Capítulo 33 #3
Su tono me irrita. Me recuerda a lo que hacía cuando yo estaba con la Pena de Silencio, siempre con algún comentario para pincharme, como «deberías aprender a controlar ese genio» o «ya sabes que a papá no le gusta que lo interrumpan».
Se comportaba como si fuera varios años mayor que yo, cuando en realidad solo nos llevamos unos minutos. Caleb, el sabelotodo.
—¿Y qué es eso que te han hecho ver aquí, si se puede saber? —le pregunto—. Porque yo no recuerdo que te haya pasado nada espantoso. Lo que recuerdo es cuánto te querían nuestros padres y que nunca te ha faltado de nada.
—¿No? —Eleva la mirada por encima de mi hombro, al retrato de Jeanine Matthews—. Los niños necesitan algo más que un plato caliente y una cama en la que dormir, Beatrice. Necesitan libertad… para cometer errores, para descubrirse a sí mismos, para pensar…
—Ah, ya lo entiendo. Te crees que aquí puedes pensar con libertad —replico—. Razón por la cual estás pensando ni más ni menos lo que ellos te han dicho que pienses.
—Eso no es justo, Beatrice.
—A estas alturas, estoy muy familiarizada con lo que es y no es justo —le espeto—. ¿Se te ha ocurrido ir a ver si nuestros padres sufrieron heridas en el incendio?
—¿Incendio? ¿Qué incendio?
Las puertas del ascensor se abren a mi espalda y un grupo de gente con batas de laboratorio sale riendo. Alguien saluda con la mano a Caleb y este responde con un gesto seco. Esperamos a que se alejen antes de decir nada más.
—Hace semana y media que la sede de Verdad ardió casi hasta los cimientos —le informo—. Papá estaba dentro. Sufrió alguna quemadura, pero está bien.
—Me alegro —celebra Caleb, aunque, en mi opinión, no se le ve muy contento.
No tiene ni idea de lo grave y aterrador que fue el incendio. ¿Y no resulta curioso que Erudición haya estado informando de la mala conducta de nuestra antigua facción, pero no de la tragedia que han sufrido en Verdad?
—Pero, Beatrice —dice bajando la voz—, ¿por qué sigues yendo tú a verlos? Te marchaste. Deberías mirar al futuro.
—¿Por eso no dejaste que mamá viniera a verte el Día de Visita? ¿Porque estás «mirando al futuro»?
—Yo no tuve nada que ver con esa decisión. Quería verla; pues claro que quería.
Lo expresa con tanto fervor que debo creerlo; procuro tranquilizarme. Las puertas del ascensor se abren delante de mí y sale otro grupo de eruditos, estos mayores y sin hablar entre sí.
—Mamá me ha pedido que te dé un mensaje —le informo.
Frunce el ceño.
—¿Cuál?
—Quería pedirte que mirases los resultados de las pruebas de aptitud y los comparases con los traslados entre facciones. Busca un patrón.
—¿Te ha dicho por qué? —se sorprende Caleb.
Niego con la cabeza.
—Solo me contó que tiene una teoría y le gustaría corroborarla. Pero tiene que tratarse de algo importante para pedirte algo así. Tú lo sabes.
Caleb se levanta la manga de la americana para consultar el reloj que usa ahora, un gesto característico de los chicos de Erudición de la escuela.
Intento recordar cuánto tiempo ha pasado desde la Ceremonia de la Elección.
Menos de dos meses. Tiempo suficiente para transformar a un obediente abnegado, siempre dispuesto a cargar con las compras de cualquiera, en alguien con nuevas costumbres, un nuevo lenguaje corporal y un nuevo corte de pelo.
Tiempo suficiente para que también yo haya cambiado.
—¿Piensas alguna vez…? —Titubea—. ¿Piensas alguna vez que mamá no es como nosotros nos imaginábamos?
Recuerdo con preocupación todos esos momentos en los que me he preguntado con quién estoy hablando: con mi madre, que me quiere, o con Natalie Prior, que me oculta más de un secreto. Fue esta última la que me pidió que viniera.
—Estoy segura de que no lo sabemos todo de ella —replico—, pero también estoy segura de que la conocemos en todos los aspectos que importan.
—A veces no las tengo todas conmigo.
Entorno los ojos.
—¿Por qué? ¿Alguien te ha dicho algo?
—No. Es que… estoy empezando a recordar cosas.
Momentos en los que llevaba tiempo sin pensar, cuando su conducta me ha parecido…
desconcertante. Momentos en los que poco menos que manipulaba a todas las personas que la rodeaban sin que nadie se diera ni cuenta.
Papá, la señora Black. Incluso Marcus Eaton, cuando venía a cenar.
«Manipulaba a todas las personas que la rodeaban sin que nadie se diera ni cuenta». No me encajan sus palabras. No me encaja nada de esto.
—Todo el mundo la respeta. Eso no tiene nada de raro.
—Ya.
No parece muy convencido.
El timbre del ascensor vuelve a sonar cuando las puertas se abren de nuevo. Caleb se yergue y levanta una fracción más los párpados.
Al mirar de reojo por encima del hombro, me encuentro con un hombre alto y fornido; el paño recio de su chaqueta azul me hace pensar en el uniforme de los centinelas de Osadía.
—Señorita Prior, a Jeanine Matthews le gustaría hablar con usted.
Se me seca la boca.
—Hala, qué honor —digo—, pero es que yo ya me iba…
Me apoya una mano pesada en el hombro.
—Le gustaría hablar con usted ahora mismo. Tenga la bondad de seguirme.
Me vuelvo hacia Caleb mientras el hombre me introduce en el ascensor. Se ha quedado plantado frente a las puertas, bajo el retrato de Jeanine Matthews, con las manos colgando a los lados. Las puertas se cierran. Ni siquiera ha intentado ayudarme.