Capítulo 26 #2
Caminamos bajo el paso elevado y dejamos atrás un edificio negro solitario que se encuentra justo antes del saliente del muelle.
El tiovivo está en el centro de un pabellón; a sus caballitos les faltan cascos, hocicos y colas, y reposan a distintas alturas.
Es el lugar perfecto para guardar una bandera: tiene una altura fácil de trepar y no cuesta nada ver si alguien se acerca por cualquier lado.
Me sentí muy orgulloso de nuestro equipo cuando se nos ocurrió.
Por encima del pabellón se alza la noria.
Me recuerda a una telaraña; los travesaños de metal blanco imitan una geometría muy similar.
Se encuentran a intervalos regulares y se entrecruzan en algunos puntos para proporcionar estabilidad.
Los cestos cuelgan de los bordes como gotas de lluvia.
No me imagino subirme a uno de ellos por diversión.
Mientras la observo, me fijo en que algo se mueve en el suelo, cerca de su base.
No puede ser el equipo de Eric, ¿no? No he visto que ninguno de ellos haya saltado del tren con nosotros, y está claro que no son lo bastante rápidos como para habernos adelantado.
Intento imaginarme al torpón de Drew corriendo por el pantano y me trago una carcajada.
Los iniciados discuten sobre la estrategia: sobre si es mejor ocultar la bandera en uno de los caballos o en lo alto del tiovivo y sobre si deberían buscar la bandera del otro equipo o centrarse en la defensa.
Will, Uriah y Marlene intentan alzarse con el mando, mientras que Lynn busca la forma de subir a lo alto del carrusel.
Le doy un codazo a Lauren.
—He visto algo ahí —le digo, y señalo la noria con la cabeza—. Voy a echar un vistazo.
—¿Necesitas refuerzos? Odio esta parte.
—Alguien tiene que quedarse para asegurarse de que no se maten entre ellos.
Lauren suspira y asiente.
Rodeo con sigilo el tiovivo y avanzo hacia la noria. Oigo una voz baja y me agacho detrás de uno de los soportes de la rueda para escuchar mejor.
—Están aquí, y eso significa que los demás aparecerán dentro de nada, y…
La voz me resulta familiar, pero no consigo ubicarla hasta que otra persona responde.
—Lo siento, no caí en que vendrían justo a este lugar.
Bueno, esa es Tris, no cabe duda. Su voz es un poco más grave de lo que cabría esperar, dada su altura, y algo ronca. «Carácter —me descubro pensando—. Tiene carácter».
—Si no fuera Peter…
Esa tiene que ser Christina, pero… nunca había percibido tanto miedo en su voz.
—Lo entiendo. No pasa nada. Tú vete a Verdad y me reúno allí contigo, ¿vale? Yo me encargo de esto.
—¿Estás segura? —pregunta con la voz algo pastosa, como si estuviera a punto de llorar.
—Sí. Ve a echarle un vistazo al siguiente objetivo. Nos vemos dentro de una hora.
Oigo algo ahogado, como una palabra pronunciada contra una camiseta, y después unos pasos silenciosos que se alejan de la noria en dirección al borde del muelle. Me quedo quieto un segundo, hasta estar seguro de que se ha marchado Christina, y salgo de mi escondite detrás del soporte.
Tris observa el encaje blanco que se alza sobre ella y la luz de la luna se le refleja en el rostro alzado. Lleva el pelo recogido en dos trenzas, una a cada lado de la cabeza, y va vestida como una osada: botas negras, pantalones de lona negros y una chaqueta negra ajustada.
Reacciona a mi presencia en cuanto me ve, llevándose la mano al cuchillo del cinturón mientras clava su mirada en la mía. Cuando me reconoce, se relaja, aunque solo un poco.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta.
—Jugar a capturar la bandera. ¿Qué haces tú aquí?
Ella entorna los ojos.
—Ahora mismo no confío demasiado en ti, la verdad. ¿Sabes que hicieron una redada en nuestra casa segura unos días después de que pasaras por allí?
—¿En serio? He oído que los centinelas están aumentando las patrullas desde la Ceremonia de la Elección para intentar averiguar quiénes eran los atacantes, pero no sabía que estuvieran haciendo redadas.
—Entonces, ¿no les dijiste tú dónde encontrarnos?
—¿De verdad crees que lo haría? —le pregunto, frunciendo el ceño.
—Como siempre me recuerdas, en realidad no te conozco. Y no sería la primera vez que alguien me decepciona.
A pesar de lanzar el comentario como si no fuera nada, no le funciona: cae entre nosotros como un ancla.
—Puede que no confíe en Evelyn, pero tampoco quiero hacerle daño. No se lo he contado a nadie, te lo prometo.
Tris me mira. El viento me trae las voces de los demás, que siguen discutiendo detrás de mí. Ese mismo viento le azota el rostro con los mechones de pelo sueltos, así que ella se los aparta.
—Te creo —responde al fin. Y después señala arriba, a la noria—. He venido a por ese estandarte.
Levanto la vista para ver qué señala; miro cada vez más arriba, dejando atrás el centro de la rueda para llegar a la estructura superior. Allí, colgando de uno de los puntales, hay algo pequeño y oscuro. Un estandarte, supongo.
—Christina iba a ayudarme, pero tu iniciado, el horrible…
—Peter.
—Sí, ese. No quería tropezarse con él, lo que me parece bien.
—Ajá. Se nota. —Me fulmina con la mirada—. ¿Con qué necesitas ayuda?
—Lo de trepar no me cuesta, pero no es buena idea arriesgarse a solas y a oscuras. Es mejor contar con alguien que vigile.
—¿Que vas a trepar?
—Esa es la idea.
Señalo la noria que se yergue sobre nosotros.
—¿A esa rueda?
—Sí —me confirma, y ahora suena brusca.
—¿Sabes la altura que tiene?
—¿En la parte más alta? Unos sesenta metros. Aunque diría que el estandarte está solo a cuarenta y tantos.
Me quedo mirándola. Sus ojos azul brillante me atraviesan como un puñal.
—Crees que no soy capaz de hacerlo, ¿verdad?
—No es cuestión de ser capaz o no. Más bien de si deberías…
Tris se limita a arquear las cejas y avanzar hacia el centro de la rueda. Allí, en uno de los soportes más gruesos, hay una escalerilla. Antes de poder hacerme a la idea de lo que sucede, empieza a subir a toda velocidad, agarrándose con las manos a cada peldaño.
Me acerco para no tener que gritar.
—¡Tris!
—No te preocupes —responde, ya por encima de mi cabeza.
—¿No necesitabas a alguien que vigile?
Ella se detiene y se asoma por encima del borde de la escalerilla para mirarme.
—Si no me vas a echar una mano, sigue con tu juego.
Vuelvo la vista hacia el tiovivo, con su techo a rayas y sus caballos rotos y solitarios. No oigo a los demás, así que ya habrán acordado un plan.
Pienso en mi simulación del miedo, cuando estoy al borde de la azotea del Centro y el viento me sopla en la cara. No es real, pero el miedo sí. Me acompaña desde que mi madre me llevó allí arriba para enseñarme la ciudad.
Entonces me agarro a los primeros peldaños y la sigo.
Es ágil y va eligiendo con precaución su camino por esta red de metal, como una araña. Me concentro en alcanzarla en vez de en la distancia cada vez mayor que me separa del suelo. Noto la boca seca y me tiemblan un poco las manos cada vez que subo a un nuevo peldaño.
Le veo las botas y me percato de que se ha detenido. Está agarrada con una sola mano y ha dejado la otra colgando mientras me mira.
—Tienes miedo —dice.
Sus palabras no son una crítica, sino como si se hubiera dado cuenta de repente, y quizá por eso ni siquiera me molesto en negarlo.
—Sí —respondo con una exhalación. Un instante después me da la sensación de haber confesado demasiado, así que, aunque hasta a mí me parece que me he puesto a la defensiva, añado—: ¿Y?
—Y… aquí estás, de todos modos.
—El miedo no siempre resulta útil —replico, deseando poder calmar la respiración—. Con el tiempo, cada vez cuesta menos… dejarlo a un lado.
Le tiemblan los labios hasta esbozar una sonrisa.
—Eso es verdad. —Sigue trepando.
Por encima de nosotros, en el centro de la noria, hay una pequeña plataforma. A pesar de que el viento es cálido, me provoca un escalofrío. Una ráfaga repentina nos empuja a un lado y ella pierde el equilibrio un segundo, de modo que su seguridad se torna desesperación.
Estiro un brazo por instinto y le sujeto la cadera, enganchando el pulgar en una de las presillas de su cinturón; el índice y el corazón se le clavan un poco en la piel suave bajo el borde de la chaqueta.
Durante un segundo pierdo el aliento y me miro la mano con la que la toco, consciente del calor de su cuerpo.
La empujo para que recupere el equilibrio y retiro la mano. Me cosquillea la punta de los dedos.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Ajá.
Ambos guardamos silencio hasta que alcanzamos la plataforma. Es un alivio sentarme con la espalda contra un soporte metálico, casi como volver a pisar tierra firme.
Tris, por el contrario, se sienta con las piernas colgando por el borde.
—¿Eso no te da cosa? —le pregunto—. ¿Es que no eres humana?
Ella sonríe.
—Antes me pasaba el día saliendo por la escalera de incendios del Edificio A.
El Edificio A es uno de los complejos más grandes de Abnegación, donde las familias viven juntas en comunidad. No he estado dentro, pero recuerdo su aspecto desde la calle, y que todo el mundo que entraba y salía parecía conocerse. Sentía celos de los habitantes del Edificio A.