Capítulo 36
TRIS
E MPUJA CONTRA MI PECHO con tanta fuerza que se me corta la respiración.
—Me… —Los aros de su labio relucen. Veo una cara conocida por encima de su rostro y grito sin pensar—: ¡Uriah!
Uriah, que acababa de empezar a bajar por la escalera del Pozo, cruza la mirada conmigo y veo miedo en sus ojos, aunque no sé qué lo asusta más: mi presencia en la sede de Osadía o el castigo al que me somete Eric.
Rechino los dientes. O me delata, contándole a Eric que soy una abandonada y que este no es mi lugar, o… miente por mí.
—Beatrice —dice, separándose del grupo para trotar a nuestro encuentro; conozco de la escuela a las dos chicas que lo acompañan, Lynn y Marlene—. ¿Qué sucede?
Eric me fulmina con la mirada.
—¿Conoces a esta? ¿Es una osada?
—Pues claro —responde Uriah—. Es…
—Es que tengo quince —lo interrumpo—. Quince años. Por eso no me han dado a elegir todavía.
Aunque Eric me quita el brazo del pecho, no da un paso atrás.
—Te he visto… —Se calla. No puede admitir dónde acaba de verme, no delante de Uriah. Baja la mirada a mi atuendo—. Acabo de verte bajar de un tren. ¿De dónde venías?
Agacho la cabeza, cohibida, con la esperanza de que mi actuación esté siendo convincente e intento fijarme en la pistola que lleva al costado; sin embargo, enfundada como está, no sabría decir si es de agujas o no.
—He ido a ver a mi hermano —contesto, ignorando el vacío en mi estómago—. Eligió hace un par de meses, no pudimos vernos el Día de Visita y lo echo tanto de menos que pensé que a lo mejor podía colarme en la sede de Erudición y…
Eric levanta una mano para que me calle.
—Sabes que va contra las reglas entrar sin permiso en la sede de las otras facciones, sobre todo para ver a un nuevo iniciado.
—He sido una tonta. —Ojalá supiera llorar a propósito; si he aprendido algo sobre los chicos es que no saben dónde meterse cuando una chica derrama lágrimas delante de ellos. Sorbo con fuerza por la nariz, como si me costara contener el llanto—. Lo siento.
Pone los ojos en blanco.
—Me da pena el futuro de esta facción. Que no vuelva a pillarte infringiendo las normas, ¿entendido?
Parpadeo muy rápido unas cuantas veces seguidas y asiento.
Obedezco cuando me ordena que me vaya con un ademán. Me aparto de la pared y me alejo de él trastabillando por el camino.
Uriah me alcanza y señala con el dedo a una mujer que se ha instalado en un hueco de la pared, junto a su carreta, para vender pan crujiente. Las hogazas huelen de maravilla; me pregunto si podría robar alguna sin que me pillaran.
A veces no me reconozco.
—Gracias por lo de antes —le comento a Uriah.
—Eric es un capullo, por eso te he echado una mano. Pero como no me cuentes qué haces aquí, de verdad, tendré que sacarte del edificio. —Me mira de arriba abajo—. Presiento que ya no estás en Abnegación.
Niego con un gesto.
—No iba conmigo.
Se le escapa la risa.
—¿Que no iba contigo? Pero si lo elegiste tú, ¿no?
—Y tú fuiste el que me preguntó si no había pensado en solicitar el traslado —replico—. Bueno, pues era casi lo único en lo que pensaba. Pero me equivoqué de elección.
Cruza los brazos y exhala un suspiro.
—Lo siento —dice—. Me parece horrible. Sin embargo, sigo sin poder… Por cierto, ¿qué haces aquí?
—He venido para… —«Piensa más deprisa», me digo; en mi cabeza, las palabras resuenan con la voz de Botas—: Ver a Cuatro.
Uriah arquea las cejas.
—¿Para ver a Cuatro? ¿Por qué?
No quiero que sus secretos salgan a la luz. Sería injusto devolverle así el favor después de todo lo que me ha ayudado, pero la única excusa plausible que se me ocurre tiene que ver con mi antigua facción.
Por suerte, a Uriah también.
—Ah. Os conocéis de Abnegación.
Asiento.
—No hace ni media hora que lo he visto en el estudio de tatuajes —informa Uriah—. Seguro que sigue allí. Vamos.
+ + +
Los tatuajes nunca me han llamado la atención. A diferencia de otros aspectos de la identidad de Osadía contra los que mi padre despotricaba —incluidos los piercings—, los tatuajes lo dejaban indiferente. Ahora me doy cuenta de que debía de ser porque mi madre tiene alguno.
Entro en el estudio, me detengo y contemplo las paredes cubiertas de dibujos desde el suelo hasta el techo.
Trazos gruesos negros, intensos. Flores detalladas y delicadas.
Ilustraciones de animales tan realistas como las que solo se ven en los libros.
Colores abstractos. Podría pasarme aquí horas y seguiría sin abarcarlo todo.
Hay dos sillones reclinables, como el de la prueba de aptitud.
Uno está vacío y el otro ocupado, pero no por Cuatro, sino por una mujer mayor con una pierna al descubierto para que un hombretón imponente, cubierto de tinta, deslice la aguja de tatuar sobre su muslo desnudo.
Ninguno de los dos me presta la menor atención.
Al fondo de la habitación hay una cortina que divide el espacio.
Aunque es negra y casi opaca, distingo algo de movimiento detrás.
Uriah se ha parado a hablar con la mujer del sillón —deduzco que se conocen—, así que nadie está pendiente de mí.
Noto el anzuelo de la curiosidad clavado en el esternón, tirando de mí. Aparto un poco la cortina y me asomo.
Detrás hay un cuartito poco mayor que un armario.
Veo a una mujer de pelo negro sentada en un taburete, con una aguja en la mano, y junto a ella un chico sentado a horcajadas en una silla, con los brazos en el respaldo y la cabeza ladeada.
Como está desnudo de cintura para arriba, lo inesperado de encontrarme con tanta piel me impide identificar de inmediato a Cuatro.
Debería apartar la mirada. Es lo que me ha enseñado toda una vida de lecciones sobre el recato. Sin embargo, no quiero.
Lo que quiero es ver cómo la luz macilenta de la bombilla del techo se desliza sobre el paisaje de sus hombros. Quiero admirar la orografía de sus brazos, tan musculosos. Quiero trazar los negros contornos de ese tatuaje que hasta ahora solo había podido atisbar en su nuca.
Dios. Es precioso.
Noto calor en la cara, pero no por vergüenza. Verlo ha prendido una chispa dentro de mí y ahora es como si ardiera.
Entreabre los labios como si se dispusiera a decirle algo a esa mujer que ahora se agacha sobre su espalda para inspeccionar el trabajo, y sus ojos, siempre alerta, se clavan en los míos.
Con esta luz parecen rescoldos oscuros. Debería sentirme cohibida ahora mismo.
Me ha pillado mirándolo. Lo que hago, en cambio, es aguantar su escrutinio.
Como le dije a Colin, que Cuatro posea un atractivo excepcional no es debatible, sino un hecho.
Y no me pienso poner colorada por reconocer la verdad.
Cuando endereza la espalda, reconozco a la mujer que lo está tatuando: Tori, que ahora frunce el ceño, suelta la aguja y se acerca a la cortina.
—¿Te crees que esto es de adorno? —masculla mientras la aparta. Se me queda mirando. Tarda un instante en reconocerme—: Ah. Eras tú.
—Tori —dice Cuatro a su espalda, solo que me cuesta pensar en él como «Cuatro» cuando está así de… expuesto. Su nombre, su verdadero nombre, aflora una y otra vez en mi mente—. No pasa nada.
Ella entorna los párpados, pero se aparta. Miro de reojo a Uriah, que me hace un gesto con las manos para animarme a cruzar la cortina. Esta vuelve a caer en su sitio a mi espalda.
—De todas formas, ya estaba acabando —anuncia Tori—. Ni siquiera voy a preguntar qué hace una chica de Abnegación en la sede de Osadía con una camiseta puesta como si fuera un vestido. Sea cual sea la respuesta, no quiero saberlo.
—Mejor.
Cuatro no me quita la vista de encima. «Todavía desconfía de mí», pienso, o quizá observe así a todo el mundo. Sin embargo, me asalta la necesidad imperiosa de contarle algo. De lo que sé, de lo que quiero saber. De la verdadera opinión que me merece su madre.
Tori se gira, abre un cajón, saca un bote de algo que no reconozco, le quita la tapa y rocía la espalda de Cuatro justo donde estaba dibujando hace tan solo un instante.
—Listo. No te entretengas, Cuatro.
—Descuida.
La tatuadora me observa con curiosidad antes de pasar por mi lado camino de la parte principal del estudio. Cuatro y yo nos quedamos a solas.
Su mirada se posa en la prenda que llevo puesta, primero, y después en mis piernas desnudas. Su expresión es inescrutable. Recoge la ropa que le falta, colgada en el respaldo de la silla en el que antes tenía los brazos.
—¿Lo puedo ver? —pregunto. No sé de dónde habré sacado el valor necesario, pero es que siento curiosidad por su tatuaje desde la primera vez que lo vi asomando por debajo del cuello de su camiseta.
Titubea, se me queda mirando un momento y suelta la ropa de nuevo.
—Bueno.
Me tiemblan las rodillas. Lo rodeo y veo que se le tensan los músculos con cada paso que doy, como si ser observado lo pusiera más nervioso que a mí el observarlo.
El tatuaje es un brochazo de tinta negra sobre piel blanca que se le extiende por toda la columna, una imagen ininterrumpida que un segundo después reconozco como los símbolos de las facciones entrelazados.
Al pie, las raíces del árbol de Cordialidad; las ramas se extienden hacia arriba hasta mezclarse con la balanza de Verdad, con los platillos descompensados.
Sobre el más elevado de ellos flota el ojo de Erudición.
Su mirada está fija arriba, en la cuna que forman las palmas generosas de Abnegación.
Y reluciendo en ellas, las llamas de Osadía, que le acarician las vértebras.
Extiendo la mano para rozarlas con la punta de los dedos. Le arde la piel, como si su tatuaje estuviera dotado de vida.
Se estremece al contacto. Me aparto.
—Perdona.
—No pasa nada. —Sin embargo, parece… en tensión. Desenreda la camiseta y se la pone, cubriendo el tatuaje por completo, salvo por las crestas más altas de las llamas de Osadía. Yergue la espalda y su mirada rehúye la mía—. Lo que pasa es que… no invito a mucha gente a mirarme.
—Pues no entiendo por qué —replico sin que me dé tiempo a morderme la lengua.
En algún rinconcito de mi cabeza sé que eso debería haber sido una broma. Sin embargo, hablo muy en serio. La sorpresa le arquea las cejas. Al final es eso, más que todas las miraditas previas, lo que consigue que me aturulle.
—Bueno… Conque los símbolos de las facciones, ¿no?
—Pues sí. Por eso tengo que venir aquí para que me den los últimos retoques. Ahí fuera sería una imagen polémica.
Me quedo pensativa un momento. Los sin facción entonan «muerte a las facciones» desde los tejados, atacan los centros de detención y le prenden fuego a Verdad.
Cualquiera diría que lo polémico debería ser su símbolo, con sus flores blancas, no este tatuaje que proclama la unidad entre las facciones.
—Debería honrar mi propia facción —dice—. Debería profesarle una lealtad absoluta a este sitio; debería primar el valor por encima de cualquier otra virtud. Solo que… —Se encoge de hombros—. No lo hago, supongo.
Pienso en lo que me dijo Tori después de la prueba de aptitud.
«Tu forma de ser desestabiliza las cosas».
Se refería a ser divergente, al modo en que había interactuado con la simulación, pero sus palabras también se aplican aquí.
Los osados deben pensar como osados, actuar como osados, creer en Osadía.
Eso es lo que significa formar parte del sistema.
Y si él no lo hace, será una fuente de inestabilidad tan grande como yo.
—Bien —observo.
Le tiembla la comisura de los labios, como si quisiera reírse, pero se lo hubiera pensado mejor.
—¿Qué haces aquí, Tris?
Me lo quedo mirando un segundo antes de decir:
—Es adonde me ha traído Eric al seguirlo desde la sede de Erudición.
Frunce el ceño.
—¿Y qué hacías tú en la sede de Erudición?
—Eso no voy a contártelo. ¿Qué hacía Eric allí?
—Es su facción de origen —explica Cuatro—. No me extrañaría que hubiera roto sus propias reglas para ir a ver a su familia o a sus amigos. —Hace una pausa—. A su familia, más bien. Porque estoy seguro de que nunca ha tenido amigos.
—Se reunió con Jeanine Matthews.
Eso parece llamar la atención de Cuatro.
—¿Para qué?
—Eso digo yo. Tenía entendido que los representantes de las facciones no suelen reunirse fuera de las asambleas ordinarias del consejo. Y cuando lo hacen, el portavoz de Osadía no es él, sino Max Young.
Cuatro frunce el ceño. Si se le ocurre alguna explicación para el encuentro entre Eric y Jeanine, no la comparte conmigo. Lo que dice es:
—Entonces, ¿lo has seguido hasta aquí y luego… has decidido has decidido hacer una parada en el estudio de tatuajes?
Me encojo de hombros.
—A lo mejor es que quería darte las gracias, por ayudarme después del incendio.
Suspira como si lo hubiera decepcionado.
—No. No has venido hasta aquí tan solo para darme las gracias.
Tardo unos segundos en darme cuenta de lo que sugiere. Sin embargo, cuando se trata de mí, Cuatro solo sospecha una cosa: que todo cuanto hago está dirigido a conseguir que deserte.
—Crees que me envía Evelyn —comento.
—¿Insinúas que no es así?
—Es verdad que me pidió que, si se me presentaba la oportunidad de verte otra vez, la aprovechara —confieso—. Pero no estoy aquí por eso.
Continúa sin bajar la guardia del todo; no lo culpo.
Desconozco lo que es que te mientan como han hecho con él: no solo su madre, sino también su padre e innumerables miembros de su comunidad que sabían que no había ningún cuerpo que enterrar, ninguna madre muerta a la que llorar.
Aunque ignoro el origen de sus suspicacias con Evelyn, entiendo que le cueste tanto confiar en los demás.
Allí de pie, delante de él, se me ocurre que nuestra relación dejó de ser equitativa cuando averigüé su nombre real. A partir de ese momento, supe qué era lo peor que le había pasado. Él de mí, en cambio, solo sabe lo que yo le permito conocer.
Tomo una decisión sin pensarlo dos veces.
Voy a mostrarle algo. Algo real.
—Me dijiste que eras supervisor de las simulaciones del miedo. ¿Significa eso que ves los temores de los demás?
—Pues… sí. ¿Por?
Pienso en lo que me contó en la noria, justo antes de que se declarara el incendio. En aquel momento, me pareció una ofrenda.
Así que se la devuelvo.
—Porque voy a confiar en ti —le aseguro— y dejarme llevar.