La sexta facción Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Enderezo los hombros mientras me abrocho los botones del vestido y me fijo en el cinturón que estaba guardado dentro.

Podría ser una trampa; a veces los Zorros hacen cosas así para ver si picamos.

El vestido no necesita complementos y, de todas formas, a cualquier erudita le parecería una restricción innecesaria.

Lo dejo a un lado y me pongo los zapatos, planos y con la puntera redondeada.

Me atuso el pelo para alisarlo. Todavía estoy acostumbrándome a su nueva longitud.

Fue imprescindible cortarlo después del incendio: tenía las puntas quemadas y lo más fácil era librarse de todo.

Lo hizo Christina, trazando una línea recta por encima de mi clavícula.

Intentó convencerme para que me pusiera flequillo.

Me trenzo el pelo desde la coronilla hasta la nuca, me lo sujeto con una banda elástica y oculto el extremo antes de hurgar en el bolsillo de los pantalones que me he quitado en busca de mis armas secretas.

Los Zorros quieren ver la transformación y yo ya sé cómo voy a mostrársela.

Saco el espejito y el lápiz de ojos que me dio Christina. Me pinto el párpado con cuidado, siguiendo la línea de las pestañas, tal y como ella me ha enseñado. Cuando termino, mis ojos resaltan, realzados por el azul del vestido.

El maquillaje no es ni más ni menos práctico que el cinturón, pero a veces la vanidad de Erudición se impone a su pragmatismo.

El equilibrio entre ambos es algo intuitivo, por lo que deduzco que la restricción de una correa será más ofensiva para una erudita que una inocente raya en el ojo.

Es una apuesta, pero creo que dará resultado.

—Y el cinturón, ¿no? —me pregunta Pícara.

No aparto la mirada. No cambio el peso de un pie a otro, ni carraspeo, ni busco la validación de nadie. Tan sucinta como soy capaz, replico:

—¿Para qué?

Rory suelta un silbido: de aliento o aprobación, no sabría decirlo. Pícara esboza una ligera sonrisa.

—Hasta esta noche, recluta —me dice, y para mí eso ya es una victoria.

+ + +

La sede de Erudición se encuentra frente al Millennium Park, donde la gigantesca escultura con forma de alubia refleja los rayos del sol.

Se compone de una hilera de edificios a lo largo de Michigan Avenue, separados antaño y conectados ahora por el interior, que no por el exterior.

El resultado es un mosaico de fachadas: algunas más bajas y acentuadas con ladrillos rojos, otras más altas de piedra gris y alguna blanca con altos ventanales.

Nunca he pasado mucho tiempo en el sector erudito.

Ni yo ni nadie de Abnegación. Puede que la rivalidad entre nuestras facciones se haya intensificado en los últimos años, pero siempre ha existido.

Nunca he comprendido por qué; ni la búsqueda de conocimiento es un acto egoísta, ni consagrarte a ayudar a los demás tiene por qué ser de ignorantes.

Sin embargo, ahora que estoy fuera, puedo ver con más claridad que tanto los eruditos como los abnegados son estrictos y orgullosos, y es en esas similitudes donde estriba el problema, más que en sus diferencias.

Me esfuerzo por caminar como si no estuviera fuera de lugar.

Me sorprende el aspecto tan agradable que ofrece todo.

A los eruditos les gusta hacer pícnics en el Millennium, o dar clase en las escalinatas de los edificios, o formar corrillos en las aceras.

Hay dos mujeres jugando al ajedrez a la sombra de un árbol.

Unos niños han hecho un reloj de sol de papel y experimentan con él.

Las calles se ven limpias, sin malas hierbas en el césped, ni arbustos crecidos, ni ramas secas en los árboles.

Me cruzo con un hombre que toca un instrumento de cuerda —parece un violín, pero no estoy segura— y me dedica una sonrisa. Me sorprendo tanto que ni siquiera se la devuelvo. No estoy acostumbrada a que la gente se fije en mí.

Cruzo la calle y me dirijo a la entrada, dos puertas de cristal que se abren cuando me acerco.

Tras el exterior de piedra del edificio, todo es cristal, paneles irregulares que me hacen pensar en trozos de hielo.

El suelo reluce como el agua bajo el sol.

En el centro del vestíbulo se alza una escultura de cristal: un ojo, el símbolo de Erudición.

En su iris gigante se agita un remolino de agua, accionado por algún tipo de mecanismo oculto.

Todo es tan majestuoso que me arrebata el aliento, hasta que alguien tropieza conmigo y me doy cuenta de que no debería quedarme mirando, que no debería quedarme pasmada de esa manera si no quiero llamar la atención.

Así que agacho la cabeza y me desplazo a la izquierda, borrado ya de mi mente el mapa de la sede de Erudición que con tanto esmero había memorizado.

No sé adónde voy; me limito a dejarme llevar por el flujo de gente.

Aparezco en otro espacio enorme, un comedor esta vez.

También aquí el techo es de cristal, pero cada panel es de un color distinto, ordenados como un arcoíris.

Proyecta sombras de diferentes tonalidades que recorren el suelo.

Me pongo en la cola de la comida con la esperanza de averiguar cómo funciona todo, fijándome en el comportamiento de los demás.

—¿Y tú adónde vas? —oigo que pregunta alguien que tengo detrás.

Hago una mueca, cruzando los dedos para que no esté hablando conmigo, pero enseguida noto un golpecito en el hombro y me veo obligada a girarme.

Se trata de un hombre de aspecto severo, de veintipocos tal vez, que apunta a un lado de la habitación—.

¿Te crees que puedes pasar por menor de dieciséis?

Vuelve a tu sitio hasta que te den permiso para levantarte.

Me arden las mejillas.

Demasiado tarde, reparo en que todos los jóvenes de la sala están sentados al fondo, esperando su turno en la cola.

Tartamudeo una disculpa y me dirijo a esas mesas, pero no puedo sentarme allí, no sin que todos descubran quién soy.

De modo que corro hacia la puerta. Necesito encontrar un lugar más tranquilo en el que pasar mi hora; debo recordar cómo se llegaba a la biblioteca de la primera planta…

—¿Beatrice?

Oír su voz me crispa y me tranquiliza a la vez.

Me giro para ver a Caleb detrás de mí, con una expresión de incredulidad en el rostro.

Sin embargo, si no hubiera dicho nada, creo que no lo habría reconocido de inmediato.

Se ha dejado crecer el pelo castaño oscuro, que ya se le riza tras las orejas.

Lleva puesta una camisa azul, rígida y almidonada, y un blazer del mismo tono oscuro que mi vestido. Y vaqueros. Y unos zapatos lustrosos.

—Caleb —digo con un grito ahogado.

Me agarra del codo y me lleva hacia la puerta. No me resisto; tengo tantas ganas de salir de allí como él de sacarme.

Una vez fuera del comedor, cruzamos el vestíbulo y nos dirigimos al siguiente pasillo, donde están los ascensores. Sobre nosotros se yergue un retrato de Jeanine Matthews, con el cabello rubio ondulado de forma impecable y la mirada fija a lo lejos.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta Caleb.

Lo abrazo.

En nuestra familia no nos dábamos muchos abrazos, pero tampoco era algo inusitado.

Pese a todo, nunca lo hacíamos así: en un arrebato.

Pensaba que, cuando lo viera, me enfadaría con él por haber elegido Erudición sin avisarme, por no atreverse a confiarme esa parte tan importante de él, pero no estoy enfadada, sino feliz de verlo, de poder hablar con él otra vez.

Parece sorprendido, al principio, pero luego me rodea los hombros con los brazos y aprieta. Aunque todavía tengo la piel muy sensible, el dolor ahora no importa.

—¿Qué haces aquí? —repite con más delicadeza.

No puedo contarle que soy una ladrona sin facción en ciernes, así que:

—He venido a verte.

—¿No te meterás en un lío? No sé mucho de la iniciación de Abnegación, pero…

—No estoy en Abnegación. —Se me forma un nudo en la garganta. No había tenido en cuenta esta parte: tener que reconocer mi fracaso ante él. Me miro las manos, entrelazadas sobre el estómago—. Me he ido.

—¿Que te has… ido? —Caleb baja la voz—. ¿Estás sin facción?

Asiento.

Se le desencaja el semblante.

—Pero ¿por qué? ¿Es que ha ocurrido algo?

—¡No! Por supuesto que no.

Abro la boca para decirle que se trató de un error.

Que me sorprendí a mí misma en la Ceremonia de la Elección, con la mano sobre los cuencos, al descubrirme incapaz de destrozar a mis padres eligiendo otra facción cuando su primogénito ya los había abandonado.

Y entonces me doy cuenta de que sí que estoy enfadada con él.

Una parte de mí lo culpa por haberme arrebatado el poder de decisión.

Si él hubiera elegido Abnegación, como debería…

Solo que ese nunca fue su deber, me recuerdo. Yo lo conocía y sabía que él en realidad no era así.

—No —insisto—. Me equivoqué de elección y no podía vivir con ello. Tenía que irme.

—Que no podías vivir con ello… —Frunce el ceño—. Pero ¿por qué? Habrá algún motivo. Seguro que han hecho algo o te han pedido algo que no es razonable…

Pienso en el mes de silencio. Pienso en nuestro padre castigándome a ir a la Cámara de la Memoria para borrar mis recuerdos.

—Solo era más de lo mismo —respondo—. Más de lo que tú ya conoces.

Junta las cejas de nuevo.

—Eso es lo que temo.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que lo que conocíamos es peor de lo que pensábamos. Para nosotros era algo normal, ¿sabes? Pero la gente de aquí… me ha hecho ver lo espantoso que era. —Me toca el brazo por encima del codo—. No pasa nada por admitir que era horrible, Beatrice.