La sexta facción Capítulo 35
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Capítulo 35

TRIS

S HAWN ME SACA DE LA SEDE DE E RUDICIÓN , pero no por donde yo había accedido, sino que me conduce hasta un montacargas situado en la parte trasera del edificio, el cual me deja en un pasillo que desemboca en el callejón.

Cuando se gira para marcharse, le pregunto la hora y me responde que son las seis en punto: he conseguido pasar sesenta minutos seguidos en la sede de Erudición.

Así que, a efectos prácticos, he superado la prueba de los Zorros: he conseguido aguantar aquí una hora sin que me arresten. Espero que lo vean así.

El pasillo en el que estoy huele a basura.

Salgo corriendo y distingo una forma oscura al fondo del callejón. Lo veo de perfil cuando se vuelve para tomar la calle: se trata de Eric, el líder osado.

Vuelvo a preguntarme qué estará haciendo aquí.

¿Para qué querría un líder de Osadía —un líder de Osadía que no es Max Young, su portavoz oficial— reunirse por su cuenta con Jeanine Matthews?

Aunque esto no tiene nada que ver con mi misión de acercarme a Evelyn, un instante después se me corta el aliento al reparar en algo que no llevaba antes encima.

Una pistola.

No es inusitado que los de Osadía vayan armados, pero no he podido ver si su arma luce la franja iridiscente propia de las pistolas de agujas… o si se trata de un arma letal, sacada del muro.

Desde el principio he dado por sentado que el ataque contra la Ceremonia de la Elección fue obra de los abandonados.

En ningún momento me había parado a pensar que ellos no son los únicos que tienen acceso a las armas del muro.

Tenía tantas ideas preconcebidas sobre los sin facción que al final han resultado ser falsas…

¿Y si esta no es más que otra de ellas? ¿Y si la pistola no fuera suya?

Aunque me parezca descabellado, eso explicaría lo que he estado viendo: que los sin facción, las personas que me han acogido, animado y convertido en una de los suyos desde el principio, no parecen violentos en absoluto.

Si sigo a Eric, quizá pueda averiguar qué tipo de arma lleva encima.

Corro hasta el fondo del callejón y me asomo a la esquina.

Eric se aleja al trote del sector de Erudición y espero a que llegue al final de la manzana antes de salir corriendo tras él.

Aunque no puedo estar segura, sospecho que se dirige al andén más cercano. Cuando él tuerce a la izquierda en la primera intersección, yo lo hago a la derecha y esprinto. Si consigo llegar a la parada antes que él, podré subirme al tren sin que me vea.

Aunque estos zapatos no están pensados para correr, hago caso omiso de mis talones doloridos y de las protestas de mis pulmones, todavía en proceso de recuperación.

Estoy en la escalera cuando oigo el murmullo que presagia la llegada del tren.

Está casi en la estación, aminorando, pero sin detenerse, cuando logro llegar al andén.

Corro en paralelo al cuarto vagón, pues ahí es donde estará la bolsa de emergencia de los sin facción. Maldigo mi enclenque calzado mientras agarro el asa; se me han roto los tacones y estoy a punto de perder un zapato cuando me introduzco a trompicones en el vagón.

Acudo directa a la parte frontal y golpeo el panel abollado de la pared hasta que se abre. La mochila que hay dentro está casi vacía; la única prenda de color negro que contiene es una camiseta gigante.

Con un suspiro, me quito el vestido de Erudición, lo guardo en la mochila y me pongo la camiseta.

Es tan grande que me llega hasta medio muslo.

Noto el aire frío en las piernas desnudas.

Me quito la goma del pelo y lo sacudo para soltarlo.

Me cae sobre los hombros, moldeado aún por la trenza. Tendrá que servir.

Miro a mi espalda. El día toca a su fin, pero aún hay luz de sobra para ver a Eric corriendo junto al tren. Sube por delante de mí, en el primer vagón.

Cuando nos aproximamos a la sede de Osadía, me agazapo junto a la puerta y, cuando Eric salta, espero hasta haber llegado casi al final del andén antes de hacerlo yo.

He memorizado un mapa de la sede de Osadía, pero eso no significa que sepa dónde están todas las entradas y salidas, por lo que camino con pies de plomo, sin perder a Eric de vista. No distingo el arma desde esta distancia, por lo que tendré que encontrar la manera de acercarme a él.

Pasa por delante de la puerta del edificio de cristal que se yergue en lo alto del Pozo y se mete en un callejón próximo. Oigo crujir la madera cuando sube por la escalera de emergencia del edificio de ladrillo y lo sigo. Si entro en ese edificio, no sé cuánto tardarán en pillarme.

Por eso, es una suerte que se detenga en el rellano de la segunda planta.

—¿No había otro lugar de reunión más expuesto? —pregunta.

Desde este ángulo no puedo verlo, ni a su interlocutor, pero me agazapo bajo las escaleras para escuchar a hurtadillas.

Tiene la voz tan grave que consigo entender la mayoría de sus palabras, aunque no todas.

—El tiempo se agota —dice Eric—. Así que más te vale proporcionarme un nombre cuanto antes, de lo contrario…

Hace una pausa mientras escucha a la otra persona. Yo no oigo nada, lo que significa que su voz debe de ser más aguda… ¿Una chica, quizá? O puede que se trate de alguien que habla más bajito, eso es todo.

—Sabes que no me es posible. Debo… guardar las apariencias.

Noto la grava a través de la suela de los zapatos. Hay dientes de león por los alrededores, creciendo en las grietas del pavimento, tan altos que me rozan las pantorrillas.

—Hazlo de una vez —insiste Eric—. El plazo no es prorrogable.

«¿Para qué? —me dan ganas de gritar—. ¿Para qué es esa fecha de entrega?».

Por poco esclarecedor que sea esto, me sugiere una cosa: que Eric forma parte de un plan mayor. Lo que significa que puede que haya volcado mis sospechas sobre las personas equivocadas desde el principio.

Oigo pasos en los escalones de madera y me escabullo hacia el fondo del callejón. Sin embargo, va más deprisa de lo que pensaba y dobla la esquina antes de que me pueda sumar al corrillo de osados que hay en la entrada. Llamo mucho la atención así sola.

—¡Eh! —exclama.

Sopeso mis opciones. Podría seguir caminando e intentar despistarlo en la sede de Osadía. O podría dar media vuelta e inventarme cualquier excusa para salvar el pellejo.

Si me giro, estará lo bastante cerca como para averiguar lo que busco. Pero aquí estoy demasiado expuesta.

Ni salgo corriendo ni me encaro con él, sino que, confiando en que me siga, esquivo a una de las chicas de Osadía que están junto a la entrada del edificio de cristal y me dirijo a las escaleras que conducen abajo, al Pozo. Aunque no haya estado aquí antes, solo hay un camino que lo bordea.

Llego al pie de las escaleras, donde empieza el camino de piedra que discurre junto al Pozo.

Una mano se cierra sobre mi hombro y me da la vuelta.

Ahogo un grito, dolorida por la brusquedad del movimiento, antes de que Eric me empuje contra la pared.

Su brazo es como una barra metálica apoyada en mi pecho.

Está tan cerca que puedo olerle el aliento.

—¿Y tú qué narices haces aquí? —me pregunta.