Capítulo 37
TRIS
R ECORRER LA SEDE DE O SADÍA hace que se me forme un nudo en el pecho.
Aunque nunca sabré cómo me habrían ido las cosas aquí, me basta con echar un vistazo para estar segura de que me habría gustado más que Abnegación.
Allá donde mire solo se ven personas en paz.
Consigo mismas, con los demás. A gusto con su risa, con sus palabras, con la cadencia de sus movimientos.
Ascendemos en silencio, hasta que Cuatro nos guía por un pasillo tranquilo y dobla una esquina que nos conduce a otro pasillo aún más solitario. Abre la puerta de la sala de simulaciones.
Lo primero que pienso es que este lugar parece sagrado, no sé por qué. Todo está a oscuras, salvo por el fuego que oscila en el centro de la habitación. Las sombras que proyecta sobre las paredes son retorcidas y extrañas.
Cuando Cuatro se acerca a las llamas, el resplandor se desliza por su frente severa y su nariz aguileña. Mete la mano en el fuego y ahogo un grito un segundo antes de darme cuenta de que no es real. Me mira.
—¿No te vas a presentar? —pregunta, apuntando con la cabeza a la convincente imitación que le envuelve la mano.
Extiendo las mías como si quisiera calentármelas ante la chimenea y las llamas bailan debajo de ellas. Incluso a esta distancia, la ilusión es perfecta, tanto que continúo esperando el calor.
—Con eso debería bastar.
Cuatro me indica que lo siga por una parte que da a una habitación vacía.
—¿Seguro que quieres hacerlo? Cuando inicie la simulación, no podrás escapar de ella hasta que te hayas enfrentado a tu miedo. Puede ser algo… perturbador. Hasta para mí, a veces, y eso que me limito a observar.
Paseo la mirada por las paredes de piedra, el suelo de piedra y el techo de piedra. Es como si hubieran tallado este lugar en el suelo.
—¿Qué fue lo que dijiste durante el incendio? Ah, sí: que soy más fuerte de lo que aparento.
Todavía lo estoy mirando a los ojos cuando la habitación se desvanece a mi alrededor. Cuatro es el último en desaparecer, iluminado su rostro por la bombilla solitaria que cuelga del techo.
De repente, veo que se materializa una mesa encima de la que hay una pistola apuntando a mi padre, que está frente a mí. Se le ve paliducho y enfermo, empapado de sudor y aterrado. Unas ligaduras le inmovilizan las manos sobre el regazo.
—No, por favor —implora.
Oigo un chasquido. Me giro para ver a una mujer con el uniforme de Osadía. Weaver, con un piercing en la ceja y la garganta tatuada. Y con una pistola apoyada en mi sien.
No es de agujas. Esta es de las grandes, más sólida. Sin franjas luminosas. No, esta pistola está cargada con munición letal, al igual que la de la mesa que tengo delante.
El temor es un lastre. Noto como si todas las partes de mi ser pesaran una tonelada, porque sé qué es lo que la simulación espera de mí.
—Hazlo —dice Weaver.
—¿Qué?
—Que cojas el arma y lo hagas.
Sé que la pistola que empuña no es de verdad.
Sé que nada de todo esto es real; no es más que un montón de símbolos conjurados por mi mente para aproximarse a lo que más temo de veras.
Hacerle daño a mi padre, quizá. Traicionar a mis seres queridos.
Convertirme en alguien irreconocible. No sé bien qué, pero se me acelera el corazón cuando el cañón helado de la pistola me presiona contra la sien. Me aparto de la mujer.
—Hazlo —insiste con los dientes apretados— o te mato.
«No es real —pienso—. No es real».
—No te atreverás —replico con voz temblorosa.
Me apoya el arma con más fuerza en la sien, tanto que me duele. Me tenso, aprieto la mandíbula y espero a que suene el disparo. ¿Dolerá morir en una simulación? Ni idea.
Sin embargo, en vez de apretar el gatillo, lo que hace es apartarme la pistola de la cabeza con un gruñidito de frustración y rodear la mesa para acercarse a mi padre. Lo interpone entre ambas y le apunta a la nuca.
—Si no lo haces tú —masculla—, lo haré yo.
Mi padre se acobarda, se encoge y cierra los ojos con fuerza.
Tomo el arma de la mesa y la empuño, pensando en la pistola de dardos con la que he practicado en la Colonia. Mi única oportunidad de evitar que le dispare a mi padre pasa por apuntar a la diminuta fracción del cuerpo de Weaver que asoma por encima de su hombro.
Me tiemblan tanto las manos que no sé cómo no se me resbala el arma. Pesa más que la pistola de dardos y cuesta más mantener firme el pulso. Intento recordar los consejos de Colin para apuntar bien, pero es como si me hubiera quedado en blanco.
—Cinco —empieza a contar—. Cuatro.
—Que te den.
Tengo que disparar; sé lo que ocurrirá si lo hago. Por mucho que apunte, recibirá un impacto de bala, sangrará, se desplomará. Morirá. Y eso, en el mejor de los casos.
Procuro acompasar la respiración. «Esto no es real. Esto no es real».
—Tres —dice—. Dos.
—¡No!
—Uno.
Mi disparo sale desviado. Le acierto a mi padre en el hombro y la mancha de sangre que mana de la herida se extiende por toda su camisa.
También Weaver aprieta el gatillo, justo contra la nuca de mi padre, cuyos ojos se vuelven tan ausentes como los de una muñeca al tiempo que se le abre la boca, desencajada.
Cuando cae, veo el orificio de entrada de la bala de Weaver.
Grito. Me desgañito hasta asustarme yo sola.
Golpeo la piedra fría con la espalda y me encorvo, me rodeo el vientre con los brazos.
He cerrado los ojos y no quiero abrirlos, no puedo soportar tanta sangre, la sangre de mi padre, el cuerpo de mi padre tirado en el suelo. Las lágrimas me abrasan los ojos.
—Eh. —Pego un respingo ante el roce de una mano en mi brazo—. Tris. Tris, se acabó.
La voz de Cuatro, grave y serena.
Abro los ojos y el cadáver de mi padre ha desaparecido, la mujer de Osadía ha desaparecido, la pistola ha desaparecido. Cuatro está delante de mí, algo agachado para mirarme a los ojos. Tengo las mejillas surcadas de lágrimas.
—Déjame ver esas manos —me ordena.
Tengo los puños apretados. Él los toma con sus manos y me afloja los dedos. Noto sus palmas cálidas y curtidas contra las mías, sus dedos esbeltos.
Cuando lo miro de nuevo, un rubor incipiente me cosquillea en la nuca al pensar en lo ridícula que debo de parecerle a este chico de Osadía que pasa por las simulaciones del miedo a diario, el mismo que, desafiando su fobia a las alturas, se encaramó a una noria sin pestañear.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Asiento, aunque no es verdad. Noto una opresión en el pecho. Se me ocurre que nunca conseguiré borrar esas imágenes de mi mente. Estarán siempre ahí, aguardando el momento de aflorar a la superficie.
—Lo has hecho bien —dice, aunque tiene el ceño fruncido, como si no fuera del todo exacto.
—Ya, seguro que sí. —Me paso las manos por la cara para secarme las mejillas—. Se me ha ido la pinza.
—Tenías miedo, como es lógico. Sin embargo, has conseguido salir en un tiempo récord.
—¿En serio?
Asiente.
—¿Sabes qué te diría si fueras uno de mis iniciados? Que mejorases la puntería.
No parece que se esté burlando de mí. Me observa con gesto serio, como si me analizara.
—¿Te imaginas lo fácil que habría sido esta simulación si hubieras podido empuñar esa pistola con seguridad?
Me quedo pensativa un momento. Si me hubiera sentido segura con la pistola, creo que la habría agarrado en cuanto la mujer se apartó de mí.
—Las habilidades que aprendemos en el mundo real rebajan la dificultad de las simulaciones del miedo —continúa Cuatro—, y estas nos ayudan a estar listos para actuar en el mundo real.
Como su ascenso a la noria. Debe de ser el corazón del saber de Osadía: experimentar el miedo y aprender a desembarazarte de él, a estar siempre listo para actuar, hasta que el valor se convierta, no en una elección, sino en una costumbre.
Titubea antes de decir:
—Parecías estar bastante segura de que la mujer no te iba a hacer daño. ¿Por qué?
De súbito, entiendo cuál es el problema. Si me he resistido a Weaver, si la he desafiado a dispararme, es porque sabía que la simulación no era real. Porque soy divergente.
Me encojo de hombros.
—Bueno, ¿para qué iba a matarme? Entonces no podría conseguir lo que quería que hiciera. —Cuatro entorna un poco los ojos—. ¿Cuál crees que es mi miedo real? —le pregunto, desesperada por cambiar de tema—. Sé que no hay que darle una interpretación literal.
Se pasa una mano por el pelo corto.
—No sé. Pensaba que sería algo sobre la lealtad, pero…, al final, creo que iba de competencia, más bien.
—Competencia.
—Temes no ser capaz de llevar a cabo lo que debes hacer cuando debas hacerlo. —Me observa con gesto pensativo—. Lo cual tiene gracia, la verdad. Porque eres una de las personas más competentes que me haya echado a la cara.
Resoplo sin poder evitarlo.
—Si escapé con vida del incendio fue por los pelos, porque era incapaz de levantarme a pulso. ¿Te parece que eso es ser competente?
Guarda silencio durante unos segundos.
—Escapaste con vida del incendio y te levantaste a pulso —enumera—. Atravesaste las llamas por aquella niña. Afrontaste todos los retos. Fue asombroso. —Titubea antes de añadir—: Eres asombrosa.
Me recorre una oleada de calor, pero no se trata de vergüenza esta vez. Lo observo como si no quisiera apartar nunca la mirada de él.
Carraspea.
—Bueno, pues… ya has visto cómo son las simulaciones del miedo. A nadie le gusta este sitio. Piensan que me falta un tornillo por disfrutar con este trabajo.
—Lo entiendo. Por qué te gusta, digo. —Arquea una ceja—. Las simulaciones llegan al corazón de las personas, y eso es lo que tú quieres ver. De lo contrario, no confías en ellas. Quizá no confíes en nadie de todas maneras.
Desde el principio, ha recelado de mí. Ha recelado de mis motivos, de mi relación con su madre, de todo. Pero el recelo es una especie de ansia, un afán de verdad. De lo que es real. No puedo culparlo por eso, y menos cuando una de las personas que más quería lo ha engañado durante tanto tiempo.
Hace una mueca, como si le doliera algo. Como si lo que acabo de decir lo hubiera lastimado, aunque no entiendo cómo. Cruza los brazos y se mira los pies.
—Debería acompañarte fuera —dice—. Ya casi es la hora de cenar y…
—Ya. Vale.
Los dos salimos de la sede de Osadía en silencio. Cruzamos el vestíbulo de cristal del alto edificio que hay encima del Pozo y, aunque espero que me deje allí, continúa avanzando en dirección al andén.
Ya ha oscurecido, tanto que los Zorros estarán pensando que me han detenido y que he delatado a su gremio. Sin embargo, el aire todavía es caliente y las luciérnagas dispersas salpican la calle de luz.
—Quizá podamos llegar a un acuerdo —propongo.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Prometo no intentar convertirte en un sin facción, siempre y cuando tú prometas creerme cuando te aseguro que tengo mis propias razones para actuar así.
Es una especie de ofrenda de paz.
Se detiene y me tiende la mano.
Se la estrecho. Me maravilla lo pequeña que hace que parezca la mía.
—Conozco el camino, ¿sabes?
—Seguro que sí. —Puedo oír la sonrisa en su voz—. Pero es que vivo aquí.
—Ah. —Hemos llegado a la entrada del edificio—. Bueno. Pues gracias.
Asiente y frunce el ceño, como si estuviera intentando tomar una decisión sobre mí.
—Casi lo hago —habla al fin.
—¿Casi haces qué?
—Confiar. Casi consigues que me fíe de ti.
Luego se agacha y me da un beso en el pómulo.
No me muevo. Ni respiro siquiera.
—Vuelve otro día —dice antes de apartarse.
Todavía siento sus labios aleteando justo contra el contorno de mi mandíbula.
Sin pronunciar una palabra más, se da media vuelta y se pierde de vista en el interior del edificio junto al que nos habíamos detenido.