Capítulo 34
TRIS
T ODO ES DE COLOR BLANCO en el despacho de Jeanine Matthews.
Suelos de baldosas blancas, paredes pintadas de blanco, techos altos también blancos.
Frente a la puerta se extiende una fila de ventanas con vistas al pantano y, delante de ellas, una mesa de cristal, vacía, con una pantalla portátil encima.
Cuando entro, sale un chico. Va vestido de negro de arriba abajo y tiene el rostro tachonado de metal en tantos lugares que no podría contarle todos los piercings, aunque lo intentara.
Me giro para observar su partida. No sé qué pinta un chico de Osadía en la sede de Erudición, y menos aún en el despacho de Jeanine Matthews.
Un instante después me doy cuenta de que sé quién es ese osado, basándome en la descripción que Christina me ha hecho de él. Eric. Uno de los líderes de Osadía. El joven.
Me quedo contemplando su espalda durante unos segundos antes de que el guardia de Erudición que me escolta me dé un empujón para obligarme a avanzar.
Jeanine está de pie junto a una de las mesas de laboratorio que hay en el lado izquierdo de la habitación blanca, con un diagrama proyectado en la pared frente a ella.
No entiendo lo que pone; todo son números y medidas, líneas muy finas y marcas extrañas.
Al pie se pueden leer las palabras: «repetidor de señal portátil».
Mi llegada le hace levantar la cabeza.
—Prior, siéntate, por favor.
Me coloco detrás de una de las sillas blancas —menuda sorpresa— que hay al otro lado de su mesa, pero me quedo de pie. No pienso ponerme cómoda antes de que ella se aparte del diagrama de la pared y vuelva al escritorio para sentarse frente a mí.
Lleva puestos unos pantalones de color azul marino, el mismo tono que mi vestido, y un top sin mangas tan vaporoso que parece líquido.
En Erudición siempre disfrutan de las mejores telas, gracias a sus salas llenas de fabricadores: impresoras 3D que producen todo tipo de materiales, incluido el coagulante que vi verter a Carr en el tanque de agua.
He oído el rumor de que uno de los Zorros va a intentar robar un fabricador antes de que concluya el año.
Vuelve a señalar una de las sillas y me siento en el borde. De súbito, me siento ridícula con mi vestido azul, como si llevara puesto un disfraz. Ambas sabemos que no soy ninguna erudita.
—Tu aspecto es de lo más convincente —me elogia—. Me sorprende, lo reconozco. La última vez que te vi, estabas eligiendo Abnegación en aquella Ceremonia de la Elección improvisada, ¿no es cierto?
—Lo es —replico, no sin cierta sorpresa. No pensaba que estuviera prestando atención a nadie en la ceremonia, y menos a mí.
—Tengo buena memoria —continúa sin perder comba, como si me estuviera leyendo la mente—. Además, tu hermano te ha mencionado, como es lógico.
—¿Sí? —Frunzo el ceño—. ¿Qué ha dicho?
—Nada, solo que estaba preocupado por ti, debido a los inquietantes informes que han surgido sobre las condiciones en Abnegación. Claro está que él no sabía que ya los habías abandonado.
Me fijo en cómo deja caer que los informes han «surgido» en vez de confesar que es ella misma la que los alienta o la que quizá incluso los propone.
—Debo decir que me resultas fascinante. —Pliega las manos encima de la mesa y se inclina hacia mí, como si me estuviera contando un secreto—.
En la superficie, todo sobre ti es típico.
Una nativa de Abnegación obtiene el resultado de Abnegación en la prueba de aptitud y elige, cómo no, Abnegación.
Pero luego, basta con escarbar un poquito para descubrir que esa misma chica no completó su iniciación en una facción donde fracasar es imposible.
Un poco más y resulta que se produjo una anomalía en su prueba de aptitud, por lo que el resultado hubo que introducirlo a mano. ¿Qué me puedes contar al respecto?
Se me acelera el corazón. Lo noto en la garganta. «Tu forma de ser desestabiliza las cosas». Las palabras que pronunció Tori después de la prueba de aptitud laten en mi recuerdo. «Es peligroso. Para ti y para todo aquel con el que hables».
—Empecé a encontrarme mal después de la primera inyección —le explico—. Puede que la examinadora se distrajera y no preparase bien la prueba. No sé… Estaba ocupada intentando no vomitar.
—Interesante. La prueba no suele tener ese efecto.
La voz de Jeanine es agradable, pero a mí no me engaña. Tamborilea sobre la mesa con los dedos, rematados en uñas esmaltadas y bien moldeadas.
No me cree. Y si no consigo que me crea, podría indagar más; podría buscar a Tori para interrogarla. Podría desenmascararme.
Así que decido contarle una mentira mejor. Una mentira convincente, estoy segura, porque es la clase de mentira que se le podría ocurrir a ella misma.
—En realidad —empiezo—, sí que pasó algo raro en la prueba.
Arquea las cejas.
—Me salió Osadía. —Entrelazo los dedos sobre el regazo—. Pero sabía que no podía aceptar el resultado. No les podía hacer eso a mis padres. Así que le supliqué a la examinadora que mintiera por mí. Que introdujera las conclusiones a mano para que mis padres no se enteraran de cómo soy en realidad.
—Tus padres no tienen acceso a la información de la prueba de aptitud.
—Mi padre es consejero —replico—. No sabía si podía acceder a los resultados o no. Me… asustaba meterme en un lío. —Hago una pausa—. No quería recibir más castigos.
Se le iluminan los ojos.
—Te refieres a la Pena de Silencio.
Asiento. Aparto la mirada. Detesto pensar que estoy alimentando el fuego de sus acusaciones; que estoy traicionando a mis padres fingiendo que les tengo miedo.
—Entonces, obtuviste una respuesta de Osadía, pero elegiste Abnegación por tus padres —repasa, ya con voz más amable—. Y luego, por culpa de ello, no conseguiste completar la iniciación. ¿Qué has estado haciendo desde entonces?
—Sobrevivir. He venido a visitar a mi hermano. Quería algo normal, eso es todo. Algo familiar.
—Disculpa, pero parece que estás haciendo algo más que sobrevivir —disiente Jeanine—. Se te ve de lo más saludable, de hecho. No como los otros sin facción que conozco.
—Me ha estado ayudando mi madre.
Se queda callada un buen rato. El pelo le cuelga hasta la clavícula cuando ladea la cabeza. No sé si la habré convencido o no, pese a tener una explicación para todas sus dudas.
—Le pediré a Shawn que te escolte fuera de aquí. —Apunta con un ademán al erudito que espera junto a la puerta—. Me siento en la obligación de recordarte que no tienes permiso para volver a este edificio, pero lamento lo que has tenido que pasar.
—Gracias —me obligo a decir.
—Estaré pendiente de ti —concluye y, por alguna razón, consigue que parezca una amenaza.