Capítulo 25
TRIS
E L SOL ESTÁ YA BAJO y sus rayos naranjas se reflejan en las ventanas de los edificios junto a los que pasamos. Estoy de pie, al lado de la puerta del vagón, que toma la curva; después, cuando llega a una recta, me sujeto al tirador y asomo el cuerpo.
Al mirar abajo y ver la calle convertida en un borrón, siento emoción en el estómago, pero no miedo. Siento la mano firme en el tirador. Los pies firmes en el suelo. No me voy a caer.
De repente, pienso que, si no tengo miedo, no es por una valentía innata o, al menos, no del todo. Es por la preparación. Es por saber lo fuerte que puedo agarrarme y lo fiables que son mis pies. Es por conocerme.
Cierro los ojos y siento el viento cálido en la cara unos segundos más, antes de volver a meterme en el vagón y sentarme. Tardaré un rato en llegar al sector abnegado.
Hemos pasado todo el día con la mudanza al Museo.
Al igual que la Colonia, el Museo es precioso, aunque está decrépito.
Me sorprendió la eficacia de los sin facción a la hora de empaquetar toda su vida, que solo les costara un viaje, que los residentes del Museo estuvieran preparados para nosotros cuando llegamos y que nos hubieran dejado vacía una sala de exposiciones entera.
Estaremos apretados, pero es mejor que la iglesia abandonada en la que pasé mi primera noche sin facción.
En el Museo, con la población de ambas casas combinada, puedo ver cuántos abandonados hay.
Faltan sillas para todo el mundo en el desayuno, pero cien personas hacen cola para recoger la comida, otras cien dan cuenta de ella y, cuando paseo por allí más tarde, para ver el taller de ebanistería, el taller de metalurgia, las mesas de trabajo llenas de piezas de maquinaria, las botas de los conductores de tren alineadas contra la pared…
me doy cuenta de que somos más de los que creía.
«Es otra ciudad», pienso. Una ciudad bajo la ciudad en la que he vivido toda la vida. Y ninguna de las facciones parece ser consciente de su existencia.
Las facciones no están preparadas para lo que se avecina. Ni de lejos.
+ + +
Es como si hubiera pasado un año desde aquel día en el callejón detrás del centro de donaciones, junto a una pila de cajas aplastadas, cuando le confesé a mi madre que quería marcharme. Sin embargo, solo han transcurrido unas cuantas semanas.
Reboto sobre la punta de los pies, rebosante de energía nerviosa. ¿Qué dirá mi madre cuando me vea? ¿Fruncirá el ceño al fijarse en la trenza que me roza el cuello y esta mezcla de colores que visto?
Se abre la puerta de atrás. Mi madre se asoma al callejón, me ve y esboza una amplia sonrisa. Me hace un gesto para que entre.
El olor de este lugar —a cartón limpio, vinagre blanco y detergente para la ropa— hace que se me salten las lágrimas.
Es a la vez familiar y lejano. Entonces me veo rodeada por los brazos de mi madre y apoyo la cabeza en su hombro.
Me relajo contra ella y el basto lino de su camisa de verano me araña la mejilla.
—Me alegro mucho de verte —dice, y me da un apretón, como hace siempre al final de sus abrazos, para después apartarme un poco y examinarme bien—. ¡Y de rojo!
Hoy visto una camiseta de Cordialidad de color rojo oscuro, casi marrón, con unas mangas que me llegan justo por debajo de los codos. Cuando el Remendador me la dio, me dijo que debería avanzar poco a poco hasta las mangas cortas, y no supe si iba en broma o no.
Esta mañana, a él le temblaban las manos al cargarse una bolsa al hombro y caminar hacia la nueva casa segura. Mañana se celebra el juicio que decidirá su destino… y el de su hermana.
—¿Cómo estás? —le pregunto a mi madre—. ¿Cómo está… papá?
—Estamos bien —responde demasiado deprisa, y arqueo las cejas.
—Tu padre se autocompadece —se corrige ella—. Pero es un hombre adulto y lo acabará por superar. Y no deberías preocuparte por mí. —Me recoge un mechón de pelo detrás de la oreja—. Dime cómo te va.
Quiero contárselo todo. Las habilidades que ahora poseo, como la de subirme a los trenes y saltar de ellos.
Los amigos que he hecho; que Rory siempre se mete de broma con todo el mundo; que Colin siempre está dispuesto a conocer un buen dato; que Christina se ofreció a ayudarme cuando ni siquiera me conocía.
Y todas las cosas buenas que he descubierto, a pesar de encontrarme sin facción: las abejas de la pajarera, los tanques de agua subterráneos, las canciones y los bailes.
Sin embargo, una parte de mí desea abrazarse a todo ello como si fuera un radiador en invierno y no compartir ese calor con nadie.
—Creo que he encontrado a los ladrones que me dijiste —respondo al final—. No a los ladrones concretos que robaron el arma, sino a… un grupo que quizá esté relacionado con ellos.
Me he dado cuenta de que los Zorros son el único gremio que no se llama como su función, y eso debe de ser por la cantidad de facetas que abarcan.
Son ladrones, sí, pero también mensajeros y, a veces, recopilan información.
Oí un rumor que decía que uno de ellos se coló en los laboratorios de Erudición el otro día y copió los planos de un dispositivo portátil capaz de introducirse a distancia en cualquier ordenador de las facciones.
Como todos los rumores que circulan sobre los abandonados, podría ser cierto o una exageración.
Al principio, solo me interesaba unirme a ellos para saber más sobre lo sucedido con Robert, la pistola y el plan de los sin facción.
Sin embargo, cuantas más cosas descubro, más creo que me gustaría formar parte de su gremio.
Todavía reboso de preguntas sobre cómo funciona la ciudad y qué está pasando, en realidad, dentro de ella.
¿Y quién mejor para encontrar respuesta que un Zorro?
Intento concentrarme. Tengo otro motivo para estar aquí. Me envió Evelyn… o puede que me enviara yo.
«No me cabe duda», dice Cuatro en mis recuerdos, pero, esta vez, de verdad fue decisión mía venir. Para ayudar al Remendador.
—Te tengo que pedir un favor —le digo a mi madre—. Anoche hubo una redada de los osados.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta, abriendo mucho los ojos.
—Se llevaron a una niña que dicen que había sido secuestrada. Pero… no fue eso lo que pasó, exactamente. Mañana hay un juicio. Me preguntaba si sabías algo.
—Tu padre a veces representa al consejo en las vistas para la custodia. Según la facción que presente la queja ante Abnegación.
—¿Y si es la de Verdad?
Se muerde el interior de la mejilla, como si reflexionara sobre algo.
—Las vistas para la custodia se celebran por defecto en la sede de Abnegación, pero, hace poco, Verdad y Erudición han empezado a exigir que sus juicios por ese asunto tengan lugar en sus respectivas sedes.
—¿Por qué?
—Erudición está subiendo el tono de sus acusaciones contra Abnegación.
Afirman que los abnegados abusan de su descendencia y, como la norma antes de un juicio por custodia es mantener al menor separado de sus progenitores o tutores legales, no pueden confiar en que sea seguro alojarlos en Abnegación.
—¿Qué? —replico, y la ira aparece de forma súbita y violenta—. ¿Cómo se atreven a…?
Me interrumpo porque estoy demasiado enfadada para seguir.
—A veces, si te falta contexto, no entiendes un suceso igual que las personas que sí lo tienen —responde mi madre—.
Pero no estoy de acuerdo con muchas de las normas disciplinarias de los abnegados, Beatrice.
—Baja la vista—. Hace poco te impuse una Pena de Silencio, lo sé.
Lo siento. Lo hice porque necesitaba que dejaras de hablar de inmediato y no se me ocurrió otra forma para protegerte.
Ojalá pudiera explicártelo mejor. No lo sabes todo.
—¿Por qué no me lo cuentas?
Ella aparta la vista y la dirige al rayo de luz que ilumina la pared del almacén.
—Saber demasiado es peligroso para cualquiera…
—Ayer, un centinela me puso una pistola en la cabeza. Ya estoy en peligro.
—Existen diferentes grados de peligro —replica, apretando los labios hasta que no son más que una línea firme.
—Pero…
—Me lo pensaré —me interrumpe—. Pero disponemos de poco tiempo. Tu padre me dijo que mañana tiene que ir a confesión… Es lo que me dice de broma cuando tiene que ir a la sede de Verdad. Así que supongo que estará presente en la vista. ¿Qué quieres de mí?
Por un momento me la quedo mirando. No estoy acostumbrada a que se dirija a mí de ese modo. «¿Qué quieres de mí?». Es como si yo fuera Evelyn y le estuviera pidiendo un favor que espera que le devuelva algún día.
—La madre de la niña que se han llevado es cruel con ella —le explico—. Su hermano intentaba mantenerla a salvo. Y la madre es divergente, así que el suero de la verdad no funciona con ella.
Ella asiente, seria.
—Le diré a tu padre que hable con Jack Kang después de la vista, durante las deliberaciones. De todos modos, tendrá que recoger a Marcus después. No me cabe duda de que Jack está al tanto de que existen ciertas… irregularidades con el suero de la verdad, aunque el resto de su facción no lo sepa.
Me siento tan sumamente aliviada que la abrazo siguiendo un impulso.
—Gracias.
Me dirijo a la puerta y vuelvo la vista en el último segundo.
—¿Mamá? ¿Y si… y si creyera que los abandonados tienen razón en algunas cosas? —Me mira con curiosidad—. Es que… cuanto más veo, más me doy cuenta de que el mundo no es como pensaba.
—Los sin facción tienen razón sobre algunas cosas, sí. Es lo que ocurre siempre.
No estoy acostumbrada a que suene tan mayor y melancólica, como una mujer que es mucho más que mi madre. Quizá sea por eso que le digo:
—Puedes contarme lo que quieras, ¿sabes? Soy capaz de soportar más de lo que crees.
—Empiezo a verlo —responde, sonriendo un poco.
Después levanta una mano, se desabrocha los dos primeros botones de la camisa y tira del cuello para dejar al aire una frase tatuada justo bajo la clavícula. «De fuera adentro», dice.
—Uno de estos días te contaré lo que significa. Ahora, date prisa, que vas a perder el tren.