La sexta facción Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

En cualquier caso, es una estructura alta, y la escalera de incendios debe de llevar décadas sin repararse, así que subir por ella me parece tan absurdo como lo que estamos haciendo ahora.

Ladeo la cabeza para mirarla.

—¿Por qué no elegiste Osadía?

—¿Cómo sabes que entraba dentro de mis aptitudes?

Me río.

—¿Cómo conseguiste que alguien se creyera que no?

Hace un momento evitaba mirarme a los ojos, pero ahora sí que lo hace, y en ellos veo una ferocidad curiosa. Triunfal, incluso.

—Nos encontramos una vez, ¿sabes? Después de que abandonaras Abnegación, me refiero.

—No, qué va. Lo recordaría —respondo.

—Me ayudaste a levantarme en el ataque de la Ceremonia de la Elección. Básicamente, me lanzaste hacia la salida de emergencia.

Fui a la Ceremonia de la Elección para apoyar a Zeke y a Uriah, pero llegué tarde. Me colé por la parte de atrás para no encontrarme con Marcus. Y, de repente…, el caos. Intenté conducir a los presentes hacia todas las salidas, no solo la más evidente, y no recuerdo a una chica.

—Entonces tenía un aspecto diferente —añade.

—La verdad es que, desde que me fui de casa, no quiero ni mirar a los abnegados. Si no te recuerdo, es por eso.

Se encoge de hombros, como si no me creyera, aunque también como si diera lo mismo.

—Tengo que subir más arriba —me indica y señala el estandarte.

Está enrollado en un soporte metálico a unos quince metros de donde nos encontramos y ya no hay escalerillas que lleguen hasta allí. Si quiere hacerse con él, tendrá que trepar por las vigas cruzadas más finas que conforman la parte exterior de la rueda.

Y yo tendré que ir con ella.

—¿Seguro que merece la pena? —le pregunto—. ¿Tu objetivo se merece el riesgo?

Pierde un poco la sonrisa, ya de por sí cautelosa.

—Sí.

—Vale —respondo y me levanto.

—¿No me vas a preguntar por qué?

—No. —Le ofrezco una mano—. Voy a confiar en ti y dejarme llevar.

Entrelaza sus dedos con los míos y se pone en pie.

Durante un instante, estamos frente a frente, y me alegro de que la luna esté alta y despejada de nubes porque le veo la cara. Cuando la conocí, no me llamó demasiado la atención; no era más que una chica, y una chica que, encima, admiraba a mi madre.

Ahora me parece distinta. Tiene unos ojos grandes y luminosos que casi brillan a la luz de la luna.

Le dije que no me conocía, pero era mentira: me conoce demasiado, ve demasiado.

Me he pasado dos años intentando enterrar a Tobias Eaton en el rincón más profundo de mi alma para convertirme en alguien nuevo, y aquí está ella, desenterrándolo.

No me gusta que lo haga y, sin embargo, ¿por qué no consigo marcharme?

Levanta un brazo y se sujeta a uno de los barrotes que están por encima de nosotros. Apoya el pie en la unión en la que se cruzan las vigas de apoyo y se introduce en el enredo de varillas blancas.

La observo: está concentrada y se le ha acelerado la respi­ración.

Espero a que me lleve unos cuantos pasos de ventaja y sigo la misma ruta.

Me noto las piernas flojas, pero me obligo a seguir.

Me tiemblan las manos, pero me sujeto con fuerza a las vigas.

No puedo respirar, pero me obligo a tomar aire por la nariz para calmarme.

Estoy tan concentrado en no sufrir un ataque de pánico muy poco oportuno que no me doy cuenta de que ha parado hasta tenerla justo delante.

Está contemplando la ciudad. Aunque el enorme edificio negro del final del muelle nos tapa un poco las vistas, veo lo que observa: hay una enorme columna de humo negro a lo lejos. Es como si una nube oscura descendiera del cielo y se tragara parte del centro de la ciudad.

Algo se quema en la ribera del río; algo grande.

—Es la sede de Verdad —dice, y le noto un pánico que no sé a qué se debe.

Oigo el gemido de las sirenas y me resulta espeluznante.

—Supongo que podría ser cualquier edificio a la orilla del río…

—No —me interrumpe en tono seco—. No es una coincidencia, imposible. Tenemos que bajar.

—¿Bajar? —Levanto la vista hacia el estandarte, que todavía está a unos diez metros de nosotros—. Pero si ya estás muy cerca…

—Tengo que bajar —me suelta—. Christina está en la sede de Verdad, y Mae, y mi padre, y el incendio… Seguramente…

—¿Seguramente…?

—Seguramente sea cosa de Evelyn —responde a regañadientes.

—Mierda.

Guío a mi pie hacia abajo para pisar la viga transversal que acabo de dejar atrás y continúo descendiendo.

Me percato de que el problema de descender es que no puedo evitar mirar el suelo. Un suelo que está muy lejos; tanto que no distingo las grietas del pavimento. Tanto que, si me resbalo una sola vez, me partiré por la mitad.

Se me acelera el corazón. Sigo bajando. Bajando, bajando, bajando hasta la plataforma. Después dejo que ella me adelante y siga moviendo manos y pies a toda prisa por los escalones.

En cuanto toca el suelo, sale corriendo.

Y, aunque se supone que debo ayudar a mis iniciados a capturar la bandera, aunque se supone que tengo que representar el papel de instructor responsable…, no dudo ni un segundo en salir detrás de ella.