Capítulo 30
TRIS
D OS DÍAS MÁS TARDE , estoy esperando a mi madre detrás del centro de donaciones. El callejón permanece limpio aún, con la basura separada en pulcros montones, pero en las grietas del pavimento crecen dientes de león de flores brillantes, listas para transformarse en bolas de semillas.
Todavía estoy recuperando el aliento. Llevo los últimos días con oxígeno, atiborrada de medicamentos para acelerar la recuperación de los pulmones; todo ello cortesía de un médico del Conservatorio.
Me noto magullada incluso en músculos cuya existencia desconocía y llevo el hombro izquierdo cubierto de vendas.
Según el médico, el dolor de la quemadura es buena señal, pues significa que los nervios continúan intactos, pero me cuesta verlo así cuando no puedo ni mover el brazo.
La puerta se abre y mi madre sale corriendo a mi encuentro. Preocupada por la herida, doy un respingo.
—Perdona —me disculpo tocándome el hombro—. Es que tengo una quemadura aquí.
La preocupación le suaviza la mirada. Me rodea con un brazo y apoya la mano con cuidado en mi espalda.
—Qué alegría que estés bien —dice con voz tensa sobre mi hombro—. Tu padre me contó que te había visto y…
Se le crispan los dedos sobre la camisa y me doy cuenta de que nunca la había visto así de preocupada…
o enfadada. Una sombra siniestra le empaña la mirada cuando se aparta.
Por primera vez en mi vida me pregunto si mis padres serán felices juntos.
Si se querrán. O si nuestra marcha habrá revelado una fisura insalvable en su relación.
—Estoy tan orgullosa de ti —sentencia con fiereza—. Mi osada.
Aunque sonrío, esa palabra, «osada», ya no me parece el mismo motivo de orgullo que hace un mes.
Ahora, Osadía no es solo la facción que debería haber elegido, sino la que asaltó mi nuevo hogar y separó a Mae del Remendador.
La que expulsó a Christina porque había sufrido un ataque.
Es la facción de la que huyo cuando los veo en la calle, esperando que no me detengan por ser una abandonada.
Pese a todo, entiendo a qué se refiere.
Aunque anochece, veo la fatiga en los ojos de mi madre, las arrugas de preocupación en su boca.
—¿Qué sucede? —pregunto.
—Necesito tu ayuda.
Siento la misma extrañeza que la última vez que hablamos, como si de repente estuviera conversando conmigo, más que de madre a hija, de una mujer adulta a otra.
Recuerdo haber pensado entonces que podría deberle un favor por ayudarme con el juicio y ahora me da la impresión de que pretende cobrárselo.
De súbito, ya no sé a quién tengo delante, si a mi madre o a Natalie Prior, una mujer de la que hasta ahora solo he atisbado fragmentos sueltos.
—¿Con qué?
—Me gustaría que le dieras un mensaje a tu hermano. Intenté decírselo en persona el Día de Visita, pero me han negado el acceso a la sede de Erudición. Uno de los nuevos mandatos de Jeanine Matthews.
Frunzo el ceño. A estas alturas, no me sorprende la crueldad con la que los eruditos tratan a los abnegados, pero me produce rechazo de todos modos.
—¿Cuál es el mensaje?
—Quiero pedirle que busque un patrón —responde—, que compare los resultados de la prueba de aptitud y los traslados entre facciones. Solo se puede acceder a ellos desde dentro de Erudición, por lo que no puedo conseguir esa información por mi cuenta. Y necesito corroborar una teoría.
—Una teoría.
—Prefiero no decir nada más antes de confirmar mis sospechas.
Me la quedo mirando. Mi madre… No, Natalie Prior tiene «teorías». Y está conduciendo una investigación. Incluso habla de forma distinta. Más alto, como si se quisiera asegurar de que todos la oyen. Con más aspereza, como si la diplomacia ya no fuera tan importante.
—Tendré que darle alguna razón —digo, despacio.
—No, se la tendré que dar yo, no tú. Pídele ayuda, eso es todo. —Me acaricia la mejilla y, así de fácil, mi madre ha vuelto. Cariñosa y amable—. Confía en mí.
Pienso en la acusación de Cuatro. Eso de que soy la «chica de los recados» de su madre. Una buena soldado sin facción que adora a Evelyn, como todos los demás. No podía explicarle entonces hasta qué punto se equivocaba, pues corría el riesgo de revelar demasiado sobre mis auténticas intenciones.
Pero, por primera vez desde que abandoné Abnegación, es verdad que me siento como una chica de los recados. Solo que no la de Evelyn.
La idea hace que algo se retuerza dentro de mí. No me gusta pensar así de mi madre, pero luego me acuerdo de Robert, y de Susan, y de la mujer sin facción muerta en el suelo de la Asamblea de las Facciones. Mi madre quiere respuestas para ellos, como yo.
—De acuerdo —claudico—. Haré lo que pueda. Pero ahora tengo que irme… Me queda por hacer una cosa antes de que oscurezca.
Asiente y me da otro abrazo con cuidado.
—Pareces mayor —observa cuando ya he empezado a alejarme.
Me vuelvo. Aunque sonríe de nuevo, en esta ocasión el gesto me parece un poco apenado.
+ + +
Una hora más tarde estoy al pie de la noria, contemplando el estandarte de los Zorros, todavía intacto.
Ocurre a veces, me contó Rory durante su visita al Conservatorio. No todos los estandartes se encuentran y a veces se quedan donde están durante una semana o así, antes de que los mismos Zorros los quiten. Así que todavía hay tiempo.
El problema es que no puedo escalar en mi estado. Para empezar, solo tengo un brazo útil y, aparte de eso, me extrañaría que mis pulmones quisieran colaborar.
El estandarte, verde y tentador, ondea en lo alto. Estuve muy cerca de él la otra noche. Sin embargo, elegí a Christina y a mi padre.
Mi padre, con el que no fui capaz de cruzar ni media palabra llegado el momento.
«¿Por qué no elegiste Osadía?», me preguntó Cuatro aquella noche, y a mí me sorprendió: me sorprendió que me viera por lo que soy en vez de la cría de Abnegación que parecen ver los demás.
Sin embargo, la respuesta a esa pregunta ha cambiado.
Al principio, habría dicho que no elegí Osadía para no defraudar a mis padres, pero ahora me pregunto si no existiría otra razón. Me pregunto si, más que por mis padres, no sería porque una parte de mí sabía que, al final, allí iba a encajar tan poco como en Abnegación.
Una osada miraría esta noria y vería un reto. Una proeza insensata. Y así la veía yo al principio. Pero ¿y si, en realidad, se tratara de un rompecabezas?
Recorro la base. Hay unos enormes soportes diagonales tachonados de metal y cubiertos de manchas de óxido.
A los cestillos más bajos, llenos de rozaduras, les faltan piezas; tienen las ventanas rotas y las puertas cuelgan de los goznes.
Me detengo al divisar una caseta a escasos metros de distancia.
Quizá la noria todavía funcione.
Me acerco y encuentro un cuadro de mandos.
Bajo la mayoría de los botones y palanquitas, las etiquetas se ven desgastadas.
Pulso uno al azar, a ver qué pasa; nada.
Me agacho para mirar los cables que cuelgan bajo el panel.
Al principio, me parece que forman una maraña sin sentido.
Sigo uno con la mirada, y después otro, y otro más, antes de localizar uno que se ha soltado del punto de conexión.
Meto la mano en el hueco y sujeto el conector con los dedos antes de tantear en busca del sitio en el que debería encajar. Me lleva unos cuantos intentos —la tarea es complicada, a ciegas y con una sola mano—, pero al final consigo colocarlo. Los botones del cuadro se iluminan.
Acciono una palanca y la noria emite un chirrido.
Sonrío cuando los cestos empiezan a moverse. El estandarte ondea con el viento, verde sobre el fondo azul del firmamento. La noria gira y veo que la bandera se acerca cada vez más al suelo; me aseguro de que ya puedo alcanzarla antes de accionar la palanca.
El mecanismo se detiene con otro chirrido. Me acerco a la escalerilla por la que subí hace unas noches para llegar al eje de la noria y pego el brazo izquierdo al cuerpo mientras me agarro al peldaño con el derecho. Subo más o menos hasta la mitad, agradeciendo que el viento haya amainado.
Me basta con estirarme para descolgar mi objetivo.
El banderín está hecho de un material recio y resbaladizo. Me lo guardo en la pechera y desciendo peldaño a peldaño.
Una vez abajo, lo saco y contemplo la imagen cosida en el centro: un zorro naranja brillante que me guiña el ojo.
Me río.
El estandarte aletea sobre mi hombro mientras vuelvo a la estación.