Capítulo 31
CALEB
C ALEB YA HA REPETIDO las instrucciones del ensayo tantas veces que ni siquiera le hace falta pensar en ellas mientras las imparte.
El sujeto de esta ronda —la sexagésima cuarta de esta versión en particular del protocolo de reconocimiento facial— es un voluntario de Cordialidad de diecinueve años, alto y recio como una pared de ladrillos.
Parece nervioso; juguetea con las solapas de los bolsillos mientras espera a que Caleb termine de hablar.
Muchos parecen nerviosos en la sala de pruebas, a pesar de que su único cometido es el de proporcionar información; no van a suspender nada.
La tarea es sencilla: pasarse veinte minutos sentados delante de una pantalla por la que desfilan distintas caras y tocar el sensor cuando reconozcan a alguien de una facción en concreto.
Las facciones, al igual que sus miembros, se asignan de forma aleatoria.
Lleva tiempo sin ver a muchos de sus compañeros de iniciación.
Casi todas las mañanas desayuna con Fernando para preparar el club de lectura: están con la teoría de juegos, algo que fascina a Caleb, al tiempo que le provoca una honda inseguridad.
Fernando, tan entusiasta como ingenioso, se muestra paciente con Caleb cuando a este le cuesta pillar algunos conceptos, lo que no se puede decir de todos los iniciados de su clase.
Caleb encuentra a diario nuevas razones para lamentar el haberse criado en Abnegación, donde nadie le proporcionó las nociones que Fernando posee.
También pasa tiempo con Fell, veladas tranquilas que dedican a jugar al ajedrez, por lo general, aunque a ninguno de los dos se le dé demasiado bien.
A veces ella intenta sacar el tema de su lugar de procedencia, de la familia de él, de los recuerdos que comparten, tras seis años de educación abnegada, pero a Caleb solo le interesa mirar al futuro, y no al pasado.
Aparte de eso, se pasa casi todo el tiempo en el laboratorio, haciendo la misma prueba, recabando y cribando información, escribiendo informes sobre sus hallazgos y ofreciendo sugerencias para mejorar la siguiente fase del experimento.
Se reúne con Cara todas las semanas para comentar sus progresos, algo que a él no le importa. A menudo lo frustran las críticas, pues siempre parecen tener su origen en cosas que nadie le ha enseñado ni habría podido saber de ninguna manera.
Los rostros se suceden y el voluntario de Cordialidad toca el sensor.
La facción que debería estar buscando es Osadía; como cabe esperar, las pulsaciones se aceleran ante aquellos perfiles que muestran perforaciones o tatuajes, o cuando la persona lleva el pelo de colores chillones artificiales.
Su reacción se ralentiza ante los rostros de Osadía más conservadores, y en ocasiones toma a algún veraz por osado debido al solapamiento de los colores de su vestimenta. Tal y como Caleb suponía.
Aun así, esa noche se siente embotado y frustrado cuando vuelve a ese pequeño cubículo que ya considera más suyo de lo que la habitación de su hogar fue jamás.
Está repleto de libros, con las paredes cubiertas de mapas, gráficos y diagramas sujetos con cinta adhesiva.
Casi toda la ropa está doblada, pero desde su llegada ha rebajado sus estándares de pulcritud, por lo que algunas prendas sueltas cuelgan del respaldo de la silla o al pie de la cama.
Le gusta la calidez que este ligero desorden le confiere al espacio que habita.
Sin embargo, hoy el regreso no le proporciona ni alegría ni alivio.
Todos sus pensamientos giran en torno a lo evidentes que son los resultados del reconocimiento facial; no sirve de nada poner a prueba algo que ya es obvio, algo que cualquiera consideraría de sentido común.
Por supuesto que el reconocimiento cromático es importante a la hora de identificar enseguida a los miembros de una facción en particular.
Por supuesto que unos marcadores físicos tan evidentes como los piercings y los tatuajes ayudan a identificar a alguien de Osadía. Pues claro.
Y como esto es Erudición, donde la gente no hace nada sin un buen motivo, está seguro de que se le escapa algo, algo sobre el propósito de este ensayo que Cara omite contarle.
La falta de transparencia lo frustra. ¿No sería más práctico saber cuál es el supuesto objetivo del experimento?
¿No haría mejor su trabajo? ¿Por qué no le proporcionan toda la información necesaria?
Quizá porque proviene de Abnegación.
Caleb aparta las mantas y se pone las zapatillas.
Si pretenden utilizar su antigua facción en su contra, no va a tolerarlo; ya no.
No después de todas las miraditas piadosas que recibe cada vez que los informativos hablan de la última falta cometida por Abnegación; no después de la frustración constante que le produce su propia ignorancia.
Si no quieren explicarle qué ocurre, lo averiguará por su cuenta.
Se dirige al ascensor con paso firme, con el aplomo de quien no se siente fuera de lugar donde está.
Se baja en la cuarta planta y sube caminando hasta la quinta, la de los laboratorios.
El pasillo da repelús por la noche, iluminado tan solo por las luces de emergencia, espaciadas entre sí, que proyectan círculos de fría luz blanca sobre las baldosas del suelo.
Las puertas tienen echada la llave, los laboratorios están a oscuras y las máquinas son meras sombras inquietantes tras el cristal.
Aunque no puede entrar sin más en el laboratorio en el que trabaja, ha visto a Cara coger la llave tantas veces que sabe lo que tiene que hacer.
Se dirige al pequeño despacho del final del pasillo, el de las paredes pintadas de azul, e introduce el código de acceso en la cerradura electrónica: 1351317, una combinación de números primos fácil de memorizar tras haberla espiado por encima del hombro. La puerta se abre y la llave ya es suya.
Accede al laboratorio y se dirige sin perder tiempo al ordenador de Cara, al final de la hilera de bancos de trabajo.
También se sabe la contraseña. Aunque no posea los conocimientos de quienes se han criado en Erudición, Caleb es una persona observadora; algo que le enseñó el tercer laberinto y que no ha dejado de aprovechar desde entonces.
Teclea la contraseña de Cara y el sistema al completo se despliega ante él como un libro abierto encima de la mesa.
No sabe por dónde empezar.
Busca la palabra «objetivos» con la esperanza de encontrar algún archivo que la contenga y aparecen varios: uno por cada ronda del experimento.
Aunque no haya ninguno con ese nombre exacto, en uno de ellos localiza un segmento de texto etiquetado como «Ronda 4», la versión del ensayo que están llevando a cabo en estos momentos.
OBJETIVOS: Un grupo de control para la Ronda 4B, que intenta separar los identificadores conscientes de los inconscientes en la identificación facial para reducir el tiempo de respuesta refleja…
Lee todo lo deprisa que puede, desesperado por entender.
Está tan concentrado que no oye los pasos en el pasillo. Da un respingo cuando la puerta del laboratorio se abre.
Jeanine Matthews aparece con gesto severo y una ceja arqueada.
Su atuendo es más informal que de costumbre, con unos pantalones azules, que a Caleb le recuerdan a los uniformes de los empleados del hospital, y una bata de laboratorio blanca.
Lleva el pelo recogido, sin un solo mechón fuera de su sitio.
—Hola, Caleb.
—Me… —empieza a decir él, pero Jeanine levanta una mano.
—Saltémonos la parte en la que intentas buscar una excusa para estar aquí fuera de las horas de trabajo, manipulando un ordenador que no es tuyo. Me parece del todo innecesario.
A Caleb le arde el rostro. Se aparta del ordenador con la mirada fija en sus zapatillas.
—Lo siento —murmura.
—Seguro que sí. —Jeanine coge un taburete, se sienta enfrente de él y cruza las piernas por los tobillos—. Sin embargo, me resultaría más útil si me contaras el verdadero motivo por el que estás aquí.
Caleb nota la boca seca. Se pasa la lengua por el paladar antes de contestar. En ningún momento se le ocurre mentir.
—Estaba frustrado.
—Ah. —Jeanine no parece enfadada, sino curiosa—. ¿Frustrado por qué?
—Por este experimento. —Caleb indica el ordenador que tiene delante—. Todo lo que estamos estudiando es evidente. Indigno de nuestro tiempo. Pensé que, si comprendía cuál era el objetivo principal, podría aliviar en parte mi desilusión.
—Ya veo. —Jeanine asiente—. ¿Estás haciendo la prueba de reconocimiento facial de las facciones? ¿La cuarta ronda?
Caleb asiente, impresionado, como siempre, por la impecable memoria de Jeanine.
—Sí, ya veo. Creo que hemos vuelto a fallar a nuestros trasladados, Prior. Seguro que estudiaste el método científico en la escuela, solo que no lo tienes tan interiorizado como los nativos de Erudición.
»Se da por sentado que, para que un experimento cumpla los estándares de rigor científico que nos imponemos, todas las alteraciones que realicemos necesitarán un grupo de control sólido, como con el que tú trabajas.
Es aceptable, incluso ventajoso, que los resultados de tu estudio sean predecibles y obvios.
De esa forma, lo que descubramos se podrá comparar con un estándar fiable. ¿Lo entiendes?
—Sí —dice Caleb, intentando controlar su irritación. Sabe cómo funcionan los grupos de control—. Es solo que no sabía nada del experimento general. Ignoraba que estuviera con el grupo de control.
—Ya, por supuesto. —Jeanine tamborilea con los dedos sobre su rodilla—. Creo que habrías sido más paciente con el proceso si tuvieras bien asimilado cómo funciona. En cualquier caso, Prior, me alegra que te sientas frustrado.
Caleb frunce el ceño.
—¿Sí?
—Pues claro. La frustración nace de la curiosidad, y la curiosidad siempre conduce a la satisfacción, igual que el hambre, la sed o la necesidad de dormir. ¿Te gustaría conocer más detalles sobre este experimento?
—Sí. —La palabra escapa como una exhalación de sus labios.
Jeanine sonríe como si su entusiasmo le pareciera entrañable.
De repente, Caleb se pregunta cómo habría sido tener un progenitor predispuesto a satisfacer su curiosidad en vez de a desalentar la «innecesaria» búsqueda de respuestas, como a veces hacían sus padres.
«Así son las cosas» era una coletilla habitual, como también lo era «luego, Caleb».
Y la peor de todas: «Ahora no te hace falta saber todo eso».
—En el cerebro hay un área llamada giro fusiforme —recita Jeanine—. ¿Sabes cuál es su función?
—Bueno, existen distintas teorías al respecto, aunque se cree que tiene algo que ver con el reconocimiento de los rostros humanos —responde Caleb—. Además de las palabras y los colores.
Jeanine asiente.
—Lo que buscamos con este experimento es determinar si la actividad del giro fusiforme se puede suprimir, si se le puede aplicar una represión selectiva. Algo así supondría un avance considerable en el desarrollo de la prueba de aptitud, que es el objetivo de este laboratorio.
»¿Te imaginas lo útil que sería generar rostros familiares y desconocidos a voluntad en el entorno de una simulación? Podríamos evaluar la aptitud de cualquiera sin la injerencia del vínculo emocional intrínseco al reconocimiento y la familiaridad.
A Caleb se le revuelven las tripas. Se siente muy inexperto y pequeño. Lo frustraba el tedio de su labor, pues pensaba que no estaba haciendo nada importante ni interesante. Pero ahora se da cuenta de que solo es un engranaje más en una maquinaria de incalculable valor.
—Pensaba que te habías arrepentido de asignarme a trabajar en simulaciones —admite—. Ahora veo que mi comprensión era… limitada. Por lo visto, me pasa a menudo.
Jeanine le dedica una mirada compasiva.
—Se te pide que te adaptes a un entorno nuevo por completo en muy poco tiempo, Caleb.
Estoy segura de que no es fácil sentirse como si estuvieras rezagado en todo, pero ya posees las cualidades más importantes en Erudición.
Eres observador, curioso y ágil de ideas.
A decir verdad, me impresiona que hayas conseguido colarte aquí con tan poco esfuerzo.
—Abarca el laboratorio con un ademán—. Desconocías la presencia de los detectores de movimiento, claro está, pero sospecho que te las ingeniarás para sortearlos la próxima vez que te apetezca acceder a información confidencial que no debería caer en tus manos.
—¿La próxima vez? No habrá una próxima…
—Por favor —lo ataja Jeanine con una sonrisa—.
¿En serio piensas que nunca más querrás saber algo que alguien se niega a decirte?
—Caleb se queda callado—. En fin, Prior, veo que necesitas una vía de escape para toda esa energía intelectual —comenta—.
Por consiguiente, creo que, como castigo por esta infracción, deberías ayudarnos a Cara y a mí todos los miércoles durante el resto de tu periodo de iniciación. ¿Qué te parece?
A Caleb le parece que eso de castigo no tiene nada, pero se abstiene de señalárselo.
—Me parece bien.
Jeanine lo mira como si quisiera guiñarle el ojo, pero, como no es de esas, se limita a descruzar las piernas y ponerse de pie.
—A la cama —le ordena—. Y a ver si mañana te sientes un poquito menos frustrado.