Capítulo 32
CUATRO
B OSTEZO SIN PODER EVITARLO .
A veces, las simulaciones del miedo ajenas son fascinantes.
El año pasado tuve una iniciada cuya primera simulación nos sumergió en el fondo del océano a los dos.
Estoy seguro de que la experiencia fue aterradora para ella; para mí, en cambio, fue casi relajante estar rodeado de tanto azul, meciéndome con el vaivén de las olas.
Pero, la mayoría de las veces, los temores de los demás son grotescos o, por así decirlo, aburridos. La gente tiende a tener miedo de cosas parecidas, aunque sus simulaciones sean abstractas. Los mismos símbolos se repiten una y otra vez.
Esta es lo que yo denomino una simulación de fracaso.
El iniciado es Al, grande y un poco torpe, sentado a la mesa de su cocina.
Solo hay una luz en la habitación, una bombilla solitaria que cuelga del techo.
Lo rodea la oscuridad y de las sombras surge una mujer que tiene toda la pinta de ser su madre, increpándolo y señalándolo con el dedo.
Así que, en fin… Aburrido de acobardarme con él, empecé a bostezar.
Se supone que las simulaciones del miedo tienen que estar supervisadas, sobre todo las de los iniciados, ya que carecen de la experiencia necesaria para salir de ellas por sus propios medios.
Debo estar listo para extraer a Al si se pasa demasiado tiempo ahí dentro, o si veo que corre peligro de vomitar o desmayarse.
Pero podría tomarme un descansito, si quisiera. Dejar que se las apañe él solo.
Me lo estoy planteando cada vez más en serio cuando un Al sollozante le espeta a su colérica madre:
—¡En la realidad tú no me dirías jamás algo así! ¡Sé que nunca lo harías!
—Alto —ordeno.
Es mi voluntad lo que nos saca del programa —el ordenador sabe que estoy ejecutando la simulación como observador, no como participante, y está pendiente de mis instrucciones—, pero sigue siendo más fácil si lo digo en voz alta.
Salgo a la superficie en la sala de simulaciones, con la espalda contra el muro de piedra. Al está sentado en el suelo, hecho un ovillo, temblando. Levanta la cabeza y sus vidriosos ojos castaños buscan los míos.
—¿Lo he conseguido?
Me lo quedo mirando un momento.
—Más o menos. ¿A qué te referías con eso de que, en la realidad, ella no te diría jamás algo así?
—Pues… —Traga saliva—. O sea, en el mundo real, ella nunca…
—Ya. —Cruzo los brazos—. Eso es lo malo, que no deberías saber que no era real.
—¿Cómo no voy a saberlo?
—El programa está diseñado para reprimir la parte de tu cerebro que es consciente de las incongruencias lógicas —le explico—.
Cuando estás soñando, no te cuestionas lo que ocurre, por raro que sea.
De hecho, el cerebro busca la manera de dotarlo de lógica.
Es lo que se denomina «racionalidad de los sueños», y es lo que debería ocurrir en las simulaciones del miedo.
Al se relaja un poquito; se le aflojan los brazos alrededor de las piernas y desliza los pies sobre el suelo de piedra.
—¿Y por qué no ha funcionado?
Vacilo. El año pasado no encontré ningún divergente entre mis iniciados, por lo que no he tenido ocasión de practicar esta charla.
El instinto me pide advertirle con toda vehemencia que no le revele esto a nadie, como hiciera en su momento mi padre conmigo.
Pero también conozco a Al. Sé que es incapaz de guardar un secreto, como también sé que sus emociones son un libro abierto.
Si lo asusto con esto, lo estaré empujando a divulgarlo. Y si lo hace, los dos estamos jodidos.
No puedo borrar sin más esta simulación de los archivos.
Su ausencia llamaría la atención, puesto que todos los iniciados cuentan con un lugar reservado en el calendario oficial.
Solo se pueden suprimir las sesiones que no estaban programadas.
Por lo tanto, no queda sino esperar a que la prueba acabe enterrada bajo las demás.
—A veces pasa —le aseguro—. Para la próxima, haz como si lo que estás viendo tuviera todo el sentido del mundo, da igual lo que sea. No pienses en lo que ocurriría en el mundo real. Mientras estés dentro de la simulación, lo que veas será el mundo real. ¿Entendido?
Asiente.
—¿Eso me ayudará a superar la simulación?
—No, pero sí te ayudará a que tu puntuación no se resienta.
—Oh. —Se incorpora y se sacude el polvo de los vaqueros—. Vale.
—Venga, que por hoy ya está bien.
Al esboza una sonrisita mientras se dirige a la puerta. Me lo imagino contándole a Will lo que acabo de decirle en cuanto salga de la habitación, como si fuera un consejo válido para cualquiera, y hago una mueca.
—Oye, Al —lo llamo—. Yo no le mencionaría esto a tus compañeros de iniciación. Se podrían meter en un lío. Y tú también.
Frunce el ceño, desconcertado. Sin embargo, desde que ayudé a Christina, Will y Al parecen fiarse de mí. Así que asiente antes de abrir la puerta. Me obligo a relajar los hombros y salgo detrás de él para ver quién es el siguiente.
Todos los iniciados que no han pasado por su simulación del miedo todavía están sentados a un lado de la sala, con la mirada fija en las llamas sintéticas del crisol.
Busco a Peter, como siempre, para comprobar que esté en su sitio en vez de causando problemas.
Sus ojos verdes relucen con los destellos del fuego. Parece un demonio.
Más cerca de la puerta, Will se incorpora de un salto.
Sonríe como si estuviera a punto de empezar un juego en vez de hurgar en los rincones más recónditos de su subconsciente, con su hoyuelo en la mejilla y su pelo ondulante al levantarse, rebosante de vitalidad.
Le hago una seña y me sigue. Cierro la puerta detrás de nosotros.
—¿Lo ha hecho bien Al? —me pregunta.
—Concéntrate en ti, no en Al.
Cruzo la habitación hasta el banco montado en la pared y me siento.
—Os he oído hablar un momento. Pensaba que algo podría haber ido mal.
Parece curioso, pero estoy seguro de que hay algo más. Al había pasado el corte por poco; Will se debe de estar preguntando si va a acabar la iniciación con un amigo menos.
—Al lo ha hecho bien —lo tranquilizo—. Estábamos hablando de la prueba. Si veo algo interesante dentro de tu cerebro, haré lo mismo contigo. Aunque no cuento con ello.
Will sonríe de oreja a oreja. Mis pullas no surten efecto en él. Nunca lo han hecho. Siempre se toma mis palabras a broma. Ojalá esto fuera una broma.
Reclino la cabeza contra la pared e inicio la simulación del miedo. Seguro que a Will le asusta alguna criatura. Las arañas, quizá. A mucha gente le dan miedo las arañas.