La sexta facción Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

No sé por qué no me lo quiere contar ahora, pero tampoco puedo seguir reteniéndola. Así que me despido con la mano y salgo del centro de donaciones.

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Cuento los vagones mientras corro. «Uno, dos, tres, cuatro». Me agarro al asidero y me escuecen los callos de las palmas de las manos, que todavía se están formando, pero no presto atención al dolor. Consigo no caerme y Evelyn, que me espera al otro lado del vagón, asiente.

—Has avanzado mucho —me dice—. Deja que te enseñe algo.

Me hace señas para que me acerque más y después descarga el puño sobre un panel metálico en la parte delantera del vagón. Por la abolladura, está claro que no es la primera persona que lo golpea. El panel se separa de la pared y deja al descubierto un pequeño hueco con una mochila dentro.

—Los Zorros las dejan en todos los trenes —me cuenta—.

Contiene un botiquín de primeros auxilios, prendas de ropa de todas las facciones, por si necesitas hacerte pasar por uno de ellos, agua y un cuchillo.

Podrían resultarte útiles, si entras en el gremio.

—Arqueo las cejas—. La gente habla —añade por toda explicación—.

Habla entre sí y conmigo. El Remendador, en concreto, cree que tienes potencial, que tienes una buena cara para eso.

Le miro los brazos, ahora desnudos, y me fijo en sus músculos. Saca una camisa negra con hombreras y se la pone sobre la camiseta de tirantes.

—Quieres decir que soy… corriente.

—Quiero decir que, si quieres desaparecer, puedes. Y si quieres destacar, también puedes. No todo el mundo es tan flexible. —Hace una pausa y su forma de mirarme me recuerda a la de mi madre—. La belleza es un arma, pero no es la única arma que importa, Tris.

Pienso en Christina, que lloraba porque siempre será la chica tuerta. Y pienso en Rory, que tiene una pinta extraña y no le preocupa en absoluto. Y en mí, que anhelo algo que no puedo tener… y, ahora, me pregunto si de verdad lo necesito.

Son palabras amables, no lo que me esperaba de la mujer que una vez me retuvo, brevemente, a punta de pistola, o que puso a prueba mi decisión en aquella iglesia abandonada. Puede que empiece a caerle bien.

O puede que sea tan manipuladora como Cuatro parece pensar.

—¿Estás lista para la competición de mañana?

—Eso creo. Sé que los estandartes suelen estar en las sedes de las facciones, además de en otros sitios. Así que empezaremos por allí.

Ella cierra la cremallera de la mochila que ha sacado del compartimento de la pared y la mete dentro; después empuja el panel metálico para colocarlo en su sitio.

—¿Empezaremos? —pregunta sin mirarme.

—Christina y yo lo haremos juntas. Una bandera para cada una.

Me preparo para oírla decir algo sobre el ojo que le falta a mi amiga, pero no lo hace. Se limita a asentir y abrocharse la camisa. Con unos pantalones negros, podría pasar por alguien de Osadía o de Verdad. Me pregunto si es ahí adonde va.

—Mi madre dice que Mae está en la sede de Verdad. Allí será el juicio. Es un… protocolo reciente, supongo. Me ha prometido que enviará a mi padre a hablar con Jack Kang sobre la madre de Mae.

Evelyn parece escéptica.

—No es por ofender a tu padre, pero no estoy segura de que cuente con un estatus lo bastante elevado como para exigir una reunión espontánea con el representante de Verdad.

—Mi padre tiene que recoger al líder del consejo y volver a casa con él, y el líder se va a reunir mañana con el representante Kang.

Recuerdo, aunque demasiado tarde, que el líder en cuestión es el exmarido de Evelyn.

—Ya veo —responde, frunciendo el ceño.

El tren avanza por las vías de la recta norte-sur, traqueteando hacia el centro de la ciudad. Edificios altos se apiñan a ambos lados.

—Te agradezco todo esto, Tris —dice Evelyn—.

Si no hubieras hablado con ella, John podría haber aparecido mañana en la sede de Abnegación y haberse perdido el juicio.

Les encanta hacernos eso: no nos informan sobre dónde se supone que debemos estar y después nos condenan sin que estemos presentes.

Yo misma tengo una docena de juicios pendientes amenazándome en el horizonte.

Pone los ojos en blanco, como si el hecho de que haya una docena de razones para que acabe encerrada en una celda osada fuera más irritante que amenazante.

—¿Crees que el representante Kang escuchará a mi padre?

No consigo interpretar su expresión.

—No lo sé. Pero nuestra situación ha mejorado respecto a esta mañana.

Se asoma a la puerta del vagón, con una pierna bien plantada en el suelo y la otra colgando en el aire, para ver dónde estamos.

Me sorprende descubrir que yo ya lo sé. En unos segundos, los edificios se abrirán a nuestro alrededor y nos encontraremos en el centro de la ciudad, a un paseo a pie de la sede de Erudición y la Asamblea de las Facciones.

Esta oportunidad no volverá a repetirse. Para conectar con ella. Para que confíe en mí.

—Sé quién es Cuatro —le digo.

Ella se mete de nuevo en el vagón.

—Creía que lo averiguarías antes.

—Sí, bueno, no sabía que hubiera nada que averiguar.

—Apenas es capaz de hablar conmigo sin escupir fuego —comenta Evelyn, bajando la vista—. Me sentí aliviada cuando te ofreciste a hablar con él por mí, porque pensé que le caerías bien. Y tenía razón.

—Tiene una forma muy curiosa de demostrarlo.

—Es una persona cautelosa. Supongo que le enseñé bien.

—No me mira a los ojos. Está concentrada en la ciudad—.

No te pediré que sigas intentando convencerlo si no quieres.

Sin embargo, si encuentras la forma de volver a verlo, puede que cuando seas un Zorro…

—Se encoge de hombros—. No estaría mal que tuviera un punto de contacto con los sin facción. Uno en el que confíe más que en mí.

No creo que Tobias Eaton confíe nunca en mí, aunque no se lo digo. Si quiere darme una misión permanente, si quiere apoyarme en mi intento de entrar en el gremio de los Zorros, no voy a discutírselo.

—Ya casi hemos llegado a mi parada —avisa—. Deberías regresar al Museo. Estos días no es demasiado seguro pasear por ahí. Pero escucha… —Vuelve a meterse en el vagón y me mira a los ojos—: uno de los estandartes de los Zorros está en la noria.

—¿Qué? ¿Está permitido que me lo digas?

—A mí se me permite lo que yo quiera —responde, sonriente—.

Pero, en este caso, lo hago porque me has hecho un favor y quiero devolvértelo.

Y porque creo que serías un buen Zorro. Eso sí, ten cuidado: mañana es el juego anual de capturar la bandera de los iniciados de Osadía, así que estarán por todas partes.

Mejor evitarlos, si puedes. —Arquea las cejas y salta del tren.

Ahogo un grito. Ni siquiera me había percatado de que estuviéramos llegando a un andén. Me agarro al asidero junto a la puerta y me asomo a la oscuridad para verla correr hacia la escalera. Desde aquí, podría ir a cualquier parte.

«La noria», pienso. Es un buen sitio por el que empezar.