La sexta facción Capítulo 29
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Capítulo 29

CUATRO

A UNQUE PREFERIRÍA NO PASARME la noche entera en el hospital, Shauna amenaza con echar la llave si no me quedo quieto, así que no tengo elección.

Me cuesta relajarme; la goma de la mascarilla de oxígeno se me clava en el cuero cabelludo y el plástico que me rodea la nariz y la boca me hace sentir atrapado. Me resigno a no pegar ojo.

Mejor así, sin embargo, porque eso me permite oír a Evelyn. Sus pasos son demasiado furtivos como para tratarse de una enfermera o una doctora…, o una osada, ya puestos. Por tanto, no me sorprendo cuando entra en la habitación y cierra la puerta tras ella.

Lo que siento es la habitual mezcla de rabia mal contenida, pena y alivio.

—Hola. —Me quito la mascarilla para que no me amortigüe la voz.

—Hola. ¿Estás bien?

Me encojo de hombros.

—He inhalado un poco de humo, eso es todo. Saldré de esta.

Evelyn apoya la espalda en la puerta. Hoy ha elegido ir de cordial, con un vestido rojo y el pelo suelto; seguro que así le resulta más fácil pasearse por el hospital sin llamar la atención.

No deja de impresionarme la facilidad con la que es capaz de cambiar de facción, como si fueran disfraces.

Por otra parte, se lo veía hacer a diario: se ponía Abnegación como si fuera una chaqueta y reservaba su yo más sincero para cuando estábamos solos.

Conmigo siempre se mostraba igual, por lo que creía estar viéndola tal como era. Me equivocaba. Las personas siempre tienen más facetas de las que pensamos.

—John… Así se llama el hombre cuya hermana has salvado; me ha contado lo que hiciste por él. Tu intrépido rescate y tu intervención a su favor, contra su madre.

—Bueno. —Evito su mirada y me encojo de hombros—. Había oído que la niña estaría mejor con él. Eso es todo.

—Ya veo.

Finjo no sentir sus ojos puestos en mí, viendo más de lo que deberían.

—Me tenías preocupada.

—No he hecho gran cosa. ¿Tris está bien?

—Sí. —Un destello le ilumina los ojos—. He hablado con ella hace unas horas.

—Ya sospecha que fuiste tú la que provocó el incendio, ¿sabes? —Ladeo la cabeza—. ¿Qué le has contado?

No lo niega, eso hay que reconocerlo.

—La verdad —confiesa, serena—, que solo pretendía crear una humareda que sirviera de distracción. El fuego se me fue de las manos.

—Ya, y tanto. Seguro que no tuvo nada que ver el hecho de que él estuviera en el edificio ese día.

—Pues claro que no. —Frunce el ceño—. ¿Crees que pondría en peligro tantas vidas tan solo para amenazarlo?

No respondo porque, en realidad, no estoy seguro. Me gustaría pensar que mi madre no sería capaz de arrasar un edificio entero tan solo para matar a una persona. Me gustaría pensar que le importa el bien común, pero he aprendido por las malas que no basta con desear algo para que se cumpla.

Sus ojos se deslizan sobre los míos.

—No sabía que te importara tanto su vida.

La carcajada que crece en mi pecho se convierte en un ataque de tos que me deja la garganta en carne viva. Me pongo la mascarilla de oxígeno y aspiro hondo hasta que se me pasa.

—Esto no tiene nada que ver con él —replico cuando recupero el aliento—. Que tú pienses que sí, deja claro que no me conoces.

Me tapo la nariz y la boca con la mascarilla y cierro los ojos. Noto su mano en la mía, apretándome los dedos, pero cuando vuelvo a mirar, ya se ha ido, dejando la puerta abierta a su paso.