Capítulo 28
TRIS
E L AIRE SE HA ENTURBIADO a causa del humo. Nos agachamos para respirar el aire limpio que queda más cerca del suelo. Me pican los ojos. A lo lejos, otro estruendo señala el descenso de un nuevo muro metálico; deduzco que su función es compartimentar el espacio para que las llamas no puedan salir.
De pronto, se oyen golpes. Un ritmo irregular y frenético, que solo puede provenir de un ser humano, no de un sistema automatizado. Tiro de Cuatro hacia el origen del ruido.
—Alguien está gritando, ven…
Corremos por uno de los estrechos pasillos de cristal que bordean la sala octagonal. Los golpes provienen de detrás de uno de los muros de contención metálicos. Al acercarnos, distingo una voz gritando al otro lado.
—¡Ayuda! ¿Alguien me oye?
Suelto la mano de Cuatro y aporreo la pared con el puño. Las voces y los golpes cesan.
—¡Te oímos! —replica Cuatro mientras yo pego la oreja a la pared.
—¡Hay una chica! —exclama la voz—. ¡Se ha quedado atrapada en el búnker de vuestro lado! Estábamos buscando a alguien para sacarla cuando cayeron los muros.
Miro a Cuatro.
—¡Estamos en ello! —grita Cuatro. Y, dirigiéndose a mí, ya en voz más baja—: Vamos.
—¿Cómo es que sabes orientarte tan bien por este lugar?
—Las simulaciones del miedo son reveladoras, a veces —contesta—. Cuando desvelan información sobre actividades criminales, debo declarar sobre lo que he visto. Solo me ha pasado en dos casos, pero cuesta olvidar este sitio.
Lo sigo por el pasillo, doblamos una esquina… y nos topamos con una cortina de fuego. Retrocedemos ante una oleada de humo negro.
Pienso en la prueba de aptitud mientras toso contra la manga de la chaqueta. Imito a Cuatro cuando este se pone en cuclillas; el aire está más despejado a esta altura, lo que me permite ver hasta el fondo del largo pasillo. Allí donde las paredes de cristal dan paso al estuco, todo arde.
Entre pitido y pitido de la alarma oigo más gritos y golpes, aunque menos fuertes e insistentes que antes. Parecen provenir de la puerta que hay al final del pasillo. El búnker.
Del que nos separan las llamas.
—Deberías volver y buscar ayuda —me dice Cuatro—. Ya se me ocurrirá algo mientras tanto.
—No seas idiota —replico, y empiezo a moverme.
Aunque me gustaría esprintar, necesito quedarme cerca del suelo para no inhalar demasiado humo. Gateo en dirección a la puerta con Cuatro pisándome los talones. El mármol sustituye al cristal bajo mis rodillas doloridas.
Frente a mí, uno de los bloques de mármol que recubren la pared se desprende y estalla en pedazos, proyectando esquirlas en todas direcciones. Una me da en la mejilla. Me incorporo y sorteo los cascotes caminando agazapada.
Llegamos a la puerta, sólida y recia. Los agudos chillidos que suenan tras ella son casi inaudibles, pero Mae está ahí; sé que es ella. ¿Quién si no iba a terminar encerrada en el búnker donde pensaba celebrarse la vista?
Cuatro empuja contra la puerta, la embiste con todas sus fuerzas, pero los impactos ni siquiera consiguen que tiemble. Mae está atrapada. Cuatro profiere una sarta de palabrotas, algunas de las cuales yo no había escuchado en mi vida.
—Tenemos que buscar algo con lo que derribar esta puerta —masculla.
—La puerta, no. —Señalo arriba, a la pared, cerca del techo: hay un tragaluz por encima del marco, demasiado pequeño para casi cualquiera.
Menos para mí.
A Cuatro se le hunden los hombros, pero asiente.
—Enseguida vuelvo.
Se cubre el rostro con la chaqueta y desaparece en medio del humo. Yo aporreo la puerta e intento llamar a Mae, pero lo único que consigo es atragantarme y toser.
Cuatro vuelve poco después con un hacha roja, diseñada sin lugar a dudas para su uso en caso de incendio. Recuerdo haberlas visto en las paredes del Edificio A. «RÓMPASE EL CRISTAL EN CASO DE EMERGENCIA». Sin embargo, el tragaluz está demasiado alto.
—Ven —le pido—. Apóyate en mi hombro y te subo.
Es más fuerte; debería ser él el que empuñe ese chisme. Me arrodillo junto a la pared y me afianzo con el antebrazo. Noto calor al contacto; mala señal. No sé mucho de incendios, pero recuerdo que, si el interior de una habitación se calienta en exceso, se puede convertir en una bola de fuego.
Siento la presión de la bota de Cuatro en el hombro antes de que se encarame encima de mí. Aprieto los dientes; aunque no me haga daño, cargar con todo el peso de un hombre adulto tampoco es una sensación agradable.
—Tápate la cara —dice, y así lo hago, ocultando el rostro bajo la chaqueta mientras esgrime el hacha.
Oigo crujir el cristal y su peso fluctúa al coger impulso para asestar otro golpe. El tragaluz se rompe esta vez; el suelo se llena de fragmentos de vidrio a nuestro alrededor. Un hachazo más, por si acaso, y se me baja del hombro. Estoy segura de que me ha dejado grabada su huella.
—Te toca.
Acepto la mano que me tiende y dejo que me ayude a levantarme.
Se ha quitado la chaqueta para cubrir con ella el marco del tragaluz, ahora vacío, por lo que lleva los musculosos antebrazos desprotegidos. Entrelaza los dedos para formar un estribo con el que auparme.
Me impulsa hacia arriba como si yo no pesara más que una pluma. Planto las manos en el marco del tragaluz y deslizo el pecho por la abertura.
Al otro lado, la habitación está inundada de humo.
Aunque las luces se han apagado, los destellos intermitentes de la alarma me permiten ver una cama pequeña y una estantería, pobres intentos de hacer el espacio más acogedor para sus ocupantes infantiles.
Mae está ovillada en el suelo, debajo de mí, justo al lado de la puerta. Me mira, aterrada.
—Hola —saludo mientras me abro paso a través de la abertura.
Las piernas me cuelgan sobre la puerta por debajo del tragaluz. Pataleo contra la pared en busca de apoyo y Cuatro me sujeta los pies.
—¿Preparada? —pregunta.
—Sí.
Afianzo mi presa sobre el marco. Cuando noto que Cuatro empuja contra mis piernas, me giro para introducir la izquierda por el hueco.
Jadeante, ignoro la presión del marco del tragaluz y sus cantos, aún aserrados; resisto el dolor mientras introduzco la otra pierna por la abertura. He conseguido cruzar.
Tosiendo, me dejo caer delante de Mae y la miro a los ojos.
—Vamos a sacarte de aquí —le prometo.
—Tengo miedo.
—Y yo. Pero lo haremos de todas formas, ¿vale?
Parpadea. Toco la pared detrás de ella; está cada vez más caliente. Tenemos que irnos.
—Voy a darte impulso para que te puedas escurrir por esa ventanita de ahí, ¿de acuerdo? —le indico—. Al otro lado hay un chico que te ayudará. Se llama Cuatro.
—¿Cuatro? ¿Como el número?
—Pues sí. Es un poco raro, lo sé. Vamos allá.
Me incorporo y formo un estribo con las manos, como hizo antes Cuatro. Mae se restriega la nariz con el dorso de la mano mientras apoya un pie; me tiemblan los brazos cuando la levanto.
Se agarra al borde del tragaluz y trepa por la pared, más menuda y ágil que yo. Se pierde de vista por el hueco y me quedo con el rostro vuelto hacia arriba.
No sé cómo voy a salir de aquí.
El humo viene del piso superior. Debo actuar deprisa. Agarro la estantería que hay junto a la cama y la arrastro hasta la puerta, dejando el suelo cubierto de libros desperdigados. Me subo encima para llegar al marco de la ventana. Voy a tener que subirme a pulso.
Como dijo Carr: todos los sin facción deberían ser capaces de levantar su propio peso.
Capaz no sé si seré, pero tampoco es que me quede otra elección.
Salto e intento izarme a pulso. No lo consigo; rebaso el marco por poco antes de caerme de nuevo. Me duelen los brazos.
—¡Una más! —grita Cuatro—. Tú puedes.
—Pero ¿tú me has visto? —replico, frustrada—. Ni que fuera la reina de las dominadas.
—Eres más fuerte de lo que aparentas.
«Soy más fuerte de lo que aparento —recito para mis adentros—. Soy más fuerte de lo que aparento. Soy más fuerte de lo que…».
Salto con todas mis fuerzas y tiro. Consigo que mi cabeza pase por encima del marco.
Chillo con los dientes apretados y me impulso hasta colocar el pecho justo encima del marco del tragaluz.
Una oleada de calor me acaricia la espalda.
Noto un dolor abrasador en el hombro, y es tan intenso que grito de nuevo.
Me siento como un animal atrapado. Medio enloquecido. Desesperado por escapar. Pataleo contra la pared y me obligo a atravesar el hueco, sin importarme caer de bruces por el otro lado.
No me caigo.
Cuatro me agarra; su brazo me sujeta con firmeza la espalda. Noto la solidez de su esternón en la mejilla cuando me abraza contra su pecho. Noto el martilleo de su corazón. Noto la desesperación en su presa. Y luego siento una oleada de dolor en el brazo abrasado y se me escapa un gañido patético.
—No pasa nada —me consuela—. ¿Quieres andar o prefieres que te lleve?
La idea de dejar que me transporte en brazos hace que note como un cosquilleo por dentro.
Estoy desesperada por decirle que sí, porque eso significaría que puedo parar y dejar que otro tome el relevo, pero niego sin despegar los labios.
Me lagrimean los ojos —por culpa del dolor o del humo, no estoy segura— cuando salimos corriendo del búnker y desandamos el camino por el que hemos venido.
No se ve casi nada; me concentro en la silueta borrosa de Cuatro y en la figura más pequeña de Mae, que trota a su lado.
Se detienen frente a un mapa rudimentario atornillado en la pared: «EN CASO DE INCENDIO, DIRÍJASE A LA ESCALERA DE EMERGENCIA».
Cuatro nos guía por un intrincado entramado de pasillos que desembocan en la escalera en cuestión.
Me tiemblan las piernas mientras bajamos.
Están vacías, todos los demás han evacuado ya, y el aire se despeja conforme se prolonga el descenso, hasta que el humo se desvanece por completo.
Nos cruzamos con bomberos con el uniforme negro de Osadía, cargados de mangueras; no dan la impresión de fijarse en nosotros. Mejor así.
Llegamos al vestíbulo del ala sur y de inmediato localizo a mi padre.
Está al fondo de la sala, junto a Jack Kang.
Vestido con el gris de Abnegación, ofrece el mismo aspecto de siempre, pero tiene un brazo vendado, con la manga cortada a la altura del codo.
Debe de haber sufrido alguna quemadura. Me pregunto si los padres poseerán algún tipo de percepción especial por lo que a sus vástagos se refiere, puesto que gira la cabeza en cuanto llegamos y me observa de arriba abajo, atónito.
Parece mayor que la última vez que lo vi. Sé que es imposible; tan solo han pasado unas pocas semanas. Sin embargo, es como si nos separasen ya años. Incluso décadas.
Da un paso en mi dirección y lo recuerdo pidiéndole a la Cámara de la Memoria que me robase los recuerdos.
El calor se abre paso por mi garganta; no sé si estoy furiosa o a punto de echarme a llorar. Le doy la espalda.
No puedo. Me alegra que siga con vida, pero no puedo enfrentarme a él ahora.
Cerca, alguien me llama por mi nombre. Por mi nuevo nombre.
—¡Tris!
Christina se me acerca corriendo, con las facciones desencajadas.
Luce el sencillo parche negro que le hizo el Remendador, en vez del otro, más elaborado, con el dibujo de un ojo castaño.
No parece herida. Se mueve como si quisiera rodearme con los brazos, pero se lo piensa mejor y termina apoyándome una mano en el hombro sano.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Toso al intentar responder. Asiento.
—Mira —me dice, y se entreabre la chaqueta para mostrarme un recuadro de tela sujeto contra su camiseta. Es el estandarte de los Zorros.
Sonrío.
—Asombroso —jadeo con un hilo de voz.
—¿Dónde está el tuyo?
No sé cómo explicárselo, aunque tampoco tengo ocasión. Mae cruza el vestíbulo corriendo hasta llegar al Remendador, que se arrodilla para acogerla en sus brazos. La pequeña le entierra el rostro en el hombro con un alivio evidente.
Parece más sobrio que nunca, con unos pantalones negros y una camisa blanca impecable, el pelo largo recogido en una coleta y ni un solo anillo en las manos. Seguro que ha elegido este atuendo a propósito para el juicio, para ofrecer un aspecto más respetable.
El Remendador me mira a mí, primero, y después a Cuatro.
—¿Eras tú la del otro lado de la pared? —me pregunta.
Asiento. El Remendador se pone de pie con Mae en los brazos. Tiene lágrimas en los ojos. Me apoya una mano en la nuca antes de darme un beso en la frente.
—Gracias.
—Oh, no —jadea Mae, entonces. Está mirando por encima del hombro del Remendador a lo que sea que haya tras él—. Oh no, oh no…
—Aléjate de mi hija —le advierte una voz de mujer.
—No, no, no —musita sin cesar Mae, como un salmo apenas audible. Oculta la carita contra el cuello del Remendador, aferrada con fuerza a su camisa.
Por encima del hombro del Remendador veo a una mujer con un vestido blanco y el pelo moreno recogido en una trenza perfecta, como perfecta es también la punta de sus zapatos. Debe de ser la madre de Mae y el Remendador, y va directa hacia ellos.
Sin embargo, cuando ya casi ha llegado a su altura, Cuatro se interpone en su camino. La mujer frunce el ceño.
—Aparta. Esa es mi hija. No puedes…
—Escuche, señora, ¿qué quiere que le diga? Es que yo estaba aquí antes.
Me lo quedo mirando, desconcertada. La mujer pone los ojos en blanco e intenta rodearlo, pero Cuatro se mueve con ella y se desplaza hacia el mismo lado a la vez.
—Y aquí estoy ahora —dice con una voz grave que casi destila… peligro.
Tiro del codo del Remendador para conducirlo hacia las puertas. Cuatro nos está concediendo una oportunidad y tenemos que aprovecharla.
—Vamos. No os paréis.
El Remendador corre hacia la salida, y Christina y yo lo seguimos. Cuando ya hemos cruzado medio vestíbulo, vuelvo la vista atrás y compruebo que Cuatro continúa impidiendo que la mujer nos siga, mientras me observa.
Me dedica una tímida sonrisa.
Desearía poder haberle dado las gracias.