La sexta facción Capítulo 33
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Capítulo 33

TRIS

L A MAÑANA QUE LLAMÉ A LA PUERTA de la asamblea de los Zorros para enseñarles el estandarte, todos me miraron como si se estuvieran aguantando la risa. Hasta que Gretchen, con los brazos cruzados, me preguntó si tenía algún talento especial.

Lancé un dardo contra una diana. Acerté en el centro.

Debía de ser una mera formalidad. Después de que Cuatro y yo salváramos a Mae, la recomendación del Remendador tenía más peso.

Seguro que mi lealtad era más importante que mi puntería para los Zorros.

De todos modos, aunque me han acogido, distan de recibirme con los brazos abiertos; ni a mí ni a nadie.

Han pasado ya varios días y todavía me pone nerviosa asistir a estas reuniones.

Durante toda mi vida he sido demasiado menuda, demasiado insulsa y demasiado «estirada» como para llamar la atención en exceso.

Pero aquí, entre los Zorros, rodeada de expertos en el arte de la observación, parezco incapaz de pasar inadvertida.

Los murmullos comienzan en cuanto piso la sala, una galería adyacente al vestíbulo principal del Museo.

—Remilgada —susurran.

Mi nuevo mote. Christina también tiene uno: Parchetazo.

Todos los nuevos reclutas de los Zorros sufren algún tipo de escarnio.

Espantapájaros, por las extremidades larguiruchas de Rory.

Gago para el chico al que a veces le cuesta pronunciar las palabras.

Lirón para el recluta que tiene pesadillas.

Los Zorros tienen un don para encontrar lo que más te molesta y poner el dedo en la llaga.

Inspecciono la cara de los Zorros de pleno derecho que me rodean, igual que todas las mañanas, como si a simple vista pudiera averiguar cuál de ellos disparó a Robert, cuál de ellos robó la pistola que lo mató, cuál de ellos está colaborando con Evelyn para que su «muerte a las facciones» se haga realidad.

No hay rostro capaz de dejar traslucir tanta información, sin embargo.

—¡Que se te ve el tobillo, Remilgada! —grita alguien—. ¡Tápate, corre!

Hago oídos sordos y me siento con Christina al lado de una columna.

Su ingreso en los Zorros fue un poco más accidentado que el mío, aunque no le vino mal estar familiarizada con las sedes de dos facciones.

Sabía arrojar cuchillos —sorprendente— y lanzar puñetazos —no tanto—.

Si al final la dejaron entrar, creo que fue porque no se mordió la lengua cuando se burlaron de ella por lo del parche en el ojo.

Parece que esa es la actitud que a los Zorros les gusta; lástima que a mí no se me dé un poquito mejor.

La sala principal del Museo, donde acabo de estar, ofrece el aspecto de todas las glorias pasadas.

Se trata de un espacio alargado y estrecho, de dos plantas de altura, con tragaluces sucios y rotos en lo alto, jalonado de columnas deterioradas.

Uno de los laterales de la estructura se ha derrumbado y está cubierto de hiedra.

Sin embargo, esta habitación es para los carpinteros. Una capa de serrín cubre todas las superficies. En una plataforma cercana hay una silla recién hecha, con las patas rescatadas de un antiguo pupitre.

—¿Qué toca hoy? —le pregunto a Christina—. ¿Ya han dicho algo?

Las asambleas secretas a las que tanto anhelaba asistir han resultado ser tan mundanas como Gretchen me avisó que serían: los Zorros se reúnen todas las mañanas para asignar encargos.

Eso es lo que están haciendo ahora: Pícara, la líder del gremio, pasa lista y reparte tareas.

Estas van desde la entrega de paquetes a la transmisión de mensajes, pasando por los robos y la exploración del terreno.

Me da la impresión de que hay en juego algún tipo de jerarquía que a mí se me escapa.

—Todavía no —me responde—. Aunque Rory cree que hoy tendremos algo de acción.

La noche del incendio, Rory apareció con un estandarte de la sede de Cordialidad y un misterioso moratón en la comisura del labio que ella se niega a explicar. Colin, por su parte, volvió con las manos vacías y no logró entrar.

Nos han puesto a prueba sin cesar en los últimos días.

Evaluaron nuestro conocimiento de las calles, las rutas ferroviarias y las sedes de las facciones.

Midieron nuestra velocidad, puntería y destreza con las manos.

Y también examinaron nuestro talento para imitar a otros miembros de las facciones, con énfasis en la dicción, postura e incluso en las expresiones faciales.

«Anda como una erudita. Ahora, como una osada. Ahora, como una cordial».

Las pruebas son más difíciles de lo que esperaba, porque los Zorros no quieren caricaturas ni exageraciones, sino sutileza. El objetivo, como me han repetido una y otra vez, es llamar la atención lo menos posible.

La perspectiva de hacer algo de verdad —de salir por fin de este edificio, por bonito que sea— hace que el corazón me brinque en el pecho.

Pícara termina de asignar las tareas, pero nadie abandona la sala. Todos se quedan para presenciar nuestras pruebas. Lo odio.

En el centro de la sala, algunos de los otros están preparando montones de tela para nosotros. Uno gris, otro amarillo, otro azul, otro blanco y negro, otro negro entero. Uno por cada facción, como es lógico.

—¡Espabilad, reclutas! —nos grita Pícara.

El día que la conocí, alguien bromeó diciendo que se había escapado de una pecera, y así descubrí que era una de las personas que se habían fugado del centro de detención hacía un par de semanas.

No tiene aspecto de haber cometido ningún crimen serio.

Su sonrisa es tierna y beatífica. He oído que la mitad de los miembros de Cordialidad piensa que Pícara pertenece a su facción, mientras que la otra mitad ni siquiera sabe que existe.

La mayoría de los Zorros más veteranos han elegido una especialidad: a algunos se les da bien hacerse pasar por veraces; a otros, por osados, y a otros, por cordiales.

Hay a quienes se les da mejor pasar inadvertidos.

Algunos son mensajeros a los que se les confían todos los secretos de los abandonados. Esos son con los que más habla Evelyn.

Me levanto y me pongo en la cola con el resto; Christina se sitúa a mi izquierda y Rory a mi derecha.

—La tarea de hoy es tan sencilla como importante —anuncia Pícara con su característica voz melosa—. Elegiréis una facción y entraréis en su sede, donde deberéis pasar por lo menos una hora sin que nadie os detenga.

—¿Y si nos detienen? —inquiere Gago. Desconozco su nombre real, pues no me lo ha dicho.

—Volveréis a ser descarriados y deberéis probar suerte en otro lugar —replica Pícara sin perder la sonrisa.

Otra iniciación, eso es todo. Una lección de subterfugio, ni más ni menos implacable que la mayoría de las pruebas de nuestras respectivas facciones. Me descubro deseando que los sin facción fueran un paso más allá en su intento de erradicar los sistemas tradicionales.

—¿Quién va primero? —pregunta Pícara.

—¡Parchetazo! —exclama alguien—. Que ayer fue la última.

Christina hace un gesto de exasperación antes de dar un paso al frente. Señala la pila de ropa gris; Pícara la levanta y se la deposita en las manos.

—Adelante —le indica.

Así me gané mi mote. Para vestirnos como los miembros de otra facción, nos tenemos que cambiar delante del grupo para que puedan ver la transformación en tiempo real.

Algo a lo que, de momento, yo me he negado.

Lo que hago es salir de la habitación, cambiarme y volver. «Remilgada. Remilgada. Remilgada».

A Christina no parece importarle cambiarse delante de nadie.

Se queda en ropa interior y se pone el atuendo de Abnegación: falda —hasta los tobillos, para ella—, camisa, chaqueta y zapatillas.

Luego se recoge las trenzas, forma un moño y usa las horquillas que yo le había prestado para sujetarlo en su sitio.

En cuestión de un minuto se ha transformado en una modosita abnegada.

—Muy bien —canturrea Pícara—. ¿Quién va ahora?

—¡Remilgada! —grita alguien.

Reconozco la voz. Es el mismo chico que me puso el apodo: Botas. Tiene ojeras y franjas iridiscentes en los zapatos, como los del uniforme de los centinelas.

Contemplo las prendas que quedan. Se me da bien hacerme pasar por osada y no me importaría ver su sede por primera vez, pero mi madre me ha pedido que hable con Caleb.

—Erudición —musito.

Decido que hoy no va a ser como siempre.

Estoy harta de cargar con mi abnegación como si llevara una piedra colgada del cuello.

Estoy harta de que la gente solo vea eso —pasividad, contención, silencio— al mirarme.

Así que, cuando Pícara me tiende la ropa y los murmullos se reanudan, anticipando que me voy a ir de la sala, hago lo que siempre he temido.

Me deshago de la chaqueta y me desato los cordones de las botas.

A mi alrededor, todo son conversaciones, gritos, siseos. Ignoro el ruido y el clamor atronador de la sangre en los oídos. Me quito la camisa.

Debajo llevo una camiseta de tirantes ceñida, pero sigue siendo la primera vez que me exhibo tanto en público. Sobre mi hombro izquierdo, formando un parche sonrosado y brillante que se extiende desde la columna hasta el brazo, se ondula la piel quemada con la que escapé del incendio.

Las personas que tengo detrás enmudecen cuando se fijan.

Al principio, pienso que su silencio no es más que otro insulto. Como si mi piel abrasada fuera tan repugnante que ya están pensando qué otro mote ponerme. Sin embargo, al reparar en que el Remendador es una de esas personas, me pregunto si su silencio no será en realidad una señal de respeto.

Animada por la idea, me paso el vestido azul por la cabeza y me quito los pantalones por debajo de él.

Pienso en todas las chicas de Erudición que conozco.

Los hombros hacia atrás, relajados. La frente bien alta.

Confiadas y atentas. A veces altaneras, pero sin pasarse; «demasiado es demasiado», como le gusta decir a Pícara.