La sexta facción Capítulo 27
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Capítulo 27

TRIS

E L MAPA SE DESPLIEGA en mi mente mientras repaso la ruta. Bajar corriendo por Grand Avenue. Coger el tren en dirección este. Esperar dos paradas hasta el Mercado del Martirio y después…

Me maldigo por no haber memorizado aún los mapas de las sedes de las facciones, puesto que no he estado nunca en la de Verdad y no tengo ni idea de hacia dónde se supone que debería ir cuando llegue.

Cuatro me adelanta. Qué fácil consigue que parezcan esas zancadas tan largas que ni siquiera le alteran la respiración, desaparecida ya del todo la palpable incomodidad que mostraba cuando estábamos muy por encima del suelo.

Encabeza la marcha hasta el andén de Grand, subiendo los escalones de dos en dos.

Cuando llego arriba, me paseo de un lado a otro. Ya no queda sino esperar que el tren pase pronto. Entrelazo los dedos en la nuca y procuro calmarme.

Lo primero que he pensado al ver la humareda es que era demasiada casualidad. El juicio. La comparecencia de Mae en la sede de Verdad. Yo contándole a Evelyn, supuesta líder de los sin facción más radicales de la ciudad, dónde iba a estar. Y ahora este incendio, la distracción definitiva.

—¿Por qué estás tan segura de que el fuego lo ha provocado Evelyn? —me pregunta Cuatro.

Me detengo y oteo el tendido ferroviario a lo lejos. Todavía no se ve ningún tren.

—La incursión de la que te hablé acabó con una niña apartada de su hermano —le explico—. El juicio se celebra esta noche, en la sede de Verdad, y yo soy la única que le ha contado…

Me muerdo la lengua al recordar lo que me llamó: «esbirra». Ojalá no tuviera razón.

—Se lo contaste. —Parece enfadado de nuevo—. Y ahora el edificio está en llamas. —Frunce el labio—. Recuérdame en qué sentido no eres su chica de los recados.

Es como si el viento se llevara toda la calidez tentativa de la última hora. El chico que ha insistido en ayudarme a ascender pese al evidente terror que sentía, el chico que me dijo que parecía una osada, se ha ido. En su lugar solo queda esta persona de mirada huraña, desengañada por el dolor.

No puedo evitarlo; le espeto:

—¡Que no soy su puñetera recadera! ¿Cómo quieres que te lo diga?

—El exabrupto parece sorprenderlo tanto como a mí; no recuerdo cuándo fue la última vez que se me escapó uno—.

Intentaba ayudar a una niña. Si tiene que volver con su madre, se…

—Titubeo. No me corresponde a mí compartir la historia de Mae, ni la del Remendador—. No será bueno para ella, eso es todo.

Me lanza una mirada extraña, pero a ninguno de los dos nos da tiempo a contestar, porque, ahora sí, el tren se acerca al andén.

Casi al unísono, empezamos a correr por la plataforma.

Él es más veloz, por lo que espero que se suba antes, pero en vez de eso noto la presión de su mano en la espalda, cálida, apremiándome a acelerar.

Agarro el asidero y me cuelo dentro. Cuatro llega pisándome los talones, con una maniobra ágil y confiada, aunque todavía hay recelo en sus ojos.

Esta ruta nos obliga a ir en dirección contraria antes de poder tomar la correcta, por lo que debo soportar la tortura de ver cómo nos alejamos cada vez más de la humareda que engulle el Mercado del Martirio antes de que el tren trace una curva que nos conduzca hasta un cambio de agujas.

Boto de puntillas mientras cruzamos el río como una exhalación en dirección a las llamas, a Christina, a mi padre.

El tren aminora al aproximarse a la parada del Mart, que conecta con la sede de Verdad, aunque los veraces no usen este medio de locomoción.

Antes incluso de que mis pies toquen la madera, oigo la estridente alarma de incendios en el interior del edificio. Su cadencia es el contrapunto de mis latidos.

Soy la primera en saltar al final del andén; casi me choco con Cuatro cuando este aterriza justo delante de mí.

Grita para hacerse oír a pesar de la alarma:

—¡Sígueme! ¡Tuve que prestar declaración una vez! ¡Conozco el camino!

Esta plataforma conecta con el Mart, aunque ahora solo se utilice para la carga y descarga de mercancías.

Nos apresuramos por un canal angosto, abarrotado de cajas de madera de todos los tamaños; algunas están vacías, a la espera de ser reutilizadas; otras, llenas, aguardan a ser vaciadas.

Nos topamos de bruces con el caos al doblar una esquina.

Aquí, la alarma es el doble de ensordecedora que en el andén y viene acompañada de unas luces rojas, parpadeantes e intensas. Una marea de personas corre hacia las salidas, tan densa que atravesarla se diría tarea imposible.

Cuatro estira el brazo a su espalda; sin pensar, me agarro a su mano. Tira de mí y se zambulle en la multitud.

Soy demasiado baja para ver por dónde vamos.

Estoy rodeada de brazos, torsos y hombros; por encima, se alzan las columnas de mármol del vestíbulo del Mercado del Martirio.

Es un espacio majestuoso, escenario de grandes acontecimientos, aunque las carreras y los gritos le resten solemnidad.

Cuatro empuja contra la avalancha humana, usando su cuerpo como escudo para interceptar los codazos y los empujones.

No sé cómo conseguimos llegar a la escalera de emergencia, que está menos congestionada que el vestíbulo. Se me han disparado las pulsaciones y me falta el aliento.

Cuatro me suelta la mano, me mira a los ojos y pregunta:

—¿Lista para subir?

Le indico que sí con la cabeza, aunque en realidad no lo esté.

Me siento como si no hubiera parado ni un segundo desde la cena; Colin y Rory tenían razón: para ganar resistencia hace falta algo más que un par de semanas.

Sin embargo, la mera posibilidad de que Christina, Mae o mi padre hayan quedado atrapados entre las llamas basta para impulsarme a seguir.

No es que crea que mi padre no sepa valerse por sí mismo, sino que sospecho que no lo hará si antes se le presenta la oportunidad de ayudar a otra persona. Se trata de la mejor y al mismo tiempo la peor de sus cualidades: que es un miembro devoto de Abnegación.

Todavía puedo sentir su beso en la frente. Su hombro chocando con el mío mientras me confesaba que mi impulsividad la había heredado de él.

He llegado al rellano de la segunda planta cuando me percato de que vuelvo a tener la mano de Cuatro en la mía.

Debería soltarla —sigue habiendo gente en las escaleras, aunque disponemos de espacio de sobra para subir sin perdernos de vista—, pero en estos momentos es como si fuera lo único que me estabiliza. No la suelto.

Al llegar al cuarto piso, el tumulto ya es casi inexistente, me duelen las piernas por el cansancio y todo huele a humo.

En el sexto, tengo que cubrirme la nariz y la boca con la chaqueta para no inhalarlo.

En el séptimo, Cuatro me pega un tirón de la mano para alejarme de las escaleras e internarme en el edificio.

Las columnas clásicas de mármol blanco del resto del espacio dan paso al cristal: en las paredes, el techo e incluso el suelo, aunque los bloques son demasiado gruesos y me impiden ver lo que tengo debajo.

Es el mismo material que había en el cuenco de Verdad durante la Ceremonia de la Elección, el que asocio con ser sincero.

Doblamos una esquina y no puedo evitarlo; se me quedan paralizados los pies.

Me encuentro en una sala octagonal cuyo techo se eleva a una altura increíble.

Es como si alguien hubiera extraído el corazón del edificio y lo hubiera reemplazado por un pilar de cristal.

Por encima de mí, hasta donde alcanza la vista, se extienden paneles de cantos irregulares diseñados para reflejar y refractar la luz.

En el centro se alza un podio. Me imagino que es un punto de acceso al ordenador central de Verdad, igual que la mesa de piedra era el de Abnegación.

Ocho puertas transparentes comunican con todas las direcciones; entramos por el flanco inferior del octágono.

Ante mis ojos, justo enfrente de mí, la estancia se inunda con el humo que empieza a caer de lo alto. Una voz de mujer habla con serenidad procedente de alguna parte y de todas a la vez; es tan potente que se impone incluso a la alarma estruendosa.

—El protocolo de contención de incendios comenzará dentro de un minuto —recita—. Por favor, evacúen la zona.

—Mierda. —Cuatro cruza la habitación tirando de mí—. Esto no me gusta nada.

—¿Cuál es el protocolo de contención de incendios? —pregunto mientras lo sigo a trompicones.

—No lo sé, pero seguro que implica el minimizar la propagación de las llamas, lo que quizá conlleve…

Oigo un estampido a mi espalda; al girarme, veo un muro metálico allí donde hace apenas un instante tan solo había cristal. Parece haber bajado del techo.

Miro a Cuatro, asustada.

—Algo así —concluye.