— y pregunta:

—A ver, ¿y quién era esa con la que te he visto irte antes?

La observo de reojo.

—Nadie —replico.

—¿Alguna iniciada? —aventura.

—Una amiga.

Asiente con gesto teatral.

—Vale. Entendido.

—Nos estamos planteando muy en serio echar un juego de atrevimiento —me informa Zeke. Me rodea los hombros con el brazo por el otro lado para dejarme emparedado entre ellos. Le apesta el aliento a aguardiente casero—. ¿Te apuntas?

—Sabes que no puedo.

Zeke exhala un suspiro.

—Nada de sacar los pies del tiesto hasta que termine la iniciación. Entendido.

—A ver si los novatos van a descubrir que tiene una pizca de personalidad, Dios no lo quiera —bromea Shauna.

—No, si personalidad ya saben que tiene, lo que pasa es que lo toman por un gruñón seriote —matiza Zeke—. Pero eso es porque no lo han oído reírse como un bebé con su sonajero después de arrebatarles el estandarte a los veraces.

—Es que… Te desafío a leer ese emblema sin que se te escape la risa —replico—. «Solo si te desnudas ante tus amigos te convertirás en uno con ellos». Deberían darme las gracias por haberlo robado. Les acabé haciendo un favor.

Zeke sonríe.

—Vale. Pues nada de atrevimiento. Pero ¿nos vemos en el desayuno?

Asiento y los dos se alejan, dejándome con una liviandad extraña. Le digo adiós con la mano a Mia y los veo subir por el camino hasta lo alto del Pozo. Oigo el rugido del agua en el abismo a mi espalda y las carcajadas de las personas que acaban bañadas por las salpicaduras en la barandilla.

Me dirijo al comedor con la intención de cenar y veo a Tori sentada a la mesa en un rincón, sola, con un libro apoyado delante de ella. Es de mala educación interrumpir a alguien que está enfrascado en su lectura, pero no puedo evitarlo. Me acomodo en el asiento enfrente de ella.

Me mira con expresión sombría por encima del libro.

—Lo sé, lo sé. —Levanto las manos en señal de rendición—. Será tan solo un momento, palabra.

Tori suspira, dobla la esquina de la página por la que iba y cierra el libro. Parece un poemario, lo que me sorprende un poquito. Por otra parte, tampoco la conozco tan bien. Podría tener todo tipo de facetas ocultas.

—A ver, esa amiga mía, la de antes. ¿De qué la conoces?

Tori arquea una ceja.

—Supervisé su prueba de aptitud.

—Vaya. —Tamborileo con los dedos encima de la mesa—. ¿Recuerdas cómo fue?

Se encoge de hombros.

—Se produjo un error en el sistema y tuve que introducir los resultados a mano. Por lo demás, nada digno de mención.

Es buena embustera. Si no hubiera asistido a la simulación del miedo de Tris, podría haberla creído.

La simulación me dejó desconcertado. No como la de Al, cuya conexión con la realidad era evidente que seguía intacta —«En la realidad tú no me dirías jamás algo así»—.

Todo cuanto hizo Tris podría haber estado en su naturaleza; no la considero incapaz de asomarse al cañón de una pistola y desafiar a la persona que la empuña a apretar el gatillo.

Sin embargo, su forma de mirar a esa centinela de Osadía era extraña, como si estuviera calculando algo en vez de enfrentándose a una persona real.

Además, ¿no tendría todo el sentido del mundo que alguien como Tris fuera divergente?

—Acabo de someterla a una simulación del miedo —indico, adoptando el mismo tono de indiferencia que Tori—. Lo mismo, nada digno de mención.

Un destello de comprensión le ilumina los ojos.

No sé mucho de ella, pero el año pasado me llevó a un lado al comienzo de la iniciación para pedirme que estuviera pendiente de una de las trasladadas, una erudita con los ojos agigantados por el grosor de sus gafas.

Aunque no me explicó por qué, la petición me pareció tan urgente que accedí.

Solo que… en las simulaciones del miedo de la chica no pasó nada insólito.

Nada indicaba que hubiera que preocuparse por ella.

Luego me di cuenta de que se le daba muy bien seguir las indicaciones de Tori. Se le daba muy bien fingir que era normal.

—Yo que tú, borraría el informe —me sugiere Tori—. No conviene que los valores de una sin facción cualquiera alteren los datos.

—En eso mismo estaba pensando. Lo haré.

Abre el libro de nuevo, pero mantiene las manos en tensión allí donde sujetan las páginas, con las yemas de los dedos blanquecinas.

Salgo del comedor y cruzo el Pozo a paso ligero.

Diviso a Uriah, Marlene y Lynn en la barandilla, con algunos de los otros nativos de Osadía, intentando sin éxito ser discretos con la petaca.

Asciendo por el camino, esquivo a la mujer que siempre intenta venderme un piercing para la nariz —«¡Deberías acentuar tus rasgos más distintivos!

»— y subo hasta el vestíbulo de la Espira.

Camino de la sala de simulaciones, me tropiezo de bruces con alguien: Edward. Veo que tiene una mancha reluciente en el antebrazo derecho: el espray protector con el que se recubren los tatuajes nuevos. Intento distinguir la imagen de debajo, pero está demasiado distorsionada.

—Perdona —dice, sin aliento.

—¿Qué haces aquí?

—Iba a ver si podía entrar en una sesión de práctica. —Cuando se pasa la mano por el pelo, veo que el tatuaje de su brazo es una elaborada espiral geométrica—. Pero ya había alguien. Pensé que eras tú. No quería interrumpir, así que…

Frunzo el ceño. Las únicas personas con permiso para ejecutar una simulación del miedo sin supervisión son los líderes de Osadía: Harrison, Max o Eric.

—Iré a echar un vistazo —le digo—. Vuelve por la mañana y te conecto.

—Gracias.

Paso por su lado, camino de la antecámara en la que todavía oscilan las llamas. La puerta de la sala de simulaciones está abierta ahora.

Con el ceño fruncido, cruzo el espacio hasta la salida de emergencia de enfrente.

Las juntas de la puerta, integrada en la pared, resultan apenas visibles.

Está cerrada, aunque no a ras de la piedra que la rodea; alguien ha pasado por aquí hace poco y no se ha tomado la molestia de tirar con la fuerza necesaria.

De ese modo, ha salido de aquí sin cruzarse conmigo, sea quien sea.

Meto la mano en las llamas y noto el cosquilleo en la nuca que significa que estoy conectado al ordenador. Como de costumbre, no me hace falta hablar para decirle qué hacer, pero ayuda.

—Enséñame lo que estaba mirando la última persona que ha pasado por aquí.

Entro en la sala y la simulación comienza en cuanto cierro la puerta a mi espalda. Me encuentro en una cocina, con una sola bombilla en el techo. Una mujer sale de las sombras, vestida con el blanco y negro de Verdad.

Es la simulación de Al. Con la que tanto me aburrí antes.

—Para —ordeno—. ¿Quién ha accedido a este informe? ¿Me lo puedes mostrar?

El simulador del miedo es capaz de hacer muchas cosas que la gente ni siquiera sospecha. Puede enseñarme registros antiguos. Puede reunir a dos personas o más en la misma simulación. Y puede proyectar imágenes de la gente que ha accedido a él.

La escena de la cocina se desvanece y en su lugar aparece una mujer. Es alta y rubia, elegante con su atuendo cortado a medida. De no ser por su inmovilidad antinatural, pensaría que está en la sala conmigo.

Se trata de Jeanine Matthews. La líder de Erudición.