Capítulo 26
CUATRO
Z EKE SE ENFUNDA LA PISTOLA y me quita la taza de café de las manos.
—Dios te bendiga, Cuatro. El brebaje que sirven aquí es agua sucia.
Técnicamente, los centinelas del muro no tienen permiso para enfundar las armas —que están cargadas con munición letal, no agujas— durante la patrulla, pero es primera hora de la mañana y no está pasando nada.
Aunque fuera por la tarde, tampoco estaría pasando nada.
Patrullar el muro es un destino codiciado que solo logran los osados más hábiles y de confianza, aunque también es aburrido hasta la náusea.
Lo que se puede contemplar desde este lugar con vistas privilegiadas es: nada.
Una extensión de terreno llano comida por las plantas y cubierta de una niebla que se disipará a media mañana.
Aquí y allá brotan vestigios del mundo desconocido que nos precedió: pedazos de acera y pavimento, la silueta de los cimientos de un edificio, una tira de vías de tren que es como una pestaña suelta.
—¿Alguna vez has visto algo ahí fuera? —pregunto.
Por un segundo, los ojos de Zeke no reflejan nada, como si fuera un sonámbulo. Después parpadea y la mirada perdida desaparece.
—Hace unos días pasó por aquí una manada entera de ciervos. Un tío decidió dispararles y otros tres se le echaron encima a la vez. Por suerte, su puntería es pésima.
—¿Tiene mala puntería y sigue siendo guardia del muro?
—La monotonía acaba haciendo mella en algunas personas —responde Zeke—. Por ejemplo, más tarde nos toca hacer inventario porque un idiota contó mal el reparto de armas. Eso significa que nos falta una caja entera llena de pistolas. ¿Cómo es posible traspapelar una caja entera?
Niego con la cabeza. Por difícil que a veces me resulte mi trabajo, no lo cambiaría por el tedio del de Zeke.
Lo eligió porque le gusta estar al aire libre y no le importa pasar tiempo a solas con sus pensamientos, según dice.
Sin embargo, aunque a mí me guste estar solo, ni siquiera me lo planteé.
Creo que quería dedicarme a algo más… constructivo.
«¿Más altruista?», me pregunta una vocecilla interior.
Regreso a la conversación que mantuve la semana pasada con Tris. «Sabes de dónde vengo y crees que con eso basta», le dije. Como si, al venir aquí, me hubiera arrancado toda la abnegación de dentro y la hubiera arrojado a las brasas para que ardiera.
Claro. Como si tal cosa fuera posible.
«Pues cuéntame lo que debería saber», contestó Tris, mirándome a los ojos.
—¿Qué te trae tan temprano a este bello paraje? —me pregunta Zeke, mientras hace un gesto hacia el vacío que lo rodea. El siguiente puesto se encuentra tan lejos del suyo que el centinela parece un manchurrón negro.
—La comprobación trimestral de los repetidores.
—Claro. Repetidores —repite él, frunciendo el ceño—. Entiendo perfectamente lo que son y, por supuesto, no necesito que me lo expliques por quinta vez.
La valla que rodea nuestra ciudad no solo está protegida por guardias, sino también por una capa de simulaciones del miedo generadas por el ordenador de Osadía.
Sin embargo, aunque la sede de Osadía está cerca del muro, su ordenador no es capaz de alcanzar tanta distancia por sí solo.
Así que existen repetidores de señal colgados del muro para canalizar las simulaciones y proyectarlas hacia fuera.
Si alguien procedente del mundo exterior se acercara a nuestra ciudad, entraría en la zona de proyección y se enfrentaría a sus peores pesadillas, lo que proporcionaría a los centinelas tiempo de sobra para abatirlo de un disparo.
No sé quiénes podrían ser esas personas; ni siquiera sé si serían personas, ni por qué estamos tan seguros de que ellas también tienen receptores en el cerebro para captar las simulaciones.
No sé qué hay ahí fuera. Nuestra paranoia colectiva carece de nombre y rostro.
Solo sé que las fuerzas exteriores existen y la tarea de los centinelas del muro consiste en defendernos de ellas.
—Para lo que sirven es para que vuestro trabajo sea básicamente innecesario —le digo a Zeke—. En realidad, no necesitamos guardias si el ordenador de Osadía está transmitiendo simulaciones del miedo, ¿no?
—Los necesitaríamos si esos hipotéticos intrusos fueran muy valientes —responde Zeke.
El único problema con los repetidores de señal es que, si un centinela osado se interpone en su camino, en vez de un intruso, las simulaciones surten el mismo efecto en él.
Así que regresan con historias alucinantes sobre lo que han visto ahí fuera, en medio de la nada, sin darse cuenta de que no es más que una invención de su mente.
Parte de mi trabajo como técnico de simulaciones consiste en asegurarme de que los repetidores de señal —colocados a intervalos regulares a lo largo del muro— estén funcionando como deben. Es un trabajo que requiere mucho tiempo, así que lo divido en segmentos y me encargo de uno por semana.
Bostezo.
—Será mejor que me ponga en marcha si quiero volver con los iniciados para la hora de comer.
—La mamá pato corre de vuelta con sus patitos. Qué mono.
Lo fulmino con la mirada y le quito la taza de las manos para darle un trago. A él le gusta el café solo, que para mí suele ser demasiado fuerte, pero es mejor que cero cafeína.
Me quema la garganta.
—He oído que esta noche toca el juego de capturar la bandera —comenta Zeke—. Este año se celebra bastante tarde, ¿no?
Asiento.
—Eric quería retrasarlo hasta después de la primera ronda de descartes. Conociéndolo, probablemente introducirá una nueva tortura en el juego, como una bandera electrificada o algo así.
—O munición real —sugiere—. Puede que él nos robara la caja que falta.
—No lo digas ni en broma.
Zeke me quita el café.
—Esas cosas de ordenadores no se van a ordenar solas. Ponte a trabajar, empollón.
+ + +
Esa noche me siento en el suelo del vagón con una pistola de paintball apoyada en la rodilla, deseando haber pasado de esta tradición osada en concreto.
Está oscuro, pero sé dónde se encuentran las sedes de las facciones porque pasamos por algunas zonas que cuentan con electricidad, de modo que me llega la luz de farolas y ventanas.
El toque de queda no empieza hasta dentro de un par de horas, pero nos dirigimos a una parte de la ciudad que nunca se ilumina por la noche: al norte de Erudición y la Asamblea de las Facciones, cerca del pantano.
Estamos en plena formación de los equipos. Lauren, que enseña a los iniciados nacidos en Osadía, es mi cocapitana, y ni siquiera nos hace falta debatir a quién elegiremos primero: a Uriah, evidentemente, porque es el primero en la clasificación y sabe trabajar en equipo.
Eric se decanta por Peter; luego, por Edward, Drew, Molly y Al.
Además de Uriah, nosotros contamos con Lynn, Will y Marlene.
Nos falta un jugador porque tenemos dos capitanes.
Pienso en cuándo habría elegido a Christina.
Después de Uriah y Lynn, quizá. Antes de Will, sin duda, porque es bueno, pero me provoca cierto recelo.
Siempre está observando a todo el mundo y yo, por lo general, intento pasar inadvertido.
Sobre todo, después de la muerte de Amar.
Cuando nos acercamos al muelle, me pongo de pie.
—Vuestro equipo puede bajarse en segundo lugar —me dice Eric.
—Qué generoso por tu parte —respondo—. Pero, cuando pierdas, preferiría no darte ningún motivo para quejarte de que hemos tenido una ventaja injusta.
Eric me mira a los ojos.
—Vale, pues bajaos primero.
Apoyo una mano en la pared para no perder el equilibrio cuando el tren frena.
Nuestro equipo se alinea junto a la puerta para desembarcar.
Salto primero porque, si no me obligo a saltar lo más deprisa posible, tiendo a pensármelo demasiado.
Corro por el andén unos cuantos pasos y después me vuelvo para mirar a los demás.
Me alegra ver que la mayoría consigue bajarse sin trastabillar, aunque a Marlene —que siempre es un poco torpe— se le cae la pistola de paintball al suelo.
Cuando estamos en la calle, los iniciados empiezan a debatir su estrategia.
—Pero ¿qué hay por aquí? —pregunta Lynn—. Podríamos elegir un edificio al azar y acampar en él.
—Es mejor no meterse en un terreno que no conoces —dice Will—. Sobre todo, un terreno que no conoces en el que pueden atacarte desde cuatro direcciones distintas.
—Cuando ganó tu equipo, ¿dónde escondiste la bandera? —me pregunta Marlene, dándome un toquecito en el hombro para llamar mi atención.
Me la quito de encima.
—No os voy a dar ninguna pista.
—Vamos, Cuatro —se queja, gimoteando un poco—. Ya sabes que Eric le estará diciendo a su equipo todo lo que debe hacer.
—Porque es un mal profesor; yo no lo soy.
—Bueno, por suerte, yo recuerdo dónde puso su bandera el equipo de Cuatro porque mi hermano estaba en él —interviene Uriah—. En el muelle. En el tiovivo.
—Oooh —exclama Will, al que se le encienden los ojos—. Eso obligaría al otro equipo a acercarse desde una única dirección.
—A no ser que quieran entrar en el pantano —comenta Lynn—. Lo que es poco probable. Vamos para allá.
Todos coinciden, así que cruzamos el puente hacia el muelle.
Esta parte de la ciudad es tranquila y silenciosa. Los mapaches, los zorros y las ardillas suelen gravitar hacia las zonas boscosas, más cerca del pantano, y esto no es más que un laberinto de hormigón.
Pero, ahora que sé más sobre los sin facción, me da una impresión distinta.
¿Cuántos de estos edificios los ocultan de nosotros?
¿Cuántos de estos caminos recorren con más confianza que nosotros?
Pienso en Tris y en cómo reaccionó de inmediato al sonido de pasos.
Su mano contra mi pecho, pegándome a la pared. Sus ojos brillantes y alerta.
No sé por qué no dejo de pensar en ella. No hay ningún motivo. Mi relación con Evelyn, la poca que tenía, se ha terminado. Y Tris no era más que su chica de los recados. Su «esbirra», como la llamé yo mismo.